|
Cuando mi esposa
me dejó en solitario en la cómoda habitación de un hotel en la
Ciudad de Inconfidentes, debo admitir que la tentación del confort
me invadió totalmente. Ya había superado el meridiano de la prueba
( alrededor de 120 kilómetros), pero todavía restaban 100 kilómetros
más y la sumatoria del cansancio, la falta de descanso y el
endurecimiento de los músculos ( ya a esa altura con una tremenda
cantidad acumulada no sólo de distancia sino también de ácido láctico)
terminaban de darle forma a un peligroso cóctel que anunciaba la
posibilidad del abandono de la competencia.
En esos momento, cuando mi mente jugaba con los límites a
los que había arribado mi cuerpo, un golpe en la puerta de la
habitación preanuncia el destino de mi carrera: Es Erisvaldo
Paulino, uno de los peregrinos que toman parte de esta prueba quien
con voz firme me dice que debo continuar y que para ello me apoyaré
en él y en su compañero ejecutor de grandes epopeyas atléticas:
Carlos Días, autor de la hazaña de unir a pié todo Brasil de
norte a sur totalizando la friolera de 9000 kilómetros.
La táctica es sencilla: Hay que marchar toda la noche sin parar, es
decir caminar por espacio de, por lo menos 12 horas. Para ello, no
debemos separarnos: en la ruta, por el paso de los autos, siempre en
fila india, pero ya en plena montaña podemos ir caminado en una
misma línea. Carlos y Erisvaldo tienen un ritmo más fuerte que
quien suscribe, pero con el correr de las horas me animo a acelerar
el paso de la caminata y hasta incluso superarlos ubicándome a la
cabeza del trio. Finalmente, termino por desprenderme y comienzo a
alejarme de ellos.
Paralelamente, una duda surge en mí: lo correcto es esperarlos y así
evitar perderme o, por el contrario, aumentar el ritmo de la marcha
y terminar de alejarme?
Opto por lo segundo. Esto hace que camine unas cuantas horas más en
medio de la noche y en la más completa soledad: ningún signo de
vida, ningún movimiento de autos ni de personas . Hasta que
aterrizo en el medio de
un campo con la única muestra de vida en ese momento de la
competencia: Son vacas y cebúes
que me observan atentamente. Es más: debo pasar por el medio
de todos ellos.
Esta situación me hace pensar si estaré perdido, sensación que
aumenta cuando no veo ninguna señal de mis compañeros de marcha
quienes, supuestamente, vienen andando detrás mío.
La noche se hace interminable, ningún sonido, total quietud,
total silencio, total oscuridad.
Hasta que comienza a amanecer y con las primeras van a acompañarme
personajes imaginarios que se van gestando mediante la transformación
de las sombras de los árboles: adquieren formas humanas para
seguirme a cada paso, sin tregua, sin permitirle descanso a mi
atormentada mente. Me
asustan porque los veo, pero al mismo tiempo sé que no son reales.
Todavía puedo distinguir lo que es real y lo que no lo es. Quiero
que desaparezcan, quiero que ya los enanos no emerjan más del
follaje y que los troncos de los árboles no conviertan sus siluetas
en extraños perseguidores…….
CONTINUARÁ…
|

|