Granada - España
Hayle Gebrselassie
Un hombre nacido para correr
28-02-2008 // El padre de
Haile no creyó en su hijo hasta 1993, que fue precisamente el año que
venció en el campeonato del mundo absoluto en 10.000 metros si bien para
entonces ya había conseguido ser campeón del mundo sub-21 en 5.000
metros y 10.000 metros. Seguramente su progenitor acostumbrado a tutearse
con la paciencia como buen granjero de los vastos territorios naturales etíopes,
ya adivinaba que su hijo varón no descansaría de patear esas mismas
praderas africanas donde dicen que el cielo se confunde con el horizonte.
Pero también sabía que no podía creer en su hijo como corredor por el sólo
hecho que corriera como las gacelas cuando cientos de chicos de su edad
también lo hacían por aquellas tierras africanas, y no siempre por
placer; así que acostumbrado a comprobar que nada es singular sin
esfuerzo, decidió empezar a creer en su hijo tan sólo cuando dejara atrás
esas praderas y comenzara a correr de verdad a lo largo y ancho del mundo.
Y comenzó a correr como su padre barruntaba. Corrió por todo el mundo,
sin encontrarse apenas rivales, ni siquiera de su mismo color, batiendo
marcas mundiales en 10.000 (en esta distancia ha sido campeón olímpico
en dos ocasiones y campeón del mundo en cuatro) y 5.000 metros en pista.
Y es en esos años cuando nos encontramos a nuestro atleta africano con
una eterna sonrisa en su boca, que pierde cuando corre y recupera
milagrosamente cuando llega a meta, habla con la prensa o saluda a sus
rivales. Así que todos admiramos a Haile. Nadie acumulaba más oros en el
fondo que él. Pero en 2003, en el campeonato del mundo de París, parecía
habérsele detenido el tiempo ante la presencia de otro compatriota suyo:
un mocoso apellidado Bekele.
Recuerdo que todos los que asistimos a esa carrera por televisión
presentimos que había llegado el final de ciclo de Haile, así que lo
fuimos despidiendo de la pista con la imaginación, con reverencias
sinceras al grito de ¿maestro, maestro! Al año siguiente en Atenas se
rompió su talón de Aquiles izquierdo. Ya se estaba alejando de las
pistas y comenzaba a prepararse para Maratón, prueba para la que muchos
interiormente le reclamábamos.
Se operó en Finlandia. Tuve ocasión de ver en un gráfico que publicó
un periódico deportivo el proceso de ruptura y sellado de su talón de
Aquiles, ese que tantos años había sufrido y posibilitado que corriera y
ganara todo lo que corrió y todo lo que ganó. Pero, ya se sabe, ningún
cirujano mejor que la propia naturaleza y con cierta nostalgia pensamos:
ya no volverá a ser el gran Gebrselassie; además nos encontrábamos ante
un tipo joven para el atletismo de fondo, con apenas 31 años, muchos sueños
echados por tierras, muchos triunfos, y por tanto mucho dinero, el que
probablemente necesitara alguien humilde de uno de los países más
humildes de la tierra. Una pena. Además, no se trata ni por asomo de las
ganancias mareantes a las que nos tienen acostumbrados elementos más mediáticos
como futbolistas de cuyos nombres no quiero acordarme. Pero operó ese
gran cirujano finés y operó el milagro; y surgido de las cenizas como el
ave Fénix, nuestro gran Haile comenzó a coquetear con la distancia de
Filípides. Al año de la operación estableció la mejor marca mundial en
maratón de 2005 - 2:06:20-, en el Maratón de Ámsterdam. Al poco batió
la plusmarca de Media Maratón en Phoenix, con un tiempo imposible de 58
minutos y 55 segundos, al tiempo que destronó a su amigo Paul Tergat de
la plusmarca de 20 kilómetros.
Hace unos meses, en Berlín, en septiembre de 2007 Geb batió la marca
mundial de Maratón, que también poseía Tergat, dejándola en 2:04:26 y
según confesó él mismo, la noche anterior en la habitación del hotel
contempló un Berlín lluvioso, triste y brumoso y no pudo evitar
preguntarse - como hacen los humanos, como hacen los seres dotados de
fibra sensible -'¿Qué hago yo aquí?'-, y desde entonces no he podido
parar de dar vueltas a la cabeza sobre la mezcla de grandeza y humanidad
de este hombre. Y sobre esa frase. A los pocos días Haile se encontraba
de nuevo corriendo por los montículos cercanos a su casa de Addis Abbeba,
alejado de toda posición mediática privilegiada, haciendo lo que siempre
ha anhelado hacer: correr, correr sin más, igual que lo hacía cuando tenía
que recorrer la distancia de 10 kilómetros que separaban su casa del
colegio. Corría apretujando contra su pequeño pecho sus cuadernos y
libros y de ahí su costumbre de correr con el brazo derecho semiplegado
sobre el pecho. Pero al día siguiente de batir el récord de Maratón en
Berlín, por primera vez no corrió por la mañana: «sentía las piernas
cansadas», dijo. Salió a correr por la tarde.
Contemplar el correr de Haile es para quienes corremos habitualmente algo
más que un espectáculo visual de elegancia y potencia. Es la respuesta
que resuelve todos los enigmas atávicos que unen a la naturaleza con el
hombre.
Fuente: Ideal.es
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