Madrid - España
No hay nada que hacer, el ejercicio es
la mejor manera de superar la enfermedad
Ademas de tener mejor calidad de vida
03-01-2008
// Las ganas de vivir, el afán de superación y la fuerza de voluntad
hacen posible que ciertas patologías graves no sean un obstáculo para
que muchos pacientes logren retos deportivos impensables incluso para
gente completamente sana. Su ejemplo supone una inyección de moral para
casos similares
Mario dice que gana sus competiciones
porque va trucado como las motos: hace 12 años le trasplantaron el corazón.
A Patxi le injertaron dos pulmones nuevos que ahora le permiten subir a
las cotas más altas y emprender todo tipo de viajes de aventura, Adrián
tiene sólo siete años y no se acuerda de que el corazón que late ahora
en su pecho no es el mismo que el que llevaba cuando nació, pero sí
tiene claro que quiere nadar, jugar al fútbol y ganar muchas medallas.
Iosu ha agudizado el ingenio para que su diabetes agresiva no le dejase inútil
para el montañismo, su pasión desde que tenía 17 años.
Todos se han propuesto seguir viviendo a
pesar de sus males de salud; pero no sólo eso. Quieren afrontar cualquier
reto que se les presente en esta nueva etapa, que consideran un regalo.
Por otra parte, quieren servir de ejemplo para que el resto de la sociedad
y las familias de muchos pacientes se conciencien de una vez por todas de
que los términos enfermedad e incapacidad deben ir alejándose
progresivamente con la colaboración de todos y, por supuesto, con el tesón
y la fuerza de voluntad de los propios afectados.
Hace un mes y medio escaso el mundo
entero se quedaba atónito ante una de las hazañas deportivas más
llamativas de los últimos tiempos. La corredora británica Paula
Radcliffe se proclamaba clara vencedora del famoso Maratón de Nueva York
(EEUU).
El motivo de la sorpresa general no era
únicamente que la atleta llevase dos años sin competir a ese nivel, sino
que decidió disputar la dura prueba después de haber dado a luz a su
hija Isla en enero, tras haber cumplido a rajatabla un plan de
entrenamiento que incluía ejercicios en el gimnasio y carrera diaria en
sesiones de mañana y tarde.
Gete Wami, -la etíope que cruzó la línea
de meta 23 segundos después que Radcliffe, que fue la única capaz de
aguantar el fuerte ritmo impuesto por la británica desde el inicio de los
42 kilómetros de recorrido y que venía de ganar el Maratón de Berlín
hacía 35 días-, también fue mamá hace cuatro años, de manera que
habla con conocimiento de causa.
«Estoy realmente impresionada de que
Paula pudiera seguir entrenándose a ese nivel durante la gestación y
todavía más impresionada de que haya recuperado su excelente forma física
y haya ganado» admitía sinceramente después de la dura prueba.
Gestas como las de la maratoniana
-considerada por muchos como la mejor de todos los tiempos en esta
especialidad- dejan con la boca abierta a los aficionados, tanto o más
que los logros de David Meca en natación (he llevado a cabo pruebas que
los especialistas consideraban irrealizables para un ser humano) o de los
de Lance Amstrong en ciclismo, un verdadero titán sobre la bicicleta
después de superar un cáncer.
PROEZAS ANÓNIMAS
No obstante, existe un número
creciente de individuos, no tan famosos, capaces de alcanzar metas
deportivas tan importantes o más que las que logran los deportistas de élite.
Se trata de personas que conviven con una patología crónica, que han
superado una enfermedad grave o están luchando contra ella o que han
sufrido una intervención quirúrgica de la envergadura de un trasplante.
SALUD ha hablado con cuatro de estos héroes.
Aunque se muestran orgullosos de sus trofeos y de sus méritos, a ninguno
le gusta este término, que suelen considerar exagerado y
contraproducente.
«No se trata de convencer a la sociedad
de que somos gente absolutamente normal porque no es del todo cierto, pero
queremos transmitir la idea de que con una mentalidad positiva, ganas de
vivir y fuerza de voluntad, el deporte y la actividad física pueden
convertirse en un aliado fundamental de pacientes que, de otro modo,
hubieran empeorado o habrían tenido una pésima calidad de vida», resume
Iosu Feijoo, un diabético tipo 1 que se ha convertido en un referente
dentro del mundo del alpinismo debido a sus logros en la escalada de alta
montaña y otras expediciones especialmente duras.
Por otra parte, con su ejemplo, quieren
transmitir esperanza a los enfermos que, como ellos, se enfrentan a etapas
críticas de su dolencia (lista de espera de un trasplante, por ejemplo),
que se desaniman o que piensan que sus trastornos supondrán,
inevitablemente, una serie de limitaciones que les obligarán a llevar una
existencia incompleta.
«Cuando coroné la cima del Breithorn
[una montaña de 4.000 metros] pensé en lo que había sido mi vida; en
que antes de que me trasplantaran ambos pulmones había tenido apenas un
19% de capacidad respiratoria y me sentí especialmente dichoso porque me
encontraba en un entorno privilegiado, disfrutando de una paisaje
impresionante que la mayoría de la gente no podrá ver jamás», explica
Patxi Irigoyen, un navarro que esperaba unos pulmones nuevos para poder
dar un giro radical a su vida.
«Ahora aprovecho cada minuto porque
estoy contentísimo de estar vivo; esto [los nuevos órganos] es un regalo
y hay que estar agradecido; hay que concienciarse de que después de la
intervención dejas de ser una persona enferma y aunque tengas que adoptar
ciertas precauciones [evitar infecciones, tomar medicación para evitar el
rechazo...] puedes llevar una vida plena», concluye.
Y es que no es extraño que otros
pacientes en situaciones similares caigan en la depresión o se impongan
una serie de barreras en sus vidas cotidianas por temor a empeorar. «Los
médicos te aconsejan ser prudente, pero te animan a que lleves una vida
lo más normal posible porque eso ayuda a recuperarse más deprisa»,
concluyen.
MARIO MENÉNDEZ
El deporte es la mejor forma de rehabilitación'*
Trasplantado de corazón en mayo de 1995 / 63 años / Gijón (Asturias) /
Compite en varias disciplinas de atletismo senior
«Yo era un tipo sano; hacía bastante deporte, me cuidaba... así que
cuando a los 43 años me dio un infarto me quedé helado; no me lo
esperaba», admite Mario Menéndez, que ahora cuenta 63 años y que está
trasplantado de corazón desde hace 12 «gracias a la solidaridad de otros»,
reconoce.
El primer ataque cardiaco no fue
demasiado extenso, así que este paciente pudo seguir con su vida más o
menos dentro de la normalidad (de hecho, a las dos semanas ya se había
reincorporado a su puesto laboral), hasta que llegó el segundo,
precisamente, mientras disputaba una prueba deportiva con chavales.
«En esta ocasión sí hubo parada cardiorrespiratoria, perdí el
conocimiento y el miocardio quedó muy tocado, aguanté cuatro años y
medio en muy malas condiciones, hasta que el trasplante se hizo inevitable»,
rememora Menéndez.
Admite que pensó «que no volvería a
Gijón. Me operaron en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla,
en Santander. Me avisaron a la una de la tarde para que estuviera listo
para las tres. La ambulancia que me trasladaba se estropeó y tuvimos que
completar el trayecto en helicóptero; una travesía muy agradable, por
cierto, ya que volábamos muy bajito, el clima era apacible y el cielo muy
claro», recuerda nítidamente.
A los nueve días recibió el alta, pero durante su ingreso ya se subió a
la bicicleta estática. A las dos semanas de la intervención se encaminó
a un velódromo cercano a su domicilio y comenzó a entrenarse hasta hacer
entre 70 y 80 kilómetros diarios.
«Jamás tuve miedo por mi condición de
trasplantado; siempre he tenido claro que hacer deporte era la mejor forma
de rehabilitación posible», afirma convencido. «Al principio los médicos
que revisaron mi plan de entrenamiento me dijeron que no me pasara, que
era demasiado duro, pero finalmente he podido llevarlo a cabo», defiende
Mario. Un accidente serio con la bicicleta le empujó a retomar el
atletismo, una actividad que no le era en absoluto desconocida, ya que la
había practicado cuando era más joven. Desde entonces no ha dejado de
entrenar -«dos horas y media todos los días con un preparador físico
que me controla», apunta-, de competir y de ganar medallas.
En estos siete años -debutó en junio de 2000, en un campeonato en
Orlando (EEUU), donde se alzó con dos medallas de oro, en salto de
longitud y en 200 metros, y otra de bronce, en 100 metros- ha acudido a
todas las competiciones senior nacionales e internacionales que se le han
puesto por delante y ha acumulado 60 medallas de oro, ocho de plata y
cinco de bronce. De hecho, muchas de las pruebas en las que participa son
de veteranos, pero no específicas para trasplantados. «Tengo un corazón
muy joven; corro trucado, como las motos», bromea.
No obstante, los facultativos y su
familia le han pedido que dosifique más su calendario de competición y
que haga deporte, pero que no se someta a esfuerzos excesivos. Según
dice, va a portarse bien y les hará caso «pero sólo un poco», ríe
este asturiano que se muestra exultante al comparar su vida antes y después
de recibir un corazón de repuesto.
«Antes no podía mantener una conversación,
no podía andar, me fatigaba subiendo unos pocos escalones y ahora soy
capaz de correr lo que muchas personas sanas no pueden ni imaginar. Nunca
me he visto mejor que ahora», explica. Tal es su vitalidad que termina la
conversación instando al aumento de las donaciones porque «cualquiera
podemos necesitarlo el día menos pensado; regalar vida da también mucha
felicidad a uno mismo».
ADRIÁN RODRÍGUEZ
'Quiero ganar medallas en los próximos juegos europeos'
Trasplantado de corazón con 13 meses / Siete años / Santander / Dejó el
kárate porque le tiraba más el fútbol / También hace natación
Transposición corregida de los grandes
vasos. Esta patología congénita, que acaba causando insuficiencia
cardiaca, cayó como un jarro de agua fría sobre los padres de Adrián al
poco de nacer. Con tan sólo 13 meses, el pequeño tuvo que pasar por
quirófano para recibir un corazón nuevo.
Todo salió a pedir de boca y a partir de
entonces sus progenitores, en especial su madre, Odile, pusieron todo su
empeño en que Adrián disfrutase de una infancia completamente normal, a
pesar de que el injerto le obligue a observar ciertas precauciones.
«Estuvimos cuatro meses y medio viviendo en el hospital y vimos niños
viejos, que apenas se mueven por temor a enfermar; yo me empeñé en que
mi hijo fuera un niño con una infancia acorde a su edad y que hiciera
todo lo que se propusiera, aunque existiese sólo una posibilidad de
llevarlo a cabo», rememora Odile, que recuerda los continuos
desplazamientos desde Santander a Madrid (le operaron en el Hospital La
Paz) para tratar de estar con el bebé sin descuidar las atenciones a su
hermano mayor, que acaba de cumplir 11 años, pero que por entonces era
demasiado pequeño para entender por qué sus padres sólo estaban con
Adrián.
«Venía el fin de semana, con mis
padres, pero no era suficiente. Un día su abuela le explicó que nosotros
estábamos con el bebé porque había nacido malito y necesitaba muchos
cuidados. Él contestó que no estaba enfermo, pero que también
necesitaba que le cuidasen; fueron momentos muy duros», recuerda. Hoy
Odile se desplaza sólo a las revisiones rutinarias que por ahora son
perfectas -con la nueva medicación inmunosupresora, los efectos
cardiovasculares de antaño están dejando de ser un problema- y sigue
yendo de cabeza; pero para repartir a sus retoños entre el fútbol, la
natación y más actividades. «Estuvieron los dos apuntados a kárate y
Adrián destacó. Era arriesgado por posibles golpes en el pecho, pero
luego él mismo decantó por la pelota», dice.
En estos momentos, este pequeño atleta
se entrena intensamente para acudir a los Juegos Europeos de
Trasplantados, que se celebrarán en junio en la ciudad de Frankfurt
(Alemania).
«Está impaciente, casi a diario pregunta que cuándo es eso de las
medallas; ya el año pasado nos quedamos con las ganas de asistir a
Tailandia, a los mundiales, pero el viaje era demasiado largo», apunta
Odile, que en cualquier caso le ha inculcado que lo importante es
participar.
Además, está como loco porque, por fin, y después de insistir en todas
y cada una de las revisiones, los médicos le han dejado tener un perro.
«Hemos tenido gato, conejo, codornices... pero el perro ha sido lo más.
Debe tratarle con ciertas precauciones, no le puede tocar mucho y se tiene
que lavar las manos después de estar con él, pero es feliz».
IOSU FEIJOO
'Me prohibieron la escalada y estuve meses sin salir de casa'
Diabético tipo 1 desde hace dos décadas / 42 años / Vitoria / Practica
el alpinismo y hace expediciones con la insulina pegada a su cuerpo
Con 24 años, Iosu Feijoo, escalador destacado desde los 17 años, se
sometió a la revisión médica de la empresa como cada año. «Tienes una
diabetes de caballo», le dijeron después de repetir los análisis para
descartar un posible error diagnóstico.
«A pesar de mi edad, casi no había
oído hablar de la dolencia. Debuté de manera muy agresiva y necesité
pautas con insulina desde el primer momento. Me dijeron que me olvidase de
escalar y me sumí en una depresión que me tuvo nueve meses sin salir de
casa», resume este aventurero nato que exhibe una carrera repleta de
éxitos. El más emblemático quizá es coronar, en mayo del año pasado,
la cima del Everest por su cara norte después de seis intentos.
«Cuando llegué al pico empecé a llorar y me acordé de mi padre [ya
fallecido], al que di gracias por haberme regalado ese día un cielo azul
y limpio. Es como lo ves en las películas. En la lejanía divisas la
curvatura de la tierra. Es increíble. La gente está dos o tres minutos e
inicia el descenso. Yo estuve tres cuarto de hora abrazando a todo el que
llegaba y compartiendo cima con mi sherpa», describe emocionado.
También ha alcanzado la cumbre del Mont
Blanc, ha viajado a los dos polos y ha llegado a lo más alto del
McKinley, en Alaska. «La diabetes es una enfermedad crónica y debes
tratar de controlarla, de ser consecuente con lo que tienes, pero la
patología no puede condicionar tu vida por completo; se trata de vivir
con ella, no para ella», explica este deportista que se las ha ingeniado
para llevar a cabo su tratamiento, incluso en los terrenos más
inhóspitos y en condiciones muy duras.
«Las dosis de insulina las llevo pegadas
al cuerpo para evitar que se congelen y además me ayudo de la última
tecnología», enumera Feijoo. Dicha tecnología consta de un medidor de
glucosa todoterreno, el Accu-Check de Roche, y un teléfono móvil dotado
de un software que procesa los datos de las mediciones que introduce el
escalador. Vía SMS, éste envía la información a su médico, que está
en Vitoria, desde cualquier punto del planeta y el facultativo emite unas
instrucciones para aplicar la dosis justa de insulina. Todo ello permite
no sólo realizar un seguimiento más estrecho del paciente, sino hacerlo
en tiempo real.
Sirviéndose de todos estos medios técnicos Iosu coronó la cima del pico
Elbrus, en el Cáucaso, el mayor de Europa. Mandó sus datos desde 4.000
metros de altura y probó que estos ingenios funcionan correctamente.
Feijoo está inmerso en un proyecto denominado Las siete cimas, iniciado
en 2004 y consistente en alcanzar los picos más altos de cada continente.
Sólo le quedan el Kilimanjaro (África), el Aconcagua (América) y el
Cartensz (Oceanía).
PATXI IRIGOYEN
'El montañismo me ayudó a conocer mejor mi organismo'
Trasplantado bipulmonar en 2001 / 32 años / Pamplona / Escala y hace
deportes de aventura / Preside la Asociación Navarra de Fibrosis
Quística
A Patxi no le hizo falta el trasplante para querer aprovechar la vida
al máximo. A pesar de las limitaciones que llegó a suponerle la Fibrosis
Quística (FQ) que padecía (una patología que acaba inutilizando los
pulmones), este navarro siempre se negó a usar una silla de ruedas;
prefería transportar la botella de oxígeno en una mochila, incluso
cuando su capacidad respiratoria apenas era del 19%. Hasta entonces
siguió trabajando y llevando una vida normal «dentro de lo que podía»,
recuerda.
Cuando le comunicaron que el trasplante
de ambos pulmones era la única salida para su dolencia pidió disfrutar
de los sanfermines «por si eran los últimos» y en enero tuvo la suerte
de recibir dos órganos 100% compatibles. A partir de ese momento «mi
vida dio un giro radical», rememora, «por fin sabía cómo respiraba la
gente normal». Patxi comenzó a salir a la montaña como un aficionado
más, pero su progresión le llevó a subir al Monte Perdido, una cima de
más de 3.000 metros.
Asesorado por un equipo de médicos
alpinistas se prestó a hacer de conejillo de indias en una escalada al
monte Breithorn, en los Alpes suizos, una cumbre de más de 4.000 metros.
El objetivo era comprobar si los pulmones regalados respondían bien en
unas condiciones de altitud en las que incluso los individuos sanos
experimentan dificultades para respirar con normalidad.
El ascenso fue un éxito y tanto el
montañero navarro como los especialistas que le acompañaron no dudan en
calificarlo como «momento mágico». A pesar de que éstos se muestran
cautos y advierten que el caso de Patxi no tiene por qué ser extrapolable
a los demás trasplantados pulmonares, él lanza un mensaje absolutamente
esperanzador. «Los pacientes con FQ deben esforzarse por hacer la vida
más normal que puedan llevar a cabo; teniendo cuidado con las infecciones
respiratorias se puede hacer. A los que esperan un trasplante les diría
que no tengan miedo porque los beneficios superan con mucho a los riesgos.
Justo después de la intervención hay momentos duros, pero hay que vivir.
A mí, es lo mejor que me ha pasado», relata.
La experiencia (publicada hace unos meses
en Medicina Clínica) fue enriquecedora para todos los que subieron; y no
sólo en el plano científico. «Escalar con Juan y con Antoni [los dos
médicos de la expedición] fue un lujo. Nos enseñaron técnicas de
encordamiento y la metodología para hacer alpinismo serio», resume
Patxi, que admite que desde este momento sube al monte de manera más
consciente y planificada.
«Tanto el trasplante como el ascenso al Breithorn me han ayudado a
conocer mejor mi organismo y sus reacciones», explica. De hecho, el
navarro no se conforma con seguir coronando cimas; se ha aficionado a
otros deportes y convierte cualquier salida en una aventura.
|