|
Mientras el frío
húmedo hace estragos en mi agotado cuerpo, el que debe continuar
acometiendo una y otra subida, cada vez más escarpadas, más
empinadas, más desafiantes…. Y siempre con la compañía del
inefable Antonio Hummel quien, obsesivamente, mira su reloj una y
otra vez y lo compara con las distancias que marcan los carteles
puestos para los peregrinos que se animan a desafiar el extenuante
camino de la fé.
Esa obsesión tiene una explicación: El experimentado caminante
quedó fuera del tiempo oficial en la edición anterior y, por eso,
busca revancha, tiene un desafío personal, cara a cara, con el
reloj a punto tal que
las manecillas del mismo se vuelven una idea fija.
Mientras tanto,
nuestras dos humanidades transitan ya estoicamente las interminables
pendientes de la ruta montañosa y selvática que nos llevará a
Serra dos Lima donde tendré la inyección de ánimo necesaria
porque en el primer refugio ubicado en esa Ciudad está aguardándome
mi esposa Silvia para brindarme ropa seca, comida y, especialmente
todo su cálido afecto, el de una esposa que se solidarizará con
quien arriba al primer hito de la prueba jugando permanentemente con
los límites de la hipotermia.
Pero también
comienzo a experimentar los calambres y los dolores de todos los
colores que puedan imaginarse: articulares, musculares, tendinosos,
óseos.
Por fin llego a
Serra dos Lima. Arribo en medio de una noche muy cerrada, no se ve
absolutamente nada, sólo las tenues luces del refugio que anuncian
la calidez del recibimiento de mi compañera y de la gente de la
organización de la prueba.
De repente, entre
los personajes que me dan la bienvenida a la finalización del
primer gran hito de la carrera ( kilómetro 78) emerge una
personalidad singular: es el kinesiólogo de la carrera, Luiz
Lacerda , con quien ya
había intercambiado unas palabras en la ceremonia de presentación
de la prueba y en una de las comidas previas a la ultramaratón, el
que, con el transcurso de la misma se convertiría en un ícono para
mi excelente experiencia humana en la misma.
Luiz tiene la gran virtud de saber combinar, con una armonía que
raya en la perfección, las cualidades humanas con las
profesionales. Mientras sus manos se apiadan de mi maltrecho cuerpo
y realizan “varios pases mágicos”, va relatando a modo de diagnóstico
cada uno de mis males con una precisión impresionante a tal punto
de hacerme rever mi pensamiento sobre el origen de molestias que se
han tornado crónicas desde ya hace varios años.
Luiz también se apiada de las uñas de los dos dedos gordos de mis
pies las que están a punto de abandonarlos en una transición
sumamente dolorosa para quien suscribe.
Así, las encinta con una sutileza tal que no sólo me permitirá
continuar la marcha sin sentir molestia alguna sino también no
percibir ningún dolor al momento de colocármelas en esos dedos que
están hipersensibles a cualquier roce de la uña con la carne.
Este kinesiólogo-
maratonista, quien se animó a participar de pruebas como la Jungle
Maratón atravesando la Selva del Amazonas a lo largo de 250 kilómetros,
será así otro de los personajes inolvidables que desfilará por mi
memoria de esta extraordinaria experiencia de vida llamada “
Brazil 135 millas” a punto de llegar a conmoverme en un gesto de
humanidad y solidaridad que mostrará al final de mi gran
aventura…
CONTINUARÁ.
|

 |