Nueva
York - Estados Unidos
EN EL JUEGO DE LA VIDA
La mujer que llegó
al día siguiente a la maratón
de Nueva York
Un crónica de
Sergio Vilela
Hace horas espero que llegue el último corredor del
maratón y estoy parado en la meta del Central Park tratando de entender
qué placer secreto esconde esta suerte de suicidio a trote. Se asoma una
silueta en el horizonte y parece que en los pies del último de los
atletas llegará la respuesta. Pero él no es el último: detrás de ese
corredor aparece uno aun más lento, y aquí en la meta ya no queda casi
nadie. Sólo algunos empleados de limpieza que recogen desperdicios con
una manopla mecánica y una veintena de espectadores en las tribunas con
ganas de irse a casa. Lo que hasta la segunda hora de maratón había sido
una competencia del atletismo mundial, cuatro horas después parece una
pasarela de freaks o la más agotadora terapia de autoayuda. Nadie tiene
cara de comprender por qué tan maratónico sacrificio: todos bostezan
como si sólo pensar en correr les diera sueño. Y el último no aparece.
Ya es de noche y los pocos espectadores que quedan están impacientes.
Sobre una solitaria escalera en forma de V invertida hay un hombre de
barba bien recortada que lleva una cámara fotográfica colgada al cuello.
Él también tiene cara de estar esperando que algo suceda. Alguien le
pregunta cuánto falta para que todo termine y el hombre de la cámara se
queda callado un instante. Levanta la mirada, se ríe con ternura y dice:
–El último llegará mañana.
Han pasado siete horas desde la partida del maratón y nadie está para
bromas. Pero estamos en Nueva York y cualquier cosa puede ser cierta. Quizá
la meta sea el mejor lugar para entender una carrera y entonces es mejor
quedarse en las graderías vacías a seguir esperando la llegada del último
hombre. De pronto, a lo lejos, se acercan unos corredores con turbantes
negros. Entre ellos hay un hombre que parece tener quinientos años. Es el
único que lleva un turbante amarillo y viste ropa de atleta del mismo
color. Sus piernas son tan delgadas como brazos de niño y su barba es tan
blanca y larga que dan ganas de arrodillarse ante él por esa imagen
escolar que tenemos de Dios. Los que aún quedan en las tribunas
despiertan eufóricos, como si vieran a un paralítico caminar de nuevo.
Hay aplausos y gritos que reclaman vida eterna para el abuelo atleta. Los
voluntarios del maratón, cuya labor es auxiliar a cada maratonista al
final de la carrera, se apuran a recibirlo con atenciones.
El anciano acaba de cruzar la meta. Está casi muerto, pero se lo ve más
saludable que los miles de corredores que han llegado hasta ahora. No es
un jeque árabe que corrió con sus guardaespaldas sino un patriarca hindú,
y los hombres que lo acompañan lo felicitan por la hazaña de haber
llegado, quién sabe si a la meta o a esa edad. Ahora él está lejos de
los reflectores que iluminan la llegada en medio de ese gusano verde de la
Gran Manzana que es el Central Park. De día aquí abundan corredores de
bolsa que salen a trotar, perros elegantes que pasean a sus nanas,
artistas sin galería, fanáticos de Lennon colocando velas en la escena
del crimen, masajistas a pie. Pero a esta hora el viento frío de otoño y
el olor a madera de los árboles húmedos acentúan la noche que va
borrando las facciones del anciano. Una voluntaria de los New York Road
Runners le cuelga su medalla, y otra lo cubre con una manta térmica y le
da de beber tres vasos de agua. Luego uno de los hombres con turbante guía
al patriarca hacia una banca. Otro le toma el pulso y otro le masajea la
espalda mientras el anciano inhala más aire del que parece caber en su
cuerpo. Dicen que es el corredor más viejo del maratón de Nueva York. Qué
duda cabe. Se llama Fauja Singal. Le preguntan en hindú si acepta hablar
con un periodista. Él sonríe y me llama moviendo una mano temblorosa
desde su banca.
Al estar frente a él, es inevitable pensar que se está al lado de un gurú,
y que este hombre es un iluminado capaz de revelar la verdad secreta del
maratón de Nueva York. Pero la verdad es que he visto demasiada televisión,
y que Singal ha volado hasta Estados Unidos sólo para correr cuarenta y
dos kilómetros. Parece que fuera a decir que quien jamás haya corrido un
maratón nunca entenderá por qué los atletas lloran como niños al
cruzar la meta. Pero dice otra verdad en hindú: «Correr me hace sentir
que estoy vivo». Aunque parece haber querido decir que a su edad hay que
hacer estas proezas para recordar que aún lo está. Singal se seca el
sudor sobre sus cejas, se rasca la barba y añade: «Si el próximo año
sigo en este mundo, prometo que volveré a correr. Haré un mejor tiempo».
Todos lo celebran y sueltan esa risa tierna y compasiva con la que se
responde a un niño que promete ser astronauta cuando crezca. Después lo
ayudan a pararse y se van. El último no parece estar cerca.
****
Aquella mañana del 2003 toda Nueva York se había
despertado con un disparo. Era el día de la competencia de masas más
individualista del mundo, una carrera en la que cada uno compite solo
contra su propio cuerpo. En verdad, a casi nadie le importa ganar, salvo a
los corredores de Kenia y a un centenar de ilusos que llegan tras ellos.
El único trofeo deseado parece ser la victoria de la mente sobre los músculos.
Cruzar la meta en Manhattan es un asunto de voluntad más que de piernas.
El maratón había comenzado al otro extremo de la ciudad, en el inmenso
campo de gras del Fuerte Wadworth en Staten Island. Allí había
corredores de catálogo y corredores de oficina, corredoras mamás y
corredores ciegos. A uno le entran ganas de hacer un libro que responda
una sola pregunta: ¿Por qué corren? Hay los que corren por una causa
perdida, por recaudar dinero, por aburrimiento, por una promesa a Dios,
por los aplausos del final, por la memoria de un amigo con cáncer, por no
tener que pensar, por salir a pasear con la familia, por vengarse de un
amor maldito, por puro placer y hasta por nada. Un día antes, todos habían
engullido dos toneladas de espaguetis en la Ronzoni Pasta Party, una
tradición digestiva de los corredores de Nueva York, el banquete de
carbohidratos más grande del mundo.
Ir al maratón de Nueva York debe ser para los corredores como ir a rezar
a Tierra Santa para los cristianos: se sienten elegidos. Aquella mañana
de domingo, cincuenta cámaras de TV trasmitían en vivo esa carrera
gigantesca para doscientos cuarenta millones de espectadores en el mundo.
Luego del disparo, los dos pisos del kilométrico puente Verrazano-Narrow
se repletaron de corredores. Estaban divididos en tres colores, según la
edad y el tiempo estimado en que llegarían a la meta. Los de azul tomaron
la delantera. Eran hombres de cuerpos escuálidos llegados de los países
más pobres de África, escoltados por una caravana de policía tan grande
que era como si al presidente de Estados Unidos se le hubiese antojado
salir a última hora a correr con ellos. Tras estos atletas de elite
avanzaba una estampida humana de treinta y cinco mil corredores devorando
cada centímetro de espacio como una plaga de termitas. Pero todo esto
sucedía en la televisión sobre mi cabeza y a kilómetros de distancia.
A esa hora yo esperaba el metro en la estación Columbus Circle, al sur
del Central Park. Allí, en el subsuelo de Manhattan, se corría otro
maratón: era una competencia de espectadores, de todos lo que querían
cruzar la ciudad y emboscar a sus corredores que ya debían estar en
Brooklyn, rumbo a la tercera milla. El maratón de Nueva York tiene
veintiséis punto dos millas, es decir, cuarenta y dos kilómetros. Cada
milla se convierte en un punto de reunión de familias y amigos, y una
estación de auxilio para los maratonistas. Mientras esperaba que llegara
mi tren entendí por qué ese día las calles me habían parecido tan vacías.
Esa mañana había amanecido con la soleada calma de un domingo
cualquiera. Ninguna algarabía prometía que la ciudad de la resistencia y
la velocidad se detendría para ver esa carrera exagerada. Hasta llegué a
pensar que los neoyorquinos eran unos pedantes acostumbrados a que los más
grandes eventos (y las catástrofes más terribles) sucedieran en Nueva
York, y que por eso no le hacían caso al maratón más popular del mundo.
Pero todos estaban como topos bajo tierra esperando el metro.
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