Nueva York - Estados Unidos
La mítica distancia de 42
kilómetros
Algunas historias que nos dejan con la boca abierta
04-11-2006
// En la familia Tampletton se apuntaron todos a la carrera. El padre, de
48 años de edad, había recibido un enorme mazazo apenas unos meses
antes: “Lo siento, señor pero me temo que se morirá en el plazo de un
año, a lo sumo. No hay nada que hacer.
Su cáncer se ha extendido por todo el cuerpo”, le dijo el oncólogo. El
señor Tampletton se podía haber refugiado en su dolor y en sus miedos
–¿quién se lo podría recriminar?– pero en un acto supremo de valentía,
decidió correr la maratón de Nueva York. Esa fue su particular despedida
de la vida. Los suyos, su mujer y sus dos hijos, también se inscribieron.
Quisieron correr junto a él, compartir esa agonía que discurre sobre los
interminables 42,195 kilómetros...
Acompañarle en un último reto. Se prepararon a conciencia durante
jornadas interminables y participaron de una fiesta que tiene mucho que
ver con la superación personal, el esfuerzo llevado al límite, la
dignidad y el orgullo. Pocos meses después de concluida la carrera, el señor
Tampletton falleció en la intimidad de su hogar pues ni siquiera quiso
ingresar en un hospital para enfermos terminales. Es una de las miles de
historias que se han ido pergeñando año tras año y que han acrecentado
la leyenda de la maratón de Nueva York, sin duda, la carrera más
importante de cuantas se disputan en el mundo. La cita será este próximo
domingo, por cierto.
Correr, en ocasiones, se convierte en un acto sublime. Tiene algo de
religioso, de íntimo, de grandioso... Sobre el duro asfalto se han
escrito historias increíbles, algunas de ellas, llevadas a la gran
pantalla. En la ciudad de los rascacielos corrieron bomberos que quisieron
homenajear a sus compañeros muertos en los atentados del 11 de septiembre
2001 y también empleados de las desaparecidas Torres Gemelas y agentes de
policía que se salvaron milagrosamente...
Es notorio el concurso de periodistas que narran desde ‘dentro’ sus
vivencias personales, de celebridades de todo tipo (actores, cantantes,
políticos, deportistas...), de camareros que portan bandejas con copas,
incluso de parejas de novios que deciden hacer un breve y apretado alto en
el camino para contraer matrimonio en algún punto del recorrido –ya
pactado, lógicamente, y con el sacerdote dispuesto para la ceremonia–,
de personas aquejadas de graves enfermedades y de otras que acaban de
sanar y ofrecen su particular testimonio de felicidad. No son pocos los
participantes que atienden a causas humanitarias y se someten a verdaderas
‘torturas’ sin olvidar a los discapacitados, que ya forman parte del
decorado habitual de esta y de otras muchas carreras de la misma
naturaleza y que merecen recibir el mayor de los elogios.
Los corredores profesionales –sólo unos pocos– atienden a sus relojes
con la misma precisión y urgencia que la legión de inscritos, para los
que la victoria individual no deja de ser más que una quimera. Tan solo
persiguen sus propias ambiciones personales, esto es, completar el
recorrido de la mejor manera posible y/o rebajar sus marcas, por discretas
que sean. Esa es la magia de esta carrera. Siente parecida satisfacción
el atleta que finaliza la prueba por debajo de las 2 horas y ocho minutos
que el que emplea cinco horas. Acabar es lo único que cuenta, un reto en
sí mismo.
La ciudad de Nueva York recuerda con afecto a Fred Lebow (Fischel
Lebowitz), nacido el 6 de junio de 1932 en Transilvania (Rumanía) y
nacionalizado estadounidense. Lebow, que falleció el 9 de octubre de
1994, fue el gran impulsor de la maratón neoyorquina, cuyas riendas tomó
en 1976 –corrieron únicamente 2.000 atletas– hasta situarla en
31.129, que esa fue la cifra de participantes registrada en 1994, año de
su muerte tras una larga y penosa enfermedad. El propio Lebow tomó parte
en 69 maratones, la última de ellas, en 1994, pocos meses antes de
fallecer. La respuesta ciudadana a su última incursión en la carrera
todavía se recuerda como uno de los acontecimientos más emocionantes jamás
vivido en la ciudad de los rascacielos. Lebow corrió flanqueado por una
nube de participantes y por la noruega Grete Waitz, uno de los mayores símbolos
de la maratón –con permiso de la británica Paula Radcliffe– y de la
carrera neoyorquina. Poco después Lebow murió, aunque su testimonio
sigue vivo.
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