Ouarzazate - Marruecos
MARATÓN DES SABLES ( XXI EDICIÓN)
MIS CRÓNICAS ( Por Gonzalo Patricio Frías, finisher en esta edición
2.006)
O7-04-06:
Estoy viajando con el contingente de corredores españoles ( con quienes
me reuní en el aeropuerto de Barajas, en Madrid) en el autocar por pleno
desierto del Sahara, en la región de Ouarzazate, Marruecos. Las imágenes
son surrealistas: casas de adobe que hacen retroceder varios
cientos de años, pero –al mismo tiempo-, cada una de ellas lucen unos
enormes “platos”: son las antenas
parabólicas que los conectan al mundo a los habitantes del desierto como
compensación a tanto aislamiento.
En medio del viaje, nos detenemos, nos hacen descender del vehículo. El
lugar es muy inhóspito. Claro, me digo, “estamos en el desierto”, qué
otra cosa puedo esperar. Grandes piedras nos esperan, ellas serán
nuestros asientos y mesas improvisadas. Así, se arma nuestro almuerzo. El
calor es percibido por arriba de nuestras cabezas con una brisa
incandescente y por debajo de
nuestros cuerpos al tomar contacto directo las asentaderas con las
piedras-sillas en las que comemos.
Finalmente, tras aproximadamente cuatro horas atravesando pleno Sahara,
llegamos a lo que será la última parte de nuestro largo viaje de acceso
al campamento de largada ( antes, he debido pasar por una hora y media de
viaje aéreo de Córdoba a Santiago de Chile, catorce horas desde la
capital chilena a Madrid más las referidas cuatro horas en el autocar por
la atrapante Ouarzazate). Nos quedan sólo unos diez minutos de viaje
hasta el campamento base; para ello, nos esperan unos camiones al mejor
estilo traslado de tropas del ejército marroquí donde iremos “un
poquito apretados” todos los corredores, debiendo sortear antes de
ascender a los vehículos la insistente solicitud de algún souvenir
nuestro por parte de los niños del lugar. El “mounsier”(señor, en
francés) por momentos taladraba nuestros oídos una y otra vez hasta
convertirse en tortura. Por fin, me tocó el turno de subir al convoy y
partimos rumbo a lo que, por varios días sería nuestra “casa” en
medio del desierto: el campamento con las famosas tiendas berberes,
llamadas jaimas, muy precarias comparadas con las modernas carpas que
albergarían a los organizadores. Un
improvisado techo confeccionado con bolsas de café o una tela similar
bastante efectiva, a pesar de su precariedad, para evitar la impiadosa
entrada de los rayos del sol y, al mismo tiempo, para proteger la tienda
de los granos de arena que salen despedidos con cada tormenta.
La llegada no fue muy organizada. Mi estadía con una parte de los
corredores españoles en una de las jaimas se caracterizó por la
brevedad. Es que nadie nos había dicho que estaba reservada nada menos
que para las estrellas de la carrera, los legendarios corredores marroquíes,
invencibles en los diez últimos años de la historia de este evento.
De este modo, tuvimos que peregrinar para conseguir un lugarcito en cada
una de las otras tiendas que ya estaban armadas. Me tocó con un grupo de
catalanes, entre los que se encontraban los famosos hermanos alpinistas,
escaladores y corredores de aventuras, Néstor
y Nil Bohigas, con unos pergaminos que promovían respeto y admiración al
mismo tiempo ( finishers en
varias ediciones del maratón des sables, cumbre en el monte Everest,
incluso Nil, una vez llegado a la cima de este gigante en los Himalayas,
se había arrojado en ala delta para acometer el descenso). Pero mi estadía
en esa jaima no fue buena: para los catalanes en general, su idioma es una
de las principales muestras de autonomía por lo que, aún dominando
perfectamente el castellano, se niegan a hablarlo entre ellos al punto de
no importar si hay algún extranjero que no conoce su lengua. A esa
circunstancia de malestar “espiritual” se sumaría, por la noche, otra
de índole física: conocer toda la dureza del piso con mi bolsa de dormir
a punto tal de no poder pegar un ojo en ningún momento hasta sorprenderme
la luz del día volviéndose así una utopía el conciliar el sueño. Mi
preocupación de cara a la competencia era mucha: el temor por iniciar débil
semejante reto comenzaba a invadir mis pensamientos.
CONTINUARÁ ( EL RELATO DEL SEGUNDO DÍA EN EL DESIERTO)
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