Japón celebró el Día de la Mujer dominado por el
avasallador fenómeno de las make-inu, mujeres solteras y sin hijos
que rondan la treintena y que han hecho del lujo y el éxito laboral su
razón de ser.
Las make-inu se han convertido en Japón en la punta de lanza
del consumismo y el triunfo social, pero también de la independencia de
la mujer frente al hombre en una sociedad con unos valores aún
marcadamente patriarcales en los que está mal visto que una chica de más
de 30 años no se haya casado y no tenga hijos.
Según una encuesta que acaba de difundir el Ministerio de Sanidad,
Trabajo y Bienestar de Japón, más de la mitad de las mujeres nacidas en
el baby boom de los años 1971 a 1974 no habían tenido ningún
hijo a la edad de 30 años.
En 1953 ese porcentaje era del 18 por ciento en mujeres de esas edades
y entonces Japón no se había repuesto aún de la sangría en vidas de
varones que se cobró la Segunda Guerra Mundial.
Además, las make-inu tampoco suelen tener pareja estable y han
convertido esa inestabilidad sentimental en una bandera frente al machismo
y en ariete para reclamar derechos hasta ahora atribuidos sólo a los
hombres, lo que convierte a ese fenómeno en una auténtica revolución,
dicen los sociólogos.
El propio término make-inu es peyorativo en japonés y quiere
destacar la "infelicidad" de no tener marido e hijos como
soporte de su estatus social , pero las chicas de hoy en día han dado la
vuelta al concepto y lo han transformado en lema de su nueva tribu urbana.
Según la escritora Junko Sakai, "esa felicidad que sienten las
make-inu
no es la felicidad que la sociedad acepta".
Sakai es autora del libro El aullido de las perras perdedoras
que hace un año se convirtió en un best seller y que hizo a
muchas de esas make-inu "salir del armario" y asumir su
condición de nueva "clase social" dentro de la enclaustrada
uniformidad nipona.
Y esa nueva clase tiene sus pilares en la sofisticación y el amor por
los artículos y servicios lujosos, desde la cosmética hasta los viajes
al extranjero, pasando por los restaurantes caros y las prendas de marca.
Las cifras lo dicen todo en Japón: en 2004, cerca de 4,83 millones de
japonesas trabajadoras tenían entre 30 y 39 años, con una capacidad
adquisitiva que sería envidiable en Occidente y que les permite comprar
mucho y caro, sobre todo si no tienen cargas familiares.
Las make-inu se han convertido en destacadas clientes de los
bancos y sus créditos, pues la tendencia ahora entre estas chicas jóvenes
es a poseer sus propios apartamentos, de pequeño tamaño (entre 30 y 50
metros), pero situados en los sitios estratégicos de las ciudades.
Las legiones de make-inu, con bolsos Louis Vuitton en bandolera,
uniforme de traje de chaqueta, armadas con tarjetas de crédito blindadas
y un aspecto a lo Ally McBeal oriental, se han convertido también en
clientes privilegiados de las agencias de viajes.
Sus preferencias son los hoteles de alta clase, con paquetes especiales
que incluyen masajes y estilismo, o habitaciones de ryokan (las
tradicionales posadas niponas) con servicios de lujo que envidiaría la más
caprichosa de las geishas.
La última tendencia de las make-inu es el hacerse regalos a sí
mismas en épocas significativas, como la Navidad, San Valentín o este Día
de la Mujer Trabajadora; la cuestión es no privarse de nada y sentirse
merecedora de lo mejor.
Los sociólogos consideran que el pistoletazo para este fenómeno de
las make-inu lo dio la maratonista nipona Yuko Arimori, cuando al
ganar la medalla de bronce en las Olimpiadas de Atlanta, en 1996,
escandalizó a medio Japón al dedicar el triunfo, no al emperador, a su
familia o a la gran patria nipona, sino a sí misma.
Fue entonces cuando la incipiente corriente
make-inu la tomó
como su heroína particular y modelo del inocente egoísmo que tendría su
mayor exponente en estos primeros años del siglo XXI.