Barcelona -España
Doping, cuando crecen las mandíbulas
Por Piti Pinsach Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y Deporte
Cuando además de crecer la nariz por
decir que es un error (Roberto Heras), crecen las mandíbulas, las manos
y, lo que resulta todavía más peligroso, los órganos internos, una de
las cosas que se nos ocurre pensar a los profesionales del ejercicio físico
y de la salud, en general, es que el individuo que presenta todos estos síntomas
ha realizado tratamientos con hormona de crecimiento.
Llama la atención el parecido fisonómico que existe entre todos los
ciclistas de competición; sus sospechosamente parecidos mentones, con
toda seguridad, les ayudan a cortar el aire pero no pueden ser el
resultado de apretar los dientes para superar los muchos quilómetros que
se les exige. Más bien hay que pensar que representan una de las
consecuencias de la administración de peligrosas ayudas ergogénicas, las
cuales, además de incrementar desmesuradamente el tamaño de determinadas
partes del cuerpo y ser las directas responsables de algunas muertes
prematuras y repentinas, proporcionan, eso sí, los cada vez más polémicos
records deportivos.
Cuando la potencia y el deseo sexual aumentan en la misma proporción que
la masa muscular o que el rendimiento deportivo, y con los años se va
produciendo una atrofia testicular que acaba siendo el desencadenante de
un más que probable cáncer de próstata, estos son los síntomas más
evidentes de que el deportista se ha sometido a algún tratamiento con
hormona masculina.
Tan incuestionable es el mérito de los deportistas de competición, como
el que tiene la industria farmacológica. Los resultados deportivos son la
demostración de lo primero, y los contraanálisis son la prueba de lo
segundo. Es inútil cualquier esfuerzo que se haga por intentar hacer
creer al público que los logros deportivos, hoy por hoy, se consiguen únicamente
con entrenamiento y dedicación; hay elementos que contribuyen en mayor
medida, y no son precisamente el sexo, ni el alcohol.
El propio Landis tuvo que rectificar, sonrojándose, después de haber
atribuido sus altos niveles de testosterona al abuso de cerveza o whisky,
a tratamientos para solucionar problemas de la tiroides o a practicar
sexo.
En realidad sólo hay dos posibles hipótesis: la que sostiene el propio
Landis, de que nos encontramos ante otro fenómeno de la naturaleza cuyo
organismo es capaz de producir inusuales niveles de testosterona o que,
como en la mayoría de deportistas de competición, la farmacología tiene
mucho más mérito que la genética y los muchos años de entrenamiento.
El hecho de que el deporte crea amigos en indudable y a nadie se le escapa
que los secretos compartidos generan complicidad. Pocos pueden tirar la
primera piedra y esto genera solidaridad, especialmente cuando se obtienen
resultados deportivos tan parecidos. La cuestión reside en determinar cuándo
estos resultados son debidos al mismo entrenamiento y cuándo al mismo
producto.
Lo que ahora queda por ver es si el actual apoyo que ofrecen los
“amigos” superará los resultados del contraanálisis y de los
estudios endocrinológicos. Entonces comprobaremos si es amistad o
complicidad y si además de la mandíbula crece también la nariz.
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