Maratón de Buenos Aires - Octubre 2004- Lapachos en Flor
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Tal era el escenario sobre el cual discurría, espléndidamente ataviado en su papel incomparablemente digno, lleno de la importancia de que le rodeaba el poder provocar la absurda expectación de algo heróico e inminente – una hazaña o una canción- sobre el tono vibrante de un sol maravilloso.
Joseph Conrad
Karain, un recuerdo
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Con el orgullo herido, haciendo mal las cosas, sin avisar a nadie ni organizar servicios de apoyo, tímidamente encaré la Maratón de Buenos Aires. Que sea lo que Dios quiera, pensé. Golpeado por mi horrorosa participación en la maratón de
Concordia hace exactamente tres semanas donde terminé caminando y llegué anteúltimo, quise ahora -sin expectativas- intentarlo nuevamente.
42 km otra vez.
Todas las opiniones eran adversas.
La profesionalidad limita la creatividad
, dice una máxima escuchada allá lejos y hace tiempo, que me gusta. Tiene lógica y quiero que sea así.
No debía correr esta carrera decían los profesionales en la materia y tenían razón.
No me importaba abandonar.
Qué pasaba si lo intentaba.
El orgullo herido estaba de mi lado, con otro fracaso peor que ahora no podía estar.
Hay algo que la lógica profesional no incluye, esto es el capricho.
¡Y el capricho es cojonudo!
Motor de cambios, de intentos, bien vale la pena.
La terquedad.
Per que me piace
, me justifiqué. Fui solitario a último momento y me inscribí. Me asignan el número 1997, ¡un horror! Está probado que la existencia de ochos en los números de inscripción, en los números de teléfono, en las
direcciones, en la edad o tamaño del pie de las mujeres dan una enorme cuota de buena suerte.
Esto está científicamente comprobado.
Nada, ni eso iba a poder ayudarme. Tentado estuve de pedir el número siguiente. Porfi dale, dale, es importante para mí, quise decirle, pero no lo
hice, estaba entregado.
Que fuera lo que Dios quiera.
¿Dios escuchará a los agnósticos?
Sabrá Dios que los agnósticos ocupamos mucho mas tiempo en él que los creyentes, sabrá (si es Dios, dicen
que lo sabe) que no lo damos por supuesto, que no es –para nosotros- un dato de la realidad sino que es un ser enormemente buscado, requerido, ansiado y esquivo.
Ni un ocho en el número y por uno le he pifiado. ¡Carajo!
Mal agüero.
Aunque, mirándolo bien, el 1997 no es un feo número.
Llegué 5 minutos antes de la largada.
Y probé, me probé.
El gazebo de FCMax provee, como es su maravillosa costumbre de servicios a todos. Guardarropas, buena onda y deseos. Dejo mi abrigo, pido una muñequera
plastificada con la información del tiempo que deberé cumplir para terminar la carrera en tres horas cuarenta y cinco minutos, mi –fallido- objetivo para este año. Sabiendo que ese sería, ahora, lo máximo a lo que podría aspirar. Pensándolo bien esa era –hoy- una meta superlativa. Suelo hacerme
este tipo de trampas.
La maratón de Buenos Aires, prueba máxima del atletismo vernáculo convoca a mucha gente. Extranjeros venidos en tropel. Atletas de elite. Temerarios
de pantalón buzo de grueso algodón, medias de lana y zapatillas de paseo. Todos ellos estaban puntualmente listos a las 8 de una mañana que amenazaba con lluvia, de cielos platinados, fresca y trasluciendo cada tanto el sol.
Tiempo ideal.
Corro, no hablo.
No digo el tiempo que quiero hacer, solo corro y me ciño al tiempo que fija la tabla que tengo en la muñequera.
Corro, no hablo y pienso.
Disfruto de la ciudad, mía.
Sorpresivamente cumplo rigurosamente cada etapa.
Vamos bien.
Sospecho para después, lo peor.
En cualquier momento las rodillas dirán basta, me temo.
Antes de llegar a la pared de los 30 Km.
Y los músculos, y la mente: ¿tirarán algo más?
No lo se.
Lo dudo.
No me presiono, tan solo sigo.
Bandas musicales hacen más placentero el paso por varias esquinas, la música convierte el tempo del corredor en pura poesía, exagero con justicia.
Rigurosos puestos de hidratación, no solo agua sino también Gatorade e incomprensibles tiendas de McDonalds ofreciendo bananas y naranjas, ¡bienvenidos sean! Como siempre el malhumor y la impaciencia de los automovilistas ponen cierta nota desagradable e insegura. Cual es el apuro de los automovilistas, se pregunta Ernesto Sábato, si van a sentarse
a sus casas a mirar televisión.
Multitud de amigos en bicicleta haciendo servicio de apoyo me hacen sentir un hombre rico, atendido, inmensamente rico.
En cada curva del recorrido se reúne la gente y aplauden a nuestro paso, qué bien que nos hace esto. Me siento, en secreto (salvo para mi ojo
izquierdo, que me delata y llora emocionado), un atleta de elite, admirado, este aliento me impulsa a dar más, a seguir. La zona del Once esta mas poblada que las demás, al pasar por la eterna obra en construcción que es Plaza Miserere pienso cuantas maratones (anuales) más tendré que correr para que esta zona tan, pero tan transitada termine sus
refacciones. Muchas, seguramente. Avanzo hacia San Juan y me adentro en mi zona de la muerte. Sé positivamente que a partir de aquí es donde transitaré por mis límites mentales y físicos. Si los supero llegaré corriendo, en un tiempo más que razonable. Subo y bajo las imperceptibles (hasta hoy) cuestas de la Avenida San Juan. Doy la vuelta por
la autopista, hasta superar el punto donde abandoné el año pasado. Me siento bien, pese a estar dos minutos por encima del tiempo teórico, comienza mi debacle, seguramente. Hago caso omiso y sigo, acepto todos los ofrecimientos en todos los puestos. Bananas, naranjas, agua, Gatorade.
En el Parque Lezama, con los músculos agotados, cercano al Km. 30 paro a estirar los músculos contracturados y crackear las rodillas, un hallazgo
reciente. He descubierto que las flexiones provocando un crack en las rodillas es un placebo balsámico de enormes efectos benéficos en dichas articulaciones.
Entramos a la República de La Boca, otrora territorio genovés, a mi vera la luz cambia y todo se tiñe de azul y oro, las pintorescas casas del
barrio, atelieres de enormes artistas, pizzerías de órdago y finalmente la Bombonera que supo de momentos gloriosos para el deporte argentino admira mi paso apenas superior al reptar de un gusano. Pero avanzamos, que es lo importante.
Recién ahora, mientras escribo estas líneas noto que por segundo año consecutivo ni siquiera he registrado la vista del estadio de River al pasar
junto a él antes del Km. 10.
¡Qué gracioso!
Ingresamos a Puerto Madero, pasamos con creces la barrera de los 30 Km. Superé la zona de la muerte, iremos por los 34 Km. ya estamos indudablemente
en la zona del sufrimiento permanente. Habrá alguna vez que no me lamente al pasar por estos fatídicos kilómetros, me pregunto con la respuesta sabida de antemano. Como chicotazos me hostigan tentaciones de abandono. Qué fácil sería, largo ahora y chau. “Deje ya de sufrir” versa un cartel de una iglesia con carteles luminosos y me inspiro. Dejo de sufrir así, lisa y llanamente, basta. Terminemos con esta farsa. Cual es este placer de sufrir, de estar corriendo mas de tres horas y que queden por delante ocho kilómetros mas todavía, ¡cual es! Pero no, no me engaño, ni los cantos de sirena me distraen. Como un moderno Ulises atado al palo mayor
del objetivo (traumático) de llegar. A los gritos, alguien que nunca falta, impulsa a los demás. Nadie dijo que esto fuera fácil, alienta y apoya a los agonizantes corredores. Agradezco explícito con una mueca. Cada tanto alguno pasa corriendo como una gacela, no arrastrando la bolsa de huesos y alma como me siento avanzar. El agotamiento se
expresa de una manera extraña, no sé en qué kilómetro estoy. Da lo mismo, estamos lejos todavía. Este lugar, aunque bello, es un recorrido demasiado conocido como para encararlo en el ultimo cuarto de Maratón. Es aburrido, es agotador.
Salimos, Avenida Independencia, Facultad de Ingeniería. Un grupo de hombres de bronce, pobremente vestidos arrastran en esfuerzo mancomunado una
enorme piedra. Al verme se sienten aliviados. Abandonan su tarea y me entregan la eslinga y me encomiendan la tarea de acarrear la piedra hasta la llegada. Soy maratonista, me temo, lo haré. Quedan cuatro kilómetros, casi nada. Son dos vueltas al lago de Palermo. Nada, una nada que será una eternidad, lo se. La gente, maravillosa, nos alienta y
nadie –salvo yo- parece notar el enorme peso que estoy arrastrando. La expresión que dicen desde la vereda “vamos, ya no queda nada” me asombra como tanta gente que no conozco se sabe que ya no me queda nada. Son cuatro mil metros. Recorro mentalmente el camino restante. En San Telmo, tras oscuros cristales blondas y rellenas turistas junto a
sus rosados acompañantes de bermudas amplias y piernas blancas desestiman nuestro paso mientras revisan antigüedades especialmente diseñadas para ellos.
Mi humor es de lo peor.
La Plaza de Mayo está a la vista, no puedo más. No quiero más. Creo divisar el cartel del Km. 40. Hay lugar para la emoción, todavía. En la plaza
Alsina, una rareza céntrica poblada de estatuas junto al Ministerio de Economía una mujer de tez blanquecina, bella como pocas baja de su pétreo pedestal en el que soporta soles y lluvias, junto a sus perros blancos de pelos largos, sonríe y me alienta. Ya estás, admiro tu fuerza de voluntad (me dice zalamera. Sospecho espejismos, me defiendo), te
llevo –me dijo. Y así sin mas ayuda que un carruaje naranja tirado por perros Saboyedos pude completar estos interminables dos mil doscientos metros.
Sí. Así fue, doy fe que fue así pues yo allí estaba.
Y de acuerdo al reglamento de la maratón, que he leído antes de comenzar la carrera, no se prohibe que un maratonista agotado pueda recibir la ayuda
de una carruaje naranja tirado por perros saboyedos, conducidos por una bella doncella de sandalias aladas.
Al bordear el obelisco, habiendo también perdido perros, carruaje y dama, sin mas ánimo que la repetición hasta el infinito de paso tras paso, un
altavoz anuncia la llegada de “otro atleta de FCMax”. Soy yo. Incrédulo, mas no animado, sonrío con lo que queda. El vocero oficial de FCMax, Ula, enarbolando una enorme bandera relata en forma mas que graciosa mi paso vertíginoso (eso dijo) alrededor del obelisco. Mi ultimas energías fueron destinadas a una pirueta de agradecimiento a este
sorpresivo apoyo.
Fue lo último.
La alegría de dar vuelta al obelisco y ver –recién entonces- el arco de llegada.
Como premio, disponible para todos los corredores, se advierten aéreos, compactos, macizos de flores rosadas.
Es octubre, los lapachos están en flor junto a la línea de llegada.
Paso por el arco de llegada, sin pensamientos, emocionado hasta las lagrimas en cuatro horas cinco minutos cincuenta y ocho segundos y 82 centésimas.
Nada más, gracias.