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Salí a correr por pampargentina
La
isla utópica se encuentra muy cercana a la Capital Federal, en plena
pampargentina.
Un
campito de 15 ha. Donde tres bohemios: un italiano gigantesco y dos
argentinos, son los sobrevivientes de una comunidad de estudiantes de
antropología y de teatro milaneses que hace mas de veinte años
compraron este predio, vivieron comunalmente, experimentaron todas las
delicias de la convivencia multitudinaria, sufrieron y gozaron de las
incorporaciones y deserciones para finalmente -muchos años después y
mucha agua bajo el puente- ser lo que son y ofrecer lo que ofrecen.
Solo
tres hombres con una hectárea cultivada y catorce de yuyos.
Bohemios al fin, en nada parecido a campesinos.
La críptica propuesta, conocida únicamente
por pequeños avisos en escuelas de teatro o en la facultad de filosofía
y letras, era un fin de semana completo con pizza, teatro, albergue y
desayuno. El precio no importaba pero importa, el valor es ridículo.
Ahora todo importa, incluso las monedas del peaje. Hemos tocado fondo,
queda poco ya. La mishiadura ataca y no hay opción, buscamos un lugar
con verde, con horizonte y tranquilidad para soportar tanto cemento y
mala onda citadina. Mi necesidad de salir de la ciudad, de cambiar de
aire, de horizonte es imperiosa, indispensable. Quiero hablar de otros
temas, cambiar los ejes de la discusión, y por supuesto salir a
correr por el campo, solo y sin tiempo.
Llegar al campo argentino es siempre una experiencia existencial,
profunda.
Dos casas principales, un establo con tambo. Tanque australiano, un
anfiteatro de tierra y grava que haría las delicias de un griego.
Allá lejos, detrás de un morado campo de cardos de castilla,
un extraño templo en ruinas.
El
“salón de estar y de ser” con diez o quince mesas, el restaurant
de pizzas, detrás de un arco de ladrillos un horno de barro bien
usado. Algo de mugre, que Marlene pronto nota y califica como “falta
de mujer” del lugar.
Dos
robles grandes como catedrales bajo los cuales una ronda de mesas y
sillas ofician de delicioso espacio de sombra y reflexión.
Parece un excelente lugar para tomar mate, incluso sin reflexión.
La cena no se hizo esperar, puntualmente a poco de caer el sol una
cerveza fría, en su punto exacto me hizo olvidar mi habitual desinterés
por ella y no comprender cómo es que este brebaje no me produce
–fuera de aquí- mayor atracción.
Las
pizzas comienzan a salir, servidas en porciones individuales
exageradamente reducidas, a punto tal de iniciar un proceso de mal
humor. El hambre, una
sensación de insatisfacción que este tamaño de porciones no iba a
mitigar. ¿Estos tipos serán cultores de nouvelle cuisine?
La sucesión de pizzas comenzó con porciones finas como papel, mucho
mas delgadas que las clásicas “a la piedra”,
de gustos clásicos como la muzzarela –casera- o la fugazza
con la cebolla cruda, crocante. Siguió con la siempre bienvenida
mezcla del fresco tomate con el personal ajo y la perfumada albahaca.
Aquí, en esta variedad en que la intensidad del sabor comienza a
hacer estragos, picar alto cual saltador ornamental potenciando la
albahaca, cultivado por los moros en el sur de España siglos atrás
para derivar en algún abuelo nuestro, de Europa seguramente subido a
un barco lleno de inmigrantes con hambre de hacerse la América,
llegaron a estas costas para inventar este tipo de pizzas, dando
origen a la típica cocina porteña. Como adicto soy a inventar
historias que provienen de mis sentidos, me bajan pronto con las
tradicionales Jamón y Morrones, dos variedades que no fueron sino
impecables, perfectas. Anestesiada
ya mi ansiedad, vino una sorpresa en una capa de láminas finas,
blancas crocantes con aceite de oliva y romero. Pizza de papa y
romero. La sorpresa estaba acorralada, entregada. El prometido
malhumor había desaparecido y solo estábamos susceptibles a nuevos
sabores, a combinaciones perfectas o perfectibles. La estrategia,
pronto comprendí, era combinar gustos clásicos con buenos o muy
buenos inventos. Sobre queso ricota, peperoni y tomate.
Una variedad que los gourmet de la mesa insistieron en definir
como peperoni, pero para mí era salame. Otra de rúcula y queso
roquefort, variante conocida en los restó
fashion del quartier bistró
de Buenos Aires, sorprendente aquí con el agregado del roquefort,
opino que admite un leve toque de ajo. Pero para mí todo admite ajo.
Con la mitad de los comensales recostados sobre sus respaldos,
boqueando, a punto de abandonar traen una poco felíz, pero
imaginativa, variedad de zanahoria y huevo duro. Olvidable, salvo que
hubieran glaseado las zanahorias. Una clásica de tomate y anchoas,
para terminar de hacer abandonar a los renuentes. Como oferta final,
el plato fuerte de pizza picante, delicia de un paladar mexicano.
Terminó el desfile. Son exactamente dos horas ininterrumpidas de
salir y salir pizzas de ese horno tan, pero tan, bien usado, Postres y
café, para terminar en el estilo italiano de hacer las cosas. El
know how italiano, primero comamos, luego hablemos (primo
mangiamo, doppo parliamo).
Entregados todos, la luz
comienza a flaquear para subir la música, un potente reflector
dirigido a un cocinero, devenido actor y una representación teatral
sobre la entropía hace trabajar el cerebro casi tanto como al aparato
digestivo.
De
acuerdo a una personal interpretación de los actores, la entropía es
la ley de la física que lleva del orden al caos. Una tendencia
universal que lleva las cosas de un orden preestablecido hacia un
caos. Buen tema para desarrollar por un grupo de teatro y estudios
antropológicos, creado por italianos hace mas de 25 años, y hoy en
el centro universal de la crisis poder pensar esto, en medio de la
pampargentina, icono de belleza y riqueza sin par.
¿Es
un orden esto?
¿Es un caos?
¿Donde estoy?
Estoy en medio de pampargentina, lo sé. Un lugar mágico, otrora
destino de aventureros y conquistadores de todo el mundo. Un lugar
inexplorado dentro del moderno mundo globalizado, tan inexplorado como
nuestro mecanismo afectivo.
Hospedado
en un ámbito distinto, idílico, utópico. Aquí los conceptos
tradicionales no valen, no sirven. Esta gente no hace colas en
consulados europeos para irse del país, vienen de allí para quedarse
en este reducto, en este fin del mundo. En esta isla utópica donde
todo es posible, donde el mundo se abre integro y generoso en todas
sus posibilidades. Donde la noche fría y negra con infinitas
estrellas, posibles soles, alternativas vidas, distintas
organizaciones funcionales, sociales no hacen sino sacarme de lo que
quería salir, que es precisamente la visión miope, unimodal, de la
crisis argentina.
Visión
miope, unimodal, de la crisis argentina, me repito y reflexiono.
Aquí
los términos son otros, distintos.
Amanece, sobre el pasto escarchado.
El aire acerado va clareando hacia horizontes lejanos. Montes de
eucaliptos a lo lejos cortan la línea perfecta del horizonte pampeano
de humus negro tal como aprendimos tiempo ha.
Un
sol blanco, frío se anuncia.
“Las
repetidas inundaciones del Nilo, dejaba limus en sus orillas que servía
de abono para sus cosechas, lo que daba a los egipcios un campo
enormemente fértil. Casi tan fértil como la capa de humus de la
pampa húmeda, lo que nos hace a nosotros uno de los países mas ricos
de la tierra” Aprendido (escuchado) alguna vez en la escuela
primaria y repetido hasta el cansancio junto a “las Malvinas son
argentinas”.
El campo tiene desayunos en tazón blanco, amplio sin asas. Pan de
campo, obviamente. Manteca mucha, y dulce de leche tipo repostero. Café
con leche, se puede repetir.
Bajo la catedral de robles, una mesa azul sirve para mirar ese
horizonte imposible de mejorar.
No hace mucho salí del infierno citadino, no tengo que salir urgente
a correr para combatir la ansiedad, correré en un rato por placer, ya
me veo.
Los
sembradíos cercanos parecen no notar la contradicción, ni mucho
menos importarle.
Finalmente
con la excitación propia de cuando voy a hacer algo que me gusta y
quiero, salgo a correr, esta vez a campo traviesa sin límites de
tiempo ni espacio.
Es
la libertad plena, sentía.
Pampargentina
–me repetía- inmensamente
rica e inexplotada, inconmensurable por donde la mires, gigantesca y
solitaria.
El
sol en su cenit, y yo con planes de correr y correr.
Pampargentina
es brutal!
Caminos
de tierra beige, casi blanca, cortando un infinito mar verde de
campos, con vacas curiosas a ambos lados, garzas
que-no-se-puede-creer-lo-bellas-que-son, pájaros, cotorras, campos y
más campos. Montes de eucaliptus, y de otras especies que no se cómo
se llaman allá a lo lejos.
Los
pasos solitarios en la carrera: nadie, nada (salvo vacas, garzas,
bicho-feos, etc.), el ruido de los pies (las zapatillas) sobre la
tierra, las piedras sueltas y el continuo avanzar sobre los campos
inexplotados que hacían gala de desierto. El día estaba espléndido,
el sol potente y generoso. La tentación fue creciendo, la sentía. Si
el campo es tan grande, el sol está tan lindo, no hay nadie, es todo
mío, estamos solos: el campo infinito, el sol todopoderoso y yo.
¿Porqué
no me desprendo de prendas sociales y me integro en una desnudez
total, tal como el campo y el sol se me brindan?
Si
acepto las leyes de la entropía (tal como lo aprendí ayer), no me
resisto y giro y giro... hacia un centro caótico pero ordenado,
contradictorio y esencial de mi ser, del ser general. Quizá allí
habite el Dios del que tanto hablan.
Tardé
en decidirme, convenciones sociales mediante y algo de incertidumbre
pues era la primera vez que transitaba por estos caminos. La voluntad
es importante, deseo integrarme, pero nunca dejo de pensar. Si de ida
me había cruzado únicamente con dos autos, de vuelta sería menos
probable, pues era claramente la hora del almuerzo, era casi la una,
horario solitario, por lo cual si alguien venía, vería a la
distancia la polvareda, me pondría los pantalones, y seguiría
corriendo como si nada.
Decidido
entonces, procedo a quitarme el pantalón blanco y ya, totalmente
integrado al medio ambiente, maravilloso.
Correr
desnudo es raro pues no acostumbro.
No
obstante acepto que fue precioso, no por ello produje la revolución (¡claro
está!), pero el viento y el sol llegando a zonas habitualmente
vedadas al aire fue una sensación deliciosa.
Sensación
Libertaria, diría orgulloso y exagerado.
Ventajas
de la Pampargentina, solitaria y final.
Al
principio tímido, luego confiado, con el pantaloncito en la mano,
zapatillas negras, y medias azules con vivos rojos distinguibles a la
distancia.
Todo
el campo y el sol, solos para mí.
Kilómetros
y kilómetros.
Para
mi y nadie mas, nada más.
¡Qué
bien le hace esto al atletismo argentino! –me reía con la idea.
El aire pasaba a través mío
tan libre como yo por los campos, corría con libertad y el corazón,
los pulmones y mi esfuerzo me acompañaban en el poder de desplazarme
impune, poderoso por la mítica Pampargentina.
Hasta
que...
(siempre hay un final abrupto cuando los buenos son felices...)
Me
doy vuelta y a menos de 15 metros, un enorme colectivo silencioso e
inevitable.
Como cachetazo al piojoso me invade, me impacta y ridiculiza mi fantasía
de libertad.
Me
vuelvo a dar vuelta y sigo corriendo, imagino mi imagen desde el
colectivo, un corredor solitario, desnudo, culo blanco y zapatillas
negras corriendo por un camino del fin del mundo.
Un
viejo Mercedes Benz 1114, icono brutal de la industria pasa
indiferente a mi lado, dejándome envuelto en una nube de tierra, como
confundido.
Pocos
kilómetros después, ya con la ciudad a la vista, medio avergonzado,
derrotado y divertido volví a ponerme el pantaloncito blanco de
tenista inmaculado, para sociabilizarme, soñando utopías que porqué
no realizar.
Aquí
y ahora, es posible.
Solo hace falta decidirse.
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