Salta - Argentina
Un ascenso al Quewar
Un porteño en las alturas

Soy un maratonista urbano, extraña definición para un porteño enamorado de las montañas altas, muy altas y de correr maratones infinitas. Después de un par de días aquí el aire casi me alcanza para andar. Casi.

En el último pueblo del camino, a 4200 metros, Santa Rosa de los Pastos Grandes, conseguimos burros y en ellos cargamos las mochilas hacia el campamento 1, nosotros -cual dandys- llevaremos solamente la comida de marcha, agua y cámara fotográfica. Una verde vega, aislada, con decenas de curiosas llamas y cabras cuidada por dos pastoras sera el último hito habitado que veremos.
El avance es lento. Falta mucho oxígeno a medida que vamos subiendo. Un arroyo baja caudaloso junto a nosotros, saltarinas truchas me sorprenden, no las veo pese a las indicaciones sobre sus lugares de escondite. Moriría de hambre rodeado por ellas.
Los paisajes son cada vez más bellos, los cielos más azules, yermas laderas que tornan de verdes a amarillas y luego marrones. El corazón del maratonista tiene mucho trabajo, aquí (en Salta) lo llaman corazón de vicuña, me gusta.
Soy un maratonista urbano, extraña definición para un porteño enamorado de las montañas altas, muy altas y de correr maratones infinitas. Después de un par de días aquí el aire casi me alcanza para andar. Casi.
Camino lento por las calles polvorientas de San Antonio de los Cobres, a 3760 m. aclimatando para intentar ascender el Volcán Quewar (o Quehuar, o Quevar) de 6161m a pocos km. de aquí. Hace algunos días tuve que abandonar en la Maratón de la Ciudad de Buenos para preservar íntegras las rodillas y ese abandono me hace sentir con el alma en deuda.
En la altura falta el oxígeno, no el aire. Desde arriba, nos vigilan cinco cóndores. A poco menos de mitad de camino detenemos la marcha por un ligero almuerzo, en "la laguna", un pozo de arena seco. Estos son los lugares donde, desde abajo, los lugareños nos dijeron, con seguridad, que encontraríamos agua. Estamos en problemas. El agua se acabará pronto y debemos llenar todos los bidones para proveernos para los próximos dos días. Suerte es venir con burros, suspiro aliviado.

Llegamos tras ocho horas de marcha a completar la distancia y el desnivel hacia el tan ansiado campamento 1. Es cuestión, ahora, de armar carpas, descansar, hidratarnos y vislumbrar la ruta del día siguiente, el camino hacia la cumbre. Cenamos una sopa instantánea, más una ensalada de arroz, tomate, cebolla y ajo, aderezada con el imprescindible aceite de oliva y limón. Cubos de manzana fresca con dulce de durazno, de postre.

Son las 5 a.m. del viernes, suenan los despertadores la cumbre nos espera. Un leve dolor de cabeza, propio de la falta de oxígeno y el haber dormido mucho me afecta. Un analgésico y una pequeña caminata dispersan toda molestia, compruebo. Hace mucho frío. Varios grados bajo cero, supongo. El momento anterior al alba es el momento más frío del día, igualmente bello.

El aire se va clareando, las formas toman dimensión colorida, los cielos cercanos tornan rojizos, veteado de naranja. El día, finalmente, se hace. Preparamos un generoso desayuno (máxima de todo montañista) y salimos con una pequeña mochila de ataque hacia la cumbre, con casi tres litros de agua cada uno (como en ciertas maratones, no hay puestos de hidratación por el camino) y comida para el día. Pausadamente avanzamos.

El desnivel se hace complejo, las pendientes son complicadas, los sayares - acarreos para el resto del mundo- nos obligan a hacer zigzagueos para avanzar. A medida que se sube el horizonte de montañas lejanas se amplía y entre los distantes picos máximos y nosotros, a hay un sinfín de cadenas montañosas, quebradas y salares. Este es el adorable lugar donde uno mira las nubes hacia abajo con los pies sobre la tierra. Incluso una laguna, dentro del salar plagada de flamencos rosados.

Rafael está muy débil, no puede seguir, tiene que bajar con serias complicaciones estomacales. Alguien del grupo deberá acompañarlo. La decisión es compleja. Alguien deberá renunciar a su propia cumbre en favor de la seguridad del compañero.

Es una decisión heroica pero dolorosa. Nadie quiere por sí mismo pavimentar su camino al cielo. Irene, Jefa de la Expedición, analiza al grupo: hay uno que está regular pero puede seguir, el resto va perfecto y no deberían bajar. Ella es lenta pero segura, bajará con Rafael, decidiendo su propia renuncia a la cumbre, decisión mucho más difícil que la de abandonar una maratón, me temo.

Quizá la ley montañera mas importante sea la de nunca dejar a nadie solo, ni para arriba ni hacia abajo. Aquí no es chiste, se juega con distancias enormes, condiciones meteorológicas cambiantes y, llegado el caso, fatales. Si alguien no está en óptimas condiciones no puede bajo ningún aspecto quedarse solo. Hay que ayudarlo.

Eso hace Irene, reservando para sí el orgullo de la cumbre más valiosa, abdicar la propia posibilidad de cumbre para bajar a un compañero. Los restantes seis, seguimos hacia arriba con cierto cosquilleo egoísta molestando un poco. Se hace lento y pesado el avance, el oxigeno falta y todo es cuestión de dar pequeños pasos hacia arriba.

Hacia la cumbre tenemos un número determinado de pasos, no es infinito el camino hacia la cumbre, me repito tratando de animarme. Si sigo en la senda, llegaré. Montañista y maratonista, no paro, no pararé, llegaré. Recuerdo, todavía dolido, el abandono en la maratón de Buenos Aires, aquí estoy caminando por el desfiladero de mi propia resistencia, no me sobra nada voy con lo justo. No debo apurar ni aflojar la marcha.

Faltan muchas horas de subida aún, pasamos ampliamente el mediodía y nos faltan más de doscientos metros de desnivel, quizá tres horas, para llegar a la cumbre. Si uno persiste en su camino - decía mi abuela- llega a ver todo en esta vida. En el límite de mi resistencia tengo náuseas, producto del agotamiento. De la nada! surge el recuerdo de la respiración abdominal que aprendí allá lejos y hace tiempo en perdidas clases de tai chi.

Mágicamente desaparece la náusea, volviendo insistente a los pocos minutos. Llegamos a la cumbre poco antes de las 4 de la tarde en medio de una ventisca gloriosa y terrible.
A pocos metros de llegar contemplamos azorados un saqueado santuario de altura de la época incaica.
¿Cómo subían los Incas a estas alturas hace 500 años?
Un paso tras otro, bien abrigados, es la obvia respuesta.
En la cumbre el corazón estalla, la emoción es mayúscula en los abrazos.

Entran de invitados a cada abrazo los amores que dejamos abajo, los que no pudieron llegar ni subir. Todos juntos están aquí. Un llanto incontenible - exagerado, diría el machito insoportable que hay en mi- me conmueve hasta el tuétano.
He logrado, finalmente, hacer una cumbre en la provincia de Salta tras cuatro viajes. Me alegro, pero inmediatamente le quito valor al dato. Estoy aquí, es la cumbre. Somos uno.

Esta tierra, bella, se me ha negado tres veces antes de ahora. He persistido con mi enamoramiento hacia estas cumbres maravillosas, deliciosas para finalmente entregárseme en medio de un viento atroz.
¡Vaya dama, esta Salta, La linda!

Debemos volver de día, apuremos. Ya no tenemos la tensión, el combustible que genera las ansias de cumbre. Estamos cansados, muy cansados y levemente deshidratados. Bajar, bajar y bajar concentrados para no caer cuesta abajo en la rodada, las ilusiones pasadas, la cumbre ya no nos ayuda, es sólo la mente la que nos cuida. Enfrentamos con la razón a uno del equipo que ante un insoportable dolor de rodillas decide "no moverse más, quedarse ahí mismo".

Con los dientes apretados, deberá seguir. Descubrimos, en una ladera a los 5700m. una serie de edificaciones, seguramente preincaicas. Denota esto la existencia de un", de intensa vida, cientos de años atrás, cuando en esta zona, además de frío habría agua seguramente.
Soy consciente, en medio de mi agotamiento, de que la montaña será nuestra una vez que hayamos vuelto sanos y salvos al valle, mientras tanto (con cumbre o no) ella nos posee.

Llegamos poco antes del ocaso al campamento.
Irene nos recibe con termos de té caliente y nos vuelve el alma al cuerpo.
Como la naranja mas rica y jugosa de mi vida.
El alma está pletórica.

Es una alegre calma, el costo ha sido tal que no hay lugar para ninguna exclamación de algarabía desmedida. Solo una mueca de felicidad, una sensación interna de plenitud, de logro alcanzado, cuando nos miramos entre nosotros. El grupo, profundamente unido se reúne junto a una apacheta para dar gracias a la Pachamama por los favores recibidos, el logro momentáneo de cumbre, la suerte que tuvimos, el apoyo de los compañeros, la fiabilidad de las rodillas, músculos y pulmones. Dedicar la ascensión a amores que inevitablemente quedaron abajo. Padre Nuestro y Ave María es orado por la mayoría.

La unión del grupo es notable.
Todo llega.
Todo llega, me repito alegre y agotado, bajando seguro hacia el valle de Santa Rosa de los Pastos Grandes de la mano de mi abuela Lolo.
Gracias a la vida.
 
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