Los Cuentos de Ernesto
Maratón "Fin del Mundo" 2005


Una vez más me encuentro en Bahía Lapataia, en el confín de la República Argentina para comenzar a desandar la tercera edición del Maratón del Fin del Mundo.

Nada tranquilizador es el panorama en la línea de largada. Mi mujer se apresta a vapulearme, hace frío y yo de musculosa.
Como es habitual, me sorprende la orden de partida en el último lugar.

La espesa capa adiposa que recubre mi interior me protege del frío, pese a eso mi epidermis toma un  tinte violáceo que más que tinte parece un tinto. 

Decido apurar el paso desde el arranque para obtener calor aún pagando el precio de un prematuro desgaste.

Pago el precio al contado y a los seiscientos metros de la salida; jadeando recupero el último lugar mientras recibo el pedido de un vasito de agua de una participante que me confunde con un tanque de Aguas Argentinas.

Desde allí todo es un calvario, mi mujer se pierde de vista con rumbo a la meta y yo me dedico a lamentar mis escasos recursos y mi escasa vestimenta.
Si algo no ha sido escasa en esta mañana, ha sido la hidratación.
Debido a que la organización abastecía con una conocida bebida deportiva a todo aquél que quisiera beber algo antes de la largada y, con el mezquino interés de amortizar en parte el costo de la inscripción, me había dedicado a ingerir algo así como mil doscientos centímetros cúbicos en los veinte minutos previos a la salida.
El excelente funcionamiento de mis riñones deja librado a la exclusiva responsabilidad de mi vejiga, el compromiso de retener el líquido dentro de mi organismo.
El temor a un nuevo encuentro con un castor me hace posponer el inevitable momento de expulsar el líquido
excedente a través de mis vías urinarias. 
Como ya he superado a algunos contrincantes de diversos sexos, debo aventurarme en la espesura rogando no tropezar con algún molesto roedor. 

Basta temer algo para que esto suceda, una conocida voz resuena a mis espaldas entablando conmigo el
siguiente diálogo:
- ¡Vaya, vaya, si parece la cascada del río Pipo! ¿Piensa que esto es un retrete?.
- Disculpe la intromisión en un hábitat en el que le recuerdo que usted también es un intruso, ya me retiro a proseguir con el maratón.
- Vaya tranquilo Don San Francisco de Asís. 
- ¿Me lo dice por mi facultad para entenderme con los animales?
- No, se lo digo porque pareciera que está corriendo calzado con sandalias.

Evito continuar con esta inútil discusión e intento retomar el recorrido.
Los primeros dieciocho kilómetros trancurren por el ripio entre suaves pendientes que con el correr de los minutos dan cuenta de mis exiguas fuerzas. La llegada del asfalto me reanima.

El día fresco, con viento calmo, es ideal para correr. 
Solo falta una cosa para que se de la posibilidad de concretar una buena marca en esta carrera. Esa cosa soy yo.

Los kilómetros y los minutos transcurren en desigual proporción, ya que a cada kilómetro le corresponden cada vez más minutos.

Algunas pendientes descendentes me permiten aprovechar mi peso específico y logro impulsarme con alguna
velocidad.

A medio camino entre el atleta y la esfera, pago un alto precio por no ser ni lo uno ni lo otro.

Incapaz de correr o de rodar me dedico a avanzar mediante una parodia de trote.

En los puestos de abastecimiento ingiero los diversos elementos que ha dispuesto la organización para saciar mis apetitos de triunfo, bananas, naranjas, barras de cereales, vasos plásticos, tablones de madera terciada y caballetes.

Pese a esa abundante provisión de energía adicional, soy desbordado por las circunstancias y por varios corredores que han dosificado mejor sus fuerzas.

Me sorprende la llegada, minutos antes de recuperar el último lugar.

Todo transcurre en cinco horas, catorce minutos e interminables cuarenta y siete segundos finales

Ernesto Toubes.

 
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    14/03/05   
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