MARATON EN EL FIN DEL MUNDO por Ernesto Toubes
Cada atleta tiene sus fortalezas y debilidades.
Saber reconocer las propias es ineludible para obtener el éxito en la actividad.
Una de mis principales virtudes es un aguzado sentido de la estrategia. No sería temerario compararme con Napoleón Bonaparte, el Gran Corso.
En el segundo maratón del fin del mundo tuve ocasión de demostrarlo una vez más.
Mañana diáfana en Ushuaia. La bahía en calma nos invitaba a una placentera navegación en los catamaranes que había dispuesto la organización para nuestro traslado al punto de partida.
Decidí permanecer en cubierta para evitar impregnarme con el penetrante olor a linimento que invadía el interior del barco.
Cuando ingresamos en el canal de Beagle padecimos los embates de un fuerte oleaje. No pude evitar el golpe de lleno de una ola que me empapó de cabo a rabo. Debí guarecerme en el interior de la nave, tiritando y mascullando bronca.
Parecía que Poseidón se mostraba hostil al atletismo o me habrá confundido con el mítico Ulises en su regreso a Itaca. Lo cierto es que fuimos vapuleados por las olas y solo la pericia del capitán nos llevó sanos y salvos hasta nuestro destino.
Una vez amarrados al muelle en Bahía Lapataia nos precipitamos en tropel hacia tierra firme.
Disponía de una hora para recomponerme y para meditar sobre la estrategia a desarrollar durante la carrera.
Mientras meditaba, veía con beneplácito como mis rivales malgastaban sus energías entrando en calor.
Se acercaba el momento de largar y me dispuse a desplegar mi brillante estrategia consistente en partir desde el último lugar para evitar desagradables sorpresas por la retaguardia.
Con profundo desagrado, noté que no era el único que había decidido partir desde atrás; un joven calvo también pretendía ser el último en arrancar.
Retrocedíamos un paso cada uno, mirándonos de reojo.
Mientras ciento cincuenta atletas se apretujaban bajo el arco de largada, nosotros nos empecinábamos en nuestro duelo y nos alejábamos cada vez más del punto de partida. A cada retroceso mío, él respondía con uno mayor.
La orden de largada nos sorprendió a unos ochenta metros de la línea de partida. El instinto traicionó a mi rival, quien se movió primero hacia adelante. Así, pude emprender la marcha un paso detrás de él.
Fue mi primera victoria del día, mi plan estaba en marcha.
El primer kilómetro fue exasperantemente lento. Dos curtidos veteranos también habían decidido salir despacio. Formábamos un compacto bloque de cuatro competidores que parecíamos simular en cámara lenta que estábamos corriendo.
Quien primero perdió la paciencia fue el conductor de la ambulancia que venía cerrando la marcha.
Aprovechó un claro en un recodo del camino y nos superó a los cuatro, dejándonos envueltos en una nube de tierra.
Con la complicidad de la nula visibilidad, apuré el ritmo y dejé detrás a mis rivales.
Cuando se disipó la nube de tierra ya les había sacado una diferencia que consideré decisiva.
El cartel del kilómetro dos me sorprendió en plena euforia por la brillante maniobra realizada.
Pero no todo funcionaba a la perfección. La hidratación previa a la carrera había resultado excesiva y sentí la imperiosa necesidad de detenerme a eliminar dicho exceso.
El pudor me sugirió internarme en un sendero que conducía a una castorera.
Me encontraba regando un indefenso arbusto, cuando de entre la espesura surgió la figura amenazante de los dientes incisivos de un castor y de sus aún más incisivos comentarios:
- "Vengan muchachos que acá encontré un palo borracho." -
Cuando me percaté de que el roedor estaba dispuesto a talarme, le manifesté mi carácter de atleta participante de un maratón.
Con sorna, me replicó que no entendía como podía estar participando de un maratón parado en medio de un bosque.
La conversación fue subiendo de tono. Yo le recordé su condición de especie introducida y lo traté de plaga.
Él me sugirió que la próxima vez me inscriba en una competencia en un vivero o en la Fiesta Nacional de la Flor en Escobar.
Este incidente me derrumbó anímicamente.
Retorné a la carrera profundamente alterado.
Cuando atravesé la marca del medio maratón, a las dos horas y doce minutos de haber comenzado la prueba, comprendí que se esfumaban mis chances de realizar una performance consagratoria.
Completé el maratón en cuatro horas, treinta y ocho minutos e interminables cincuenta y ocho segundos finales.
Cuando colgaron la medalla de mi pecho y me dirigía tambaleando a retirar mis pertenencias al vestuario, comprendí súbitamente que nunca me había parecido más
a Napoleón Bonaparte que en ese instante.
Sentí que estaba reviviendo la infausta jornada de Waterloo y me trasladaba a mi postrer encierro en la isla de Santa Elena.
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