EL DEBUT EN 100 KILOMETROS

PRESENTACIÓN


Editorial El Caracol, para su colección "Conquistadores de lo inútil", dirigida por el Ingeniero Gabriel Massera, se displace en presentar un anticipo del libro de muy improbable aparición intitulado "Ernesto Toubes, el atleta que no fue".
En este fragmento, el autor narra sus peripecias con motivo de su participación en una prueba de pedestrismo supuestamente realizada hacia fines del año 2003 en el partido de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires de la República Argentina sobre la distancia de 100 kilómetros.
La magia del autor consiste en transmitir al lector el tedio que el atleta logra infundir en quienes tienen la ocasión de verlo en acción en alguna competencia.
Toubes pretendió ser un cóndor sobrevolando las rutas argentinas en sus incursiones en el atletismo y un pejerrey en las aguas de los ríos de su patria en sus incursiones en la pruebas de natación.
El destino quiso que fuera cóndor en el agua y pacú en el asfalto. Este mote de Pacú le fue impuesto por los organizadores de las carreras que siempre se han preguntado:
- ¿Pa' cuándo pensará llegar este caradura?.
El fragmento comienza en el momento previo a la largada de la competencia:

KILÓMETRO CERO, 06:00 AM

Faltan pocos minutos para las seis de la mañana, el sol asoma en el horizonte. Celebro su salida.
En una hora inusual me dispongo a acometer una actividad inusual.
Voy a participar de los cien kilómetros de Olavarría "Uniendo Pueblos", travesía pedestre que amenaza desde su desmesura.
Un hombre pasa lista y uno a uno nos vamos ubicando tras la línea de largada. Somos trece los intrépidos, un número pleno de reverberaciones agoreras. Once somos los hombres, dos son las mujeres.
Me sorprende la largada y pierdo valiosos segundos ajustando mi cronómetro mientras los demás parten como impulsados por un resorte. Jamás lograré recuperarme de esa desventaja inicial.
Luego de un titánico esfuerzo, consigo alcanzar a dos competidores que me preceden, justo cuando estamos cumpliendo el primer kilómetro. Se trata de La Dama de Acero, Nélida Dexttler y de un joven llamado Pablo Pacheco, debutante en la ultramaratón.
Pobre de ellos, voy a destrozarlos.
Junto a nosotros percibo la presencia inquietante de un ciclista. Luego de mi aterradora experiencia en Concordia recelo de los ciclistas. Se presenta muy amablemente pero no confío en él. Estaré alerta.

KILÓMETRO CINCO, 06:31 AM

Estamos saliendo de Olavarría. El disco solar se recorta sobre el horizonte.
Juan, el ciclista, nos ofrece algo de comer y de beber. Declino su oferta, sigo receloso.
Nélida acepta. En cuanto comienza a beber el silencio todo lo invade. En ese momento me percato de que estuvo hablando ininterrumpidamente desde la largada.
Decido aplicar una táctica arriesgada y comienzo a desprenderme de mis compañeros. Los otros diez competidores ya son un punto en el horizonte.
Mi mujer, cumpliendo con lo acordado, me espera con el regalo de su sonrisa y de algo fresco para beber.
Estoy feliz, es un gran día.

KILÓMETRO QUINCE, 07:35 AM

Cruzo la ruta 51 e ingreso a Villa Fortabat, Loma Negra. Sigo distanciándome de Nélida y Pablo lo que obliga al solícito Juan a ir y venir en su bicicleta para prestarnos su asistencia a los tres. Ya no recelo de él.
El sol acaricia mis hombros. El pueblo está desierto. Gerardo Re me toma una
fotografía. Gracias a su insistencia y aliento estoy aquí esta hermosa mañana. Gracias Gerardo, pienso y no lo digo.
Avanzo gallardamente. Da gusto verme correr. Esto tampoco lo digo. No digo nada. Corro en silencio. En realidad troto en silencio.
Se suceden los kilómetros, atravieso caminos de ripio con la grata compañía del sol de la mañana.
El paisaje de las canteras, la mañana diáfana, sin una nube, el dulce gorjeo de los pájaros.
Me invade el sopor de la felicidad.

KILÓMETRO TREINTA Y CINCO, 09:57 AM

El sol va tomando confianza y ya se apoya directamente sobre mis hombros, me enternece su gesto pero comienza a incomodarme un poco. Hace rato que vengo repechando algunas cuestas y mi gallardo paso de otrora se va desdibujando.
Juan sigue yendo y viniendo con su bicicleta, demorando cada vez menos en regresar, con lo que intuyo que Nélida y Pablo vienen en mi busca. Mi mujer continúa abasteciéndome y me alienta continuamente.
Viejo zorro curtido en mil batallas, decido caminar en las subidas para evitar un prematuro desgaste.
Un ave me observa desde un poste.

KILÓMETRO CUARENTA Y DOS, 10:52 AM

Estoy atravesando el meridiano que separa al maratón del ultramaratón, estoy ingresando en el territorio de los elegidos.
Un creciente murmullo a mis espaldas me alerta sobre la proximidad de Nélida.
Nada puedo hacer para defender mi posición, en una de las innumerables subidas soy superado por Nélida y Pablo.
Quedo último, vuelvo a mi hábitat natural.
En un recodo del camino, sorprendo a ambos celebrando un "picnic". Recupero mi antiguo puesto. La noticia de un abandono me hace ganar otro lugar, pero no me alegra.
No nos alegramos cuando superamos a alguien porque tiene un contratiempo.
Sabemos los sacrificios que hay detrás de cada corredor y de la frustración que acarrea una inoportuna lesión en medio de una prueba importante.
Me sorprendo pensando en plural. Miro en torno mío y descubro que formo parte de una manada de vacas que pace despreocupadamente a la vera del camino. Ellas rumiando su pasto y yo mis cavilaciones. Nos despedimos con una mirada cargada de significados.
Sé que mi puesto es provisorio, Nélida y Pablo me alcanzarán en cuanto finalicen su frugal tentempié.
Me cuestiono acremente mi actitud de caminar en las subidas. No es una actitud digna de mis pergaminos.
Recapacito y comienzo a caminar también en las bajadas. Si le caminé a Lecot en una prueba de natación, ¡cómo no le voy a caminar a Recabarren en tierra firme!.

KILÓMETRO CUARENTA Y SIETE, 11:38 AM

Llego a colonia San Miguel y el pueblo me brinda una calurosa bienvenida.
Treinta y cinco grados de sensación térmica. Parece un pueblo fantasma, no hay un alma en la calle. En sendos mástiles, flamean las banderas de Argentina y Alemania.
Soy superado nuevamente por Nélida y Pablo. Esta vez en forma definitiva.

KILÓMETRO CINCUENTA, 12:05 PM


El sol se radica sobre mi cabeza, con tendencia a meterse dentro de ella.
Es el mediodía, es la mitad de la carrera, yo estoy partido al medio.
Falta poco, me digo. Y reconozco que me estoy cargando.
El amigo Juan sigue yendo y viniendo desde Nélida y Pablo hacia mi.
Mi mujer sigue abasteciéndome regularmente.

KILÓMETRO SETENTA, 03:07 PM

Luego de una curva, me dispongo a buscar un túnel por el que debo atravesar la ruta, cuando, en la puerta del cementerio me sorprende un hombre diciéndome "por acá, por acá" mientras señala la puerta de acceso al mismo.
El estupor me hace vacilar, pero ante su insistencia ingreso a la necrópolis. Me parece un detalle macabro pero estoy dispuesto a superar cualquier circunstancia adversa que se me presente.
Recorriendo un sendero interno me topo con otro hombre con los brazos cruzados apoyado sobre una pala de punta. Con un gesto me invita a ingresar en una fosa recién abierta.
- Por ahí, por ahí - escucho la voz del primer hombre a mis espaldas.
- ¿Qué es lo que ocurre? - le respondo azorado.
- Vamos ganando tiempo y ya lo enterramos acá, hace varios kilómetros que viene muerto.
- Es solo una expresión - intento refutar - estoy pleno de vida.
- No me haga reír - dice el de la pala de punta.
- En todo caso, sigo un rato más y vuelvo más tarde.
- Está bien - me contesta refunfuñando - en todo caso lo traemos en una carretilla luego.
- Muchas gracias.
- Faltaba más.

KILÓMETRO SETENTA Y UNO, 03:17 PM

Buscando recuperarme de la fuerte impresión recibida, llego a una estación de servicio con el propósito de refrescarme. Gracias a mi espíritu previsor, llevo conmigo diez pesos. Ingreso al local y solicito un servicio de lavado a presión.
Convenzo al empleado de que no necesariamente es un servicio que deba brindarse a un vehículo e ingreso al lavadero dónde recibo un fuerte chorro de agua vivificante.
Una vez finalizado el lavado, se me abalanza el empleado blandiendo una aspiradora.
Alcanzo a escuchar:
- El aspirado del baúl es sin cargo.

KILÓMETRO OCHENTA Y TRES, 05:15 PM

Traspongo el acceso del penal de Sierra Chica, cuando percibo mi error intento retomar el camino correcto pero un agente del Servicio Penitenciario Federal me cierra el paso.
Le explico que ingresé por error y que estoy participando de una prueba atlética. Me responde que hace ya rato que pasaron los últimos y que me dirija a mi celda sin protestar.
Insisto.
Insiste.
Colijo que una temporada de reposo no me vendrá mal antes de encarar los diecisiete kilómetros finales de competencia.
Estoy buscando ingresar a un pabellón, cuando desde un patio me llama a los gritos un interno para que participe de un partido de fútbol que se está disputando en este momento. Impulsado por mis recuerdos de películas y series televisivas sobre la vida carcelaria me dispongo a obedecer prestamente.
Es un partido entre los presos del pabellón de máxima seguridad y el desarrollo es áspero, con jugadas en donde impera una excesiva rudeza.
Dentro del cotejo tengo una opaca labor, las críticas de mis compañeros a mi escasa movilidad me ponen en una situación tensa. Por fortuna, en un despeje la pelota sale impulsada por sobre un paredón hacia la calle.
Me ofrezco a ir a buscarla y aprovecho para fugarme del penal.

KILÓMETRO NOVENTA, 06:26 PM

Pasan las horas y aumentan mis preocupaciones.
Debo encontrar un ritmo de marcha que me permita evitar un mayor desgaste. 
Comienzo a economizar movimientos gracias a técnicas de control mental.
Relajo la respiración, reduzco voluntariamente mis pulsaciones, flexiono levemente las rodillas, encuentro la placidez buscada.
Fijo la vista en un guijarro que parece llevar un ritmo similar al mío y me propongo no perderle pisada.
Tras algunos minutos me asaltan ciertas dudas. El guijarro en cuestión es un canto rodado de considerables dimensiones con forma ligeramente oblonga.
Razono que se trata de una piedra y como tal pertenece al reino mineral. Si bien no soy geólogo creo poder afirmar que las rocas son objetos inanimados y como tales no poseen movimiento propio.
Si el guijarro no se mueve y yo no consigo superarlo es probable que yo también esté inmóvil.

KILÓMETRO NOVENTA Y UNO, 06:35 PM

Paso frente al vaciadero municipal de Olavarría, mis penurias no tienen fin.
Sale a mi encuentro un funcionario municipal que intenta obligarme a ingresar al predio. Me niego terminantemente.
Me explica que los residuos sólidos son depositados allí y que no puede permitirme que ingrese en Olavarría dado que soy un residuo sólido y ése es el correcto lugar para mi emplazamiento.
Le discuto acaloradamente mi condición de residuo pero mi aspecto físico no sale en mi defensa. Entonces decido argumentar que si bien puedo ser un residuo, de ninguna manera puede afirmarse mi condición de sólido.
Este argumento irrefutable convence a mi interlocutor y consigo proseguir con rumbo a la meta.
El sol ya se ha aburrido de acompañarme y ambos nos dirigimos lentamente a nuestros respectivos ocasos.

KILÓMETRO 100 08:10 PM

Han pasado catorce horas desde la largada. Troto con dificultad, un grupo de amigos sale a recibirme para acompañarme. Este hecho me estimula y meto un cambio de ritmo para comenzar a correr a cinco minutos cada mil metros. El cronómetro me desmiente y me marca nueve minutos dieciocho segundos para los mil metros. De todas formas es muy rápido para mi estado actual.
Casi sin darme cuenta, traspongo la línea de llegada. La emoción me invita a llorar, pero ya me transpiré hasta las lágrimas.
Una medalla pende de mi pecho, los abrazos son innumerables.
Tras catorce horas y cien kilómetros me encuentro nuevamente en el punto de partida, estoy en el mismo lugar pero yo no soy el mismo.
Me reencuentro con mi mujer y me dirijo tambaleando hacia nuestro automóvil,
en busca del próximo desafío...
 

 
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