ULTRAPATAGONIA 2004 - 70 KM 

Setenta kilómetros hay en esta ultra
Setenta kilómetros y ninguna flor
¿A sus participantes, señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?
Esta sencilla cuarteta fue encontrada entre los papeles póstumos del poeta Baldomero Fernández Moreno y se presume que se trata del embrión de su consagratorio poema.
Según esta novedosa hipótesis, Baldomero desestimó el uso de la palabra ultra debido a las dificultades que le presentaba hallarle una rima consonante y se inclinó por casa, tras un breve paso por edificio.
Un efecto cascada en las decisiones del poeta terminó reemplazando los kilómetros por balcones y los
participantes por habitantes.
El poema quedó lindo y el autor quedó a salvo de un anacronismo a todas luces indefendible.

Cuarenta y nueve inscriptos en la extenuante prueba.
Setenta kilómetros para justificar mi faltazo a Santa Rosa. Vapuleado por el maratón busqué refugio en los comprensivos brazos de la ultradistancia.
Allí estaba en la largada, rodeado de amigos y con mi mujer dispuesta a brindarme su asistencia en su rol de puesto de abastecimiento móvil.
La dureza de la prueba se reveló antes de lo esperado.
Un inscripto no se presentó en la línea de largada.
Sólo quedábamos cuarenta y ocho participantes. Agorero número en la mitología quinielera.
Mi inquietud alcanzó su punto máximo al divisar a Nélida Dexttler "la Dama de Hierro".
Son conocidos nuestros duelos en la ultradistancia, promocionados desde el amarillismo periodístico cómo
"La Dama de Hierro vs. El Rostro de Piedra".

Los primeros kilómetros fueron un paseo placentero intentando salir de Puerto Madryn ante la débil oposición de una suave pero persistente pendiente.
Una vez culminada la trepada que nos sacó de Puerto Madryn, la ruta tres nos ofrecía, tendida y sensual, el ébano palpitante de las ondulaciones de su asfalto.
Los ultra, insensibles a sus insinuaciones, nos inclinamos por penetrar la sincera desnudez de la Patagonia, hollando su agreste suelo con el decidido paso de nuestras zapatillas. 
A poco andar en esta relación carnal con la madre tierra, me lamentaba amargamente por no haber aceptado el convite de la negra ruta, aunque ello hubiera significado el fin de mis días bajo las ruedas de un ómnibus de larga distancia.
Pero mis dados estaban echados y me esperaba un domingo pleno de pastizales, arbustivas, tropezones y Nélida Dexttler.
Como dos caras de una misma moneda iban desandando el camino su locuacidad y mi silencio.

El corredor de fondo desarrolla una especial sensibilidad para detectar las señales que le envía el organismo. En el kilómetro quince descubrí que algo andaba mal. Me alegré de ver a mi mujer.

Patagonia pura. El sendero desaparecía y me encontraba tropezando, esquivando pastizales y arbustos erizados de espinas, cuando en mi mente surgió la imagen de la grácil elegancia del andar del guanaco. Si la evolución lo había dotado de su mecánica de paso, ésta sería la forma más eficiente para recorrer la estepa.
Decidí imitarlo lo más fielmente posible. Tras algunos minutos el agotamiento me obligó a desistir. Volví a incorporarme sobre mis extremidades inferiores y cesé de escupir.
Los despojos mortales de dos ovejas que divisé pocos minutos después, me convencieron de mi acertada decisión de recuperar el bipedismo.
Transcurrida la mitad de la competencia, que según había calculado previamente estaría en el kilómetro treinta y cinco, aún divisaba a varios de mis contrincantes. Este hecho me permitió corroborar que conservo mi proverbial agudeza visual.
La ingesta de una bebida gaseosa fuertemente carbonatada iluminó mi mente. Iba a poner en marcha un osado plan que me elevaría literalmente al nivel del mítico Jorge Newbery. 
Si ingería la cantidad suficiente de gas y conseguía contenerlo dentro de los límites de mi cuerpo, aprovechando la flaccidez de mis carnes, podría convertirme en un precario globo aerostático. Con un viento favorable podría dar alcance a los punteros.
Exigí perentoriamente a mi mujer la provisión de más y más gaseosa. Ella me obedecía temiendo que me deshidratara, sin sospechar mi maquiavélico plan.
Mi abdomen comenzó a hincharse visiblemente. Si bien no me sentía etéreo, mi aspecto comenzaba a tomar la forma deseada. Pero sobrevino el desastre. Una fuga incontenible de lo almacenado dio por tierra con mis planes. Más que nunca, debía resignarme a mi calidad de bípedo.
Entretenido en estas cuestiones, no por ello dejé de prestar atención a mi duelo con Nélida. 
Intentamos alejarnos varias veces, pero no teníamos a dónde ir.
En el kilómetro 55, a la vista de la ciudad de Trelew, el entusiasmo nos puso a trotar en busca de la meta.
Calculo que el entusiasmo de Nélida habrá sido mayor al mío pues yo volví a caminar a los pocos metros y ella no se detuvo hasta la llegada, superando a varios rivales antes de alcanzarla.
Me resignaba a repetir mi ubicación habitual cuando, faltando quinientos metros para finalizar el recorrido, detecté a un participante con visibles signos de agotamiento.
Saqué fuerzas de mis inagotables reservas y comencé la persecución. Una vez superado mi ocasional rival, volví a guardar cuidadosamente mis fuerzas para alguna otra ocasión y me dediqué a llegar con la inercia que me otorgaban ciertos resabios de mi fallido plan aeronáutico.
Todo transcurrió en diez horas, dieciséis minutos e interminables cincuenta y siete segundos finales.

Ernesto Toubes.

 
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