ADVENTURE RACE, NORDELTA 2004

Nordelta, Domingo 25 de abril de 2004, 11:40 de la mañana.
Con la mochila en mi espalda y mi mujer a mi izquierda, comencé a desandar el camino de una nueva carrera de aventura.
Nada nuevo para quien cada carrera es una aventura.
Formato modesto, con pequeños escollos, ideal para pasar una jornada agradable en buena compañía. Con mi mujer compartimos esa idea, pero, ante la falta de un compañero acorde, corremos uno junto al otro.
Salimos tranquilos, como es costumbre en nosotros. El sendero se angostaba y debíamos detenernos de tanto en tanto.
El recorrido nos obligaba a vadear pequeños cursos de agua con profusión de cepas bacterianas. En un lodazal, aproveché para realizar una sesión fotográfica para la revista Actualidad Porcina.
Salimos a campo abierto, el recorrido discurría por amplios caminos de tierra que nos exigían mantener un ritmo sostenido. Cada tanto, había que internarse entre unos cañaverales donde el lodo se empecinaba en retenernos.
En uno de los terraplenes que debíamos sortear, el barro acumulado en mis zapatillas me impedía trepar.
No encontraba punto de apoyo y me resbalaba reiteradamente.
El solícito impulso brindado por la mano de un competidor que me perseguía y a quien estaba obstaculizando el paso me permitió superar el escollo.
Luego de agradecerle, le espeté:
- Usted es proctólogo.
- ¿Cómo adivinó?
- Me pareció.

El sol del mediodía, la placidez del paisaje, el efecto sedativo de los baños de lodo, todo contribuía a generarme una profunda paz interior.
Nada hacía presagiar los dramáticos momentos que se avecinaban.
A la salida de uno de los tantos cañaverales, se abría ante nuestra vista la imagen de un río. Busqué con la mirada un puente por donde atravesarlo cuando descubrí en las turbias aguas la figura de algunos competidores que lo cruzaban a nado.
- ¡Es el Paraná, tenemos que cruzar el Paraná nadando!
- Estallé en una crisis nerviosa.
En realidad se trataba de un canal que desembocaba en el Río Luján, un cruce de no más de treinta metros.
Mi mujer, para tranquilizarme, optó por mentirme:
- Es el Iguazú, ¿no escuchás el rugido de las cataratas?
Pensé en abandonar, pero para mi alivio pude ver unas cámaras de automóvil infladas que podían ser utilizadas como salvavidas, y de hecho lo eran por otros participantes que compartían mis habilidades natatorias.
Mi mujer prefirió cruzar a nado mientras yo me acomodaba en mi improvisada balsa decúbito ventral. 
En medio del cruce sentí un movimiento imperceptible en mi embarcación.
Giré la cabeza y descubrí que la mano de mi mujer estaba quitando la válvula de la cámara.
Nuestras miradas se encontraron.
- Perdoname - me dijo con los ojos llenos de lágrimas.
Mi situación era desesperada.
Comencé a hundirme a unos diez metros de la costa, sin un junco, una totora, ni siquiera un camalote del cual asirme.
No pude evitar el naufragio, encallé en el limo del fondo y comencé a reptar con desesperación en busca de la orilla.
Tras algunos segundos que me resultaron siglos, logré salir a la superficie.
Una de las auxiliares de la competencia profirió un grito cargado de espanto.
Me había visto emerger con los ojos desorbitados y chorreando lodo. Habrá pensado que yo era un horrible batracio mutante.
Mi mujer, imperturbable, me increpó:
- Dale, vamos, ¿dónde estabas?
Sin tiempo para lágrimas o reproches, reemprendimos la marcha. Ella adelante, firme en su andar, yo detrás, tramando mi venganza.
A poco andar llegó la hora de reaprovisionarnos. Saqué de mi mochila el gel que consume mi mujer y el pomo de
cemento de contacto que suelo aspirar en las carreras de fondo.
Con la velocidad de un rayo, mi mente vislumbró la oportunidad.
Alcancé el pegamento a mi mujer. Distraídamente, llevó a su boca una gran cantidad. 
Cuando descubrió mi triquiñuela no pudo decirme nada, sus labios estaban sellados.
Tomó mi mano con desesperación. No nos percatamos de que aún conservaba en su mano el pomo del pegamento.
Habíamos quedado indisolublemente unidos. Pugné por despegar mi mano de la suya, pero todo esfuerzo era inútil.
Ante la imposibilidad de despegar sus labios y para mantenerse hidratada, mi mujer improvisó una sonda nasogástrica con la manguera de su mochila.
Vernos era conmovedor, cuando uno trastabillaba, los dos caíamos.
Luego de tres horas, veintiocho minutos e interminables treinta y nueve segundos finales, llegamos a la meta tomados de la mano.
Han pasado dos días, aún estamos tomados de la mano.
Extraño su voz, pero entiendo el significado de cada una de sus miradas.
Ya no intentamos despegarnos, creo que tememos poder lograrlo. 

Ernesto Toubes

 
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