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MARATÓN
DE CONCORDIA
21 de Septiembre del 2003
Largamos
puntualmente, cien metros cuesta abajo y curva a la derecha. Casi en
puntas de pie para no despertar a los hermanos uruguayos de Salto, que
dormían plácidamente en la mañana del domingo.
Fiel a mi estrategia arranqué en último lugar, Sebara y Carlos se
perdieron de mi vista apenas doblaron en la esquina y nunca más supe de
ellos.
A dos presas podían aspirar mis fauces; los bisoños Jfq y Roberto.
A los doscientos metros ya estaba junto a Roberto y comencé a trabajarlo
psicológicamente con las más descabelladas indicaciones. No pude
realizar esa misma tarea con Jfq pues decidió salir a hacer su vida y se
nos alejó desde el instante mismo de la largada.
A partir del kilómetro comenzamos a aumentar el ritmo y comenzamos a
superar gente, calculo que habremos superado a cincuenta personas que
estaban alentando en las veredas.
En el segundo kilómetro pudimos superar a algunos competidores.
A través de violentísimos cambios de ritmo intenté minar la confianza
de Roberto, pero el tipo seguía al lado mío y me decía que se sentía cómodo.
Intenté asfixiarlo tapándole el aire pero tampoco parecía dar
resultado. Lo más dramático del cuadro era que Jfq nos llevaba unos
quinientos metros y no podíamos descontarle nada. En el kilómetro once
convencí a Roberto para que se quede detrás de dos paisanos que estaban
arreando una manada de caracoles y me fui a buscar a mi otra víctima.
Pasaban los kilómetros y no conseguía descontar un solo metro. Jfq iba
firme en su propósito de vencerme. Sobre la represa me llevaba
aproximadamente un kilómetro. Deseé fervorosamente percibir alguna señal
de su deterioro, pero éste no se producía.
Un acontecimiento inesperado volcó las cosas a mi favor en el kilómetro
veintiocho.
Apareció LA MUERTE EN BICICLETA.
Cuando niño había escuchado de boca de mis mayores referencias a esa
figura mitológica de la muerte en bicicleta. Mi sensibilidad infantil
marcó a fuego esa imagen en mi mente y jamás logré subirme a uno de
esos artefactos.
Sigilosamente apareció a mi lado un ciclista ¿alentándome? con frases
tales como:
“Vas muy contracturado, aflojá un poco el ritmo”
“Andá por la banquina así te duelen menos los huesos”
Convencido de que se trataba de la mismísima Parca ignoré su voz, lo que
lo hizo desistir de seguir haciéndome recomendaciones.
Vi como se alejaba en busca de los competidores que iban delante de mí.
Hasta que se puso al lado de Jfq. No sé que le dijo, pero fue suficiente.
Jfq comenzó a perder velocidad y supe que lo tenía en mi poder.
En el kilómetro 30 pude aprovechar que mi acérrimo rival estaba tomando
un Gatorade alcanzado por su esposa y le grité que lo tome despacio y que
se hidrate bien, con el único objeto de que baje un poco más el ritmo y
así poder superarlo de una buena vez.
Eliminada mi segunda presa me dispuse a disfrutar de los últimos doce kilómetros.
Estaba cumpliendo mi objetivo de nivel 6 y me sentía en condiciones de ir
a por el nivel 7.
Habiendo pasado la media en 2:03 comencé a soñar con repetir el parcial
y mejorar mi marca en el circuito. Serían mis primeros cinco puntos en
Superación Personal.
En el kilómetro 34 las cosas habían cambiado radicalmente. Algunas
cuestas me convencieron de la imposibilidad de aspirar al nivel 7 y
demasiado tarde como para poder defender el cumplimiento del nivel 6. En
el kilómetro 40 debí resignar el nivel 6 para intentar asegurar el nivel
5. Para lograr este último objetivo disponía de treinta minutos para
recorrer los últimos 2200 metros.
Increíblemente, con un trote caricaturesco, seguía pasando gente.
Faltando setecientos metros un acalambrado competidor se ofrecía ante mis
fauces como la última víctima de la jornada. Le descontaba metro a metro
cuando los calambres lo inmovilizaban y se me alejaba nuevamente cuando
podía comenzar a trotar.
Recordé que había visto en un documental de Animal Planet como un felino
derribaba a un ñu en la estepa africana y me agazapé para saltarle a ni
rival sobre el lomo.
Desgraciadamente, con la meta a la vista, dos amigos salieron en su
rescate y lo acompañaron trotando los últimos doscientos metros, poniéndolo
lejos de mis babeantes fauces.
Todo transcurrió en cuatro horas, diecisiete minutos y veintitrés
segundos.
Ernesto.
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