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Villa
La Angostura
Domingo 5 de Octubre de 2003.
A
las 9:00 horas estábamos con mi mujer y otros cuatrocientos participantes
en una playa junto al Lago Espejo en el Parque Nacional Nahuel Huapi
comenzando a disfrutar de los 42 kilómetros de aventura.
Viejo guerrero, una sonrisita sobradora se dibujaba en mis labios.
Siempre dicen que va a ser durísimo, que es la mas brava del mundo...
pamplinas.
Luego de dos kilómetros de subida constante por senderos alucinantes,
comencé a sospechar que esta carrera iba a ser dura de verdad. Con el
agravante del debut en la distancia de mi más enconada rival, mi propia
mujer.
En nuestra charla previa, habíamos decidido salir despacio y disfrutando
de las dos trepadas que nos regalaba el circuito (500 metros del cerro
Belvedere y 700 metros del cerro Bayo) y una vez finalizado el segundo
descenso (en el kilómetro 32 de la carrera), seguir cada uno por las
suyas y finalizar lo mejor posible.
Las trepadas nos resultaron mortales, los descensos fueron vertiginosos.
Mi mujer, a quién le faltan dos materias para recibirse de kamikaze, se
desbarrancaba raudamente en cuanto tenía la ocasión. Yo, a duras penas
podía contenerla.
En la trepada al Cerro Bayo tuvimos la ocasión de transitar un largo
tramo sobre nieve. Nuestras continuas caídas traían a la memoria el
legendario combate entre Firpo y Dempsey.
Cuando descendíamos el Bayo rumbo al esperado kilómetro treinta y dos,
en el cual comenzaría nuestro sórdido enfrentamiento, yo sentía que mi
suerte estaba echada. Intentaba imponer un ritmo exigente, pero no conseguía
distanciarme de mi mujer.
Mi única esperanza era que, en alguna de sus continuas caídas, no
volviera a levantarse.
Pero seguía allí, sin proferir una queja.
Llegamos a la base del cerro y un gruñido sirvió de cálida despedida.
Algunos metros resistí, pero luego comenzó a alejarse inexorablemente.
Para mi sorpresa, la diferencia que me sacaba pareció estabilizarse en
los doscientos metros, lo que me hizo abrigar alguna esperanza.
Íbamos superando competidores continuamente, hasta que mi mujer se topó
con uno que intentó seguirle el ritmo.
Por suerte para mí, se trataba de esos típicos corredores derrotistas,
quienes nos tratan de insuflar su propio desaliento.
Noté que ella adaptaba su ritmo al de ese individuo y consideré
seriamente la posibilidad de ganarle. Me fui acercando sigilosamente,
hasta quedar unos diez metros detrás.
Una larga bajada en el kilómetro 40 fue mi oportunidad. Me lancé en un
frenético cambio de ritmo y los superé sin mediar una palabra.
Me dirigía feliz hacia la victoria, cuando desde atrás sentí una patada
en mi pierna izquierda.
Era mi mujer, quien en lugar de pasarme por el costado, pretendía pasarme
literalmente por encima.
Cuando comprendió la imposibilidad de hacerlo por esa vía, se hizo a un
lado en el kilómetro 41 y pasó al frente.
Nada pude hacer ante lo inexorable.
Me ganó.
Estoy destrozado.
Todo transcurrió en 6 horas 54 minutos e interminables 9 segundos
finales.
Ernesto.
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