MARATÓN TRES CIUDADES PATAGÓNICAS
12 de Octubre del 2003

Mi cuarta presencia en la octava edición de esta carrera es indicio suficiente para comprender el enamoramiento que tengo con el Tres Ciudades Patagónicas. Llegué último en la segunda edición y no último en la quinta y la séptima.
En la segunda edición (1997) logré mi peor marca hasta ese entonces, pero fui acompañado por el aliento de los vecinos hasta la misma línea de llegada como si fuera Bikila entrando al Olímpico de Roma en 5 horas y 33 minutos.
En la quinta, año 2000, me insolé durante el recorrido sobre el humeante asfalto de la ruta provincial siete y llegué lastimosamente en 4 horas y 26 minutos.
En la séptima edición (2002), con discretas 4 horas y 16 minutos, logré mi mejor marca en esta prueba.
En todas pude sentir el afecto y el reconocimiento de la gente, como quizás no se siente en otro lugar de la Argentina.
La mayoría de los participantes son atletas locales, que cuentan con el apoyo, aliento y cargadas de los vecinos que esperan su paso en las rutas y en las calles de Gaiman, Trelew y Rawson.

Con estos antecedentes y con este marco, me dispuse a largar puntualmente la octava edición del Tres Ciudades Patagónicas.

Mi objetivo inicial era seguir a Javier. Pude seguirlo con la mirada los primeros metros, luego se me perdió definitivamente de vista, rumbo a la gloria de sus dos horas cincuenta y cinco.
Ya sin objetivos, me dispuse a disfrutar de la carrera. Luego de la experiencia en Villa La Angostura, los desniveles de Gaiman me parecían insignificantes. De todas formas encaré los ocho primeros kilómetros respetuosamente.
Había un interesante viento a favor, solo había que desplegar el velamen y poner proa hacia Trelew, lugar en el que se encontraba la marca del medio maratón. Allí surgió el primer inconveniente, ya que pude comprobar que carezco de velamen y de proa. Entonces debí limitarme a seguir trotando a paso cansino.
Muchas cosas me han pasado en el atletismo, me considero un participante con experiencia y una mente preparada para superar cualquier obstáculo, pero debo reconocer que en esta ocasión estuve a punto de quebrarme psicológicamente.
Promediando el kilómetro trece, estaba yo a unos cien metros de quienes me precedían y trataba de atisbar hacia atrás para ver si alguien venía tratando de darme alcance. Un sonido que provenía desde atrás me alertaba sobre una presencia, pero no se trataba del sonido de unos pasos.
No vi a nadie, pero el sonido continuaba acercándose cada vez más.
Ante mi asombro, un envase plástico de medio litro de agua mineral con gas Villavicencio me superó antes de llegar al kilómetro catorce. Por primera vez en mi vida era superado por un objeto inanimado. Intenté seguirle el ritmo, pero se alejaba lentamente de mi alcance. Calculo que andaría a unos cinco treinta el mil. Demasiado rápido para mi actualidad.
Noté que, poco a poco, el envase iba desplazándose involuntariamente hacia el centro de la ruta, sin percatarse de que, por mano contraria, el tránsito no estaba cortado.
Traté de advertirle, pero no me oyó o no me hizo caso. Un Renault 12, patente TKZ 815, lo atropelló de lleno. No obstante el envase, totalmente aplastado, intentó seguir avanzando unos metros más, abandonando definitivamente el maratón en el kilómetro 17.
Debo reconocer que suspiré aliviado, un rival menos es un rival menos.
Con la tranquilidad recobrada, atravesé Trelew sin novedades de interés y me dirigí a la fatídica ruta provincial siete, en donde aún debían quedar jirones de mis ilusiones desgarradas de años anteriores.
Esta vez pude mantener el ritmo, la ciudad de Rawson sería testigo de mi llegada a las 4 horas, 13 minutos y 31 segundos de haber partido desde Gaiman, quedando así establecida un nueva marca personal en esta adorable carrera.



Ernesto.
 

 
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