SOLDADOS 2004                         por Ernesto Toubes

Consciente de que para borrar un fracaso solo sirve un nuevo fracaso, me inscribí en el maratón Soldados 2004.
Maratón cortito de diez kilómetros. El liberal uso de la lengua castellana habilita esas licencias y se llama maratón a cualquier carrera de calle.
Pero ese es otro tema.
Diez kilómetros presentan dificultades muy distintas que los cuarenta y dos.
La tranquilidad que ofrece una menor distancia a recorrer incluye el compromiso tácito de correr más velozmente.
Contradiciendo mi arraigada costumbre, me ubiqué en medio del lote, dispuesto a partir a paso firme.
Gracias a la mala puntería del artillero, el cañonazo que dio la orden de largada no produjo víctimas que lamentar.
Aún no recuperado de la impresión, me encontré en medio de la estampida, huyendo quién sabe de que.
Al llegar al kilómetro cuatro comenzó mi infortunio.
Un sargento provisto de binoculares vociferaba desde un megáfono.
- ¡Seis ochenta y tres remera blanca, setecientos doce remera amarilla,, mil ochocientos cincuenta y cinco
musculosa de Fc-Max!
El terror se apoderó de mí, el mil ochocientos cincuenta y cinco era yo.
Un enjambre de camisetas grises se abalanzó sobre mí. 
En pocos instantes era conducido ante un coronel.
- Según nuestros registros, usted ha eludido el cumplimiento del servicio militar obligatorio, con lo cual le informo que a partir de este momento queda incorporado al ejército argentino.
- Perdone coronel, debe haber un error.
- ¿Cuál fue su número de sorteo?
- Novecientos cinco, pero pedí prórroga por estudios universitarios.
- Muy bien. ¿Ya se recibió?
- Sí, pero...
- Lo felicito soldado, ya no hay razones para seguir postergando el cumplimiento de su deber con la patria.
- Pero fui amnistiado por la ley 23835, artículo cuatro, inciso jota. Tengo el documento en el auto, si me permite ir a buscarlo.
A mi lado, Paul Rotich intentaba explicar su condición de keniata mientras hacía salto de rana.
- Soldado, en cuanto salga de franco, podrá ir a buscar su documento.
Me estaba poniendo los borceguíes cuando desde una ambulancia del ejército una voz me gritó:
- ¿Qué haces Toubes?, ¡Tanto tiempo!
Era el doctor que me había hecho la revisación médica.
Le hice notar mi extrañeza de que se acordara de mí luego de tantos años.
- ¿Cómo me voy a olvidar?. Vos sos el tipo al que le extirpamos la cánula. Te pusimos apto a pero después te amnistiaron por el inciso jota, único sostén de familia o abducido por seres de otros mundos.
En medio de la confusión, Rotich logró huir a tal velocidad que consiguió alzarse con el segundo puesto de la competencia.
Por mi parte, acepté las disculpas del coronel y, recuperada mi vestimenta de atleta, reinicié la marcha entre las cargadas de mis ex compañeros de armas.
Todo transcurrió en cuarenta y nueve minutos e interminables veinticuatro segundos finales.

Ernesto Toubes   

 
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    29/09/04   
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