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Maratón de la Ciudad de Buenos Aires 2004
El Maestro Jorge Luis Borges
por Ernesto Toubes
Una vez más, me encuentro en la línea de largada de un maratón.
Más precisamente a unos cien metros por detrás de la línea de largada.
El maratón de Buenos Aires es el más convocante de la República Argentina. Entre los asistentes veo entrando
en calor al mismísimo Jorge Luis Borges.
- ¿Qué marca piensa hacer, maestro? - le pregunto.
- Solo esa piedra quiero, solo pido las dos abstractas fechas y el olvido - me responde, modesto.
Somos muchos los que nos disponemos a participar. Los organizadores han dispuesto un simpático embudo a
manera de arco de largada, a través del cual rápidamente se apelmazan los corredores.
Fiel a mi estrategia, parto desde los últimos lugares para no dejarme llevar por el frenético impulso de mis
competidores.
Corredor curtido, mi plan de carrera consiste en la ausencia de todo plan.
A mi lado, Borges va nombrando a los atletas que reconoce:
- ...y sobre Santos Pérez está Rosas, la recóndita araña de Palermo.
No escatima un comentario elogioso para Javier Frega:
- Alto lo veo y cabal, con el alma comedida, capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida.
Me entrevero entre la muchedumbre procurando pasar inadvertido a mis múltiples enemigos.
Las dificultades no tardan en hacerse presente. Me resulta imposible encontrar el ritmo adecuado.
Atravieso la ciudad con el paso timorato de un debutante. En la esquina de Santa Fe y Callao creo ver
nítidamente junto a un buzón a un pianista interpretando una versión libre de "Carrozas de Fuego" en un órgano electrónico. Seguramente soy víctima de una alucinación.
Me tranquiliza la compañía de Borges, quien me dice en un susurro:
- Piensa que de algún modo ya estás muerto.
A poco andar, el presagio borgiano parece tornarse realidad. Siento como que entro en un túnel con una
luz brillante en el otro extremo. Súbitamente viene a mi mente el recuerdo de la lectura de una experiencia
vivida por el animador televisivo Víctor Sueyro. Lo comento a un corredor que va a mi lado:
- Es el túnel de avenida del Libertador - me informa con claridad periodística.
Reconozco a mi interlocutor. Es Fernando Horowitz, inveterado redactor de "El Depornauta".
Estar en un túnel flanqueado por un representante de los medios de información me intranquiliza. Temo
repetir el absurdo derrotero que tronchó la vida de Lady Diana Spencer y aminoro la marcha.
Con el transcurrir de las horas y los kilómetros, la ciudad se viste de fiesta. Desde algunos balcones baja
el aplauso de los vecinos, cientos de personas alientan desde las veredas y miles de automovilistas
hacen sonar sus bocinas en un ensordecedor frenesí.
- Frene, si, usted, frene, si, ¡eh!, frená te digo.
Un Dodge 1500 pretende reeditar el encierro de San Fermín y se abalanza sobre los maratonistas. Para
desasosiego de su conductor, logramos esquivarlo.
En otra bocacalle un colectivo asoma amenazadoramente su metálica trompa.
Mis nervios destrozados no toleran esta provocación.
Ciego de ira y aprovechando que el colectivo tiene la puerta delantera abierta, trepo a la unidad lo mas
ágilmente que mis ya entumecidas piernas lo permiten.
El colectivero salta de su asiento blandiendo la boletera en su diestra. Retrocedo unos pasos dentro del colectivo y descubro que está completamente vacío.
Esta observación no hace más que incrementar mi furia.
- ¡Estás fuera de línea!, ¿me querés decir que apuro tenés?
- No tengo ningún apuro, tenemos toda la eternidad por delante.
Su rostro me resulta vagamente familiar, noto que el colectivo es de un modelo en desuso, de una antigüedad
no menor al cuarto de siglo.
Este sería un buen momento para ser abducido, pero las cosas no suelen suceder cuando uno las desea.
El colectivero acorta lentamente la distancia que lo separa de mí. Alza la boletera con el propósito de
asestarme un furibundo y quizás definitivo golpe.
Con la agilidad de pensamiento que me caracteriza y con la calma de quién juraría que esto no puede estar
ocurriendo, desenfundo mi caramañola de la riñonera y apretándola firmemente dirijo un chorro de una
conocida bebida deportiva directamente a los ojos de mi agresor.
Aprovechando su ceguera momentánea, me abalanzo sobre él y consigo desarmarlo. Caemos pesadamente al piso del colectivo. Mientras rodamos abrazados de un lado hacia otro y en un descuido imperdonable de mi parte, mi adversario consigue sustraerme uno de los alfileres que sujetan mi número de participante del maratón e intenta clavármelo en algún
órgano vital.
Afortunadamente, a esta altura de mi trayectoria atlética es muy difícil discernir en mí algún órgano vital.
- Vengo a llevarte a un viaje sin retorno.
- ¡Claudio Levrino!
- Sí, soy Claudio Levrino. He venido a buscarte.
- Perdoname pero prefería a Rolando Rivas.
Consigo zafar de su abrazo y de su torpe acupuntura y logro descender del colectivo.
En el siguiente puesto de hidratación repongo el líquido empleado en mi singular combate.
La reposición del alfiler me insume valiosos minutos y un desvío de cientos de metros hasta dar con una
mercería abierta en un día domingo.
Resignado a otra actuación opaca, voy perdiendo velocidad y entusiasmo y soy superado por una enorme
cantidad de competidores.
Borges me alcanza, tampoco le está resultando tarea sencilla completar el recorrido:
- A esta ruinosa tarde me llevaba el laberinto múltiple de pasos que mis días tejieron desde un día de la niñez.
- En todo caso maestro, será un ruinoso mediodía. creo que vamos a completar el maratón antes de que den las
dos.
Seguimos unos metros en silencio, para amenizar el trayecto se me da por preguntar:
- ¿Cómo se siente, maestro?
- Derrotado, de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanzas ni temor, perdido.
- ¿Estaremos para bajar las cuatro horas treinta?
- Esas cosas no son. Otra es mi suerte.
- ¿En que puesto andaremos en la general?
- Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron.
- ¿Quién habrá ganado?
- Y la victoria es de los otros.
- ¿Cuánto tiempo llevaremos de carrera?
- A mi se me hace cuento que empezó Buenos Aires. La juzgo tan eterna como el agua o el aire.
Con el fin de animarme, agrega:
- El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que la ha realizado, debe imponerse un porvenir que sea
irrevocable como el pasado.
Y allá va, el más grande escritor de la lengua castellana de todos los tiempos. Y allá voy, siguiendo su estela, a paso lento, con rumbo a la meta, perdido dentro de mi propio laberinto.
El sonido del dispositivo electrónico de la alfombra de la línea de llegada me sorprende absorto en mis
cavilaciones. Siento una mano que me oprime el hombro y escucho, como en un susurro, la voz de Borges que me dice:
- Dios le permite a los hombres soñar cosas que son ciertas.
Todo transcurre en cuatro horas, cuarenta y tres minutos e interminables catorce segundos finales.
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