Pinamar - Buenos Aires - Argentina
Maratón del desierto. 
Pinamar, sábado 22 de enero, diecisiete horas.

Un maratón en el desierto, cien por ciento en arena.
La promesa es tentadora.
La arena me transporta a una playa de mi adolescencia y a la búsqueda infructuosa de la esquiva almeja en medio de los médanos.

Arena, material de efímeros castillos, sutil instrumento de medición del inasible tiempo.
Convencido de que no hay desafío que me resulte pequeño, me inscribí en el maratón.
Seríamos veintiún intrépidos, mezclados entre cuatrocientos participantes en la prueba de diez kilómetros.
La prueba de diez kilómetros es clasificatoria para el desafío a los rinocerontes, que se realiza en las afueras de Nairobi. En esta tradicional prueba del calendario atlético keniata, los participantes tienen que correr en medio de una estampida de estos simpáticos paquidermos. La clasificación consta de solo dos categorías, sobrevivientes y no sobrevivientes.
En Pinamar, la falta de rinocerontes es subsanada con la proliferación de vehículos todo terreno, camionetas cuatro por cuatro, cuatriciclos y motos de diversa cilindrada que se atraviesan continuamente al paso de los atletas.
Arranco en último lugar. No me dejo amedrentar por el vértigo que intentan imponer mis ocasionales adversarios.
La arena blanda atenúa la efectividad de mis pasos. 
Ofrece un escollo formidable, es la rival a vencer. 
Tras varios minutos de porfía consigo alcanzar al participante que me precede, es el último de los competidores de los diez kilómetros.
Se trata nada menos que de Jorge Luis Borges.
Al saludarlo me responde:
- ¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!
En Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros, ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso.
- La gloria sea con Aquél que no muere. - le respondo y lo dejo atrás.
Borges se queda pensando en sus dos reyes y sus dos laberintos.
Unos metros más adelante, otro veterano pugna por trepar un médano. Es Atahualpa Yupanqui.
- Buenas tardes don Ata.
- Pena sobre pena y pena hace que uno pegue el grito, la arena es un puñadito pero hay montañas de arena.
Veo que tampoco la está pasando bien y decido proseguir la marcha solo.
Los desniveles son continuos, mis zapatillas acumular arena incesantemente. Los dedos de mis pies retroceden ante su avance implacable.
Decido detenerme en el puesto de abastecimiento del kilómetro cinco. Con el material que extraigo de mi calzado se forma una nueva duna.
El alivio es efímero, en breves instantes la arena vuelve a invadir mis zapatillas.
Debo resignarme a su insistente compañía.
No sin esfuerzo, consigo conservar el último lugar en la prueba de cuarenta y dos kilómetros.
Cerca de la llegada de los diez kilómetros, alcanzo a otro veterano que tose espasmódicamente. Luce una camiseta blanca, atravesada por una franja horizontal color marrón.
Reconozco a Roberto Goyeneche. Mientras le palmeo la espalda me dice:
- Tengo la garganta llena de arena.
El viento en contra es furibundo.
Pronto, en el retome, será a favor.
Transpuestos los diez kilómetros, el recorrido discurre por la costa. La arena ofrece ahora una superficie firme y sopla un viento favorable.
Están dadas todas las condiciones para que pueda acelerar el paso. Pero mi espíritu conservador se impone y decido continuar con un trote lento.
En realidad no puedo hacer otra cosa. Desde el kilómetro ocho que estoy agotado, desde el kilómetro ocho del Tres Ciudades Patagónicas del año mil novecientos noventa y siete. Esa cuesta a la salida de Gaiman agotó mis fuerzas. Todavía no consigo recuperarme.
Luego de recorrer nueve kilómetros por la costa, llega el momento de ingresar a otra zona de médanos.
Cae la tarde simultáneamente con mi rendimiento.
El director de la prueba, el señor Pablo Sosa, duda en dejarme continuar.
Logro imponer mi firme decisión luego de demostrarle que poseo el equipamiento de supervivencia suficiente y sigo adelante.
Si bien la luna ilumina lo suficiente, con el objeto de ser divisado desde los puestos de control, extraigo de mi mochila el sol de noche que porto a tal efecto. 
La garrafa de diez kilos me asegura la autonomía suficiente para no tener que preocuparme por un súbito apagón.
Demoro varios minutos en asegurar la garrafa sobre mi cabeza. Una vez concluida la tarea parezco una de las siete maravillas del mundo antiguo. Parezco el faro de Alejandría.
Uno de los auxiliares se apiada de mí y me canjea el sol de noche por una práctica linterna. Si bien resigno capacidad lumínica, gano en agilidad.
El director deportivo de la prueba me informa que debido al fuerte viento imperante durante gran parte del desarrollo de la carrera, ha decidido acortar la distancia, restándole siete kilómetros.
Si bien treinta y cinco kilómetros son más que suficientes para representar una dura exigencia, lamento profundamente la novedad. 
Nunca abandoné una carrera y es la primera vez que una carrera me abandona a mí.
Ante la imposibilidad de torcer su decisión y ante la seguridad que se me brinda de que todos los participantes han sufrido la misma amputación del recorrido, retomo la marcha.
Los últimos nueve kilómetros los recorro en una absoluta soledad, bajo la espléndida luz de la luna.
Pero mi soledad es aparente, entre el rumor de las olas oigo la inconfundible voz de Don José de Espronceda:
La luna en el mar riela
Y en la lona gime el viento 
Y alza en hondo movimiento 
Olas de plata y azul
Y aquí se ve a Ernesto Toubes
Reptando alegre en la orilla
Completar esta sencilla
Carrera. ¡Oh el muy gandul!

Todo transcurre en cinco horas, cincuenta y nueve minutos e interminable segundo final.

Ernesto Toubes.             

 
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