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Desafío de los Andes 2004
En este desafío mucha gente, entre ellas mi mujer, se recibieron de ultramaratonistas de prepo. Todavía no sabemos muy bien lo que pasó.
El diseño del recorrido había quedado a cargo de Fabián Fasce, quién diseñó el bellísimo maratón de Villa La Angostura.
Lo cierto es que alguien se equivocó y la espectacular primera etapa, perfectamente marcada y a través de paisajes de ensueño se alargó un poquito.
Con mi mujer no nos habíamos tomado muy en serio la cosa, ya que ella está entrenando para largarse al medio ironman de Chajarí y yo estoy en mi período de hibernación veraniega, como preparación para mi veraneo invernal.
Inscribimos a nuestro equipo “Ragnarok” al único efecto de pasar algunos días juntos disfrutando de una actividad física moderada.
No obstante lo liviano del compromiso, tomamos la precaución de afinar los detalles de nuestra relación como equipo con nuestro terapeuta, quien nos dio valiosas indicaciones para evitar cualquier innecesario y perjudicial roce.
Las primeras fisuras en el equipo surgieron el miércoles previo a la competencia, cuando estábamos en el ascensor de nuestro edificio y nos endilgábamos mutuamente la responsabilidad de haber apagado las luces del departamento. No volvimos a dirigirnos la palabra hasta los
instantes previos a la largada.
Puntualmente, a las 11 de la mañana del viernes salimos desde las puertas del municipio de Pucón rumbo a lo desconocido. Los primeros siete kilómetros iban a ser a velocidad controlada pues íbamos por una carretera transitada y llevábamos custodia para evitar accidentes.
El conductor del auto guía, temeroso de que se le enfriara el almuerzo, partió raudamente y pronto los centenares de participantes quedamos disgregados en una larga hilera.
Con mi mujer quedamos rápidamente últimos ya que nuestras mochilas iban repletas de los más diversos elementos, algunos reglamentarios y, los más, integrantes del rubro “por las dudas”.
Cuatro litros de bebida deportiva per cápita, comida como para cruzar Los Andes de a caballo y darle de comer al caballo inclusive, linterna, cortaplumas, silbatos, botiquín de primeros, segundos y terceros auxilios, abrigos diversos, cámara de fotos, protector solar, cremas faciales diurnas y nocturnas, ruleros, piquitos, cepillo de dientes, vaso,
pañuelos y un largo etcétera que no enumero con el doble propósito de no agobiar a los lectores ni destapar intimidades que solo deben quedar dentro de la pareja y de su terapeuta.
Los primeros tres kilómetros protagonizamos una dura porfía con otras tres parejas para evitar quedar en último lugar. Un fuerte viento de frente invirtió las prioridades y todos queríamos quedar atrás, hasta que mi mujer se cansó y me gritó que metiera un cambio de
ritmo para alejarnos y evitar así el drafting de nuestros rivales.
Mientras yo bebía los vientos mi mujer se bebía el contenido de nuestras caramañolas, ya que el sol del mediodía se hacía sentir sobre nuestras cabezas. Salimos del asfalto rumbo a los últimos veinte kilómetros por caminos de ripio y senderos de montaña.
A las tres horas de trotar, andar y reptar por la bonita geografía trasandina, se nos cruzó una camioneta de la organización indicándonos que nos quedaban aproximadamente dos horas y media de recorrido y que nos detuviéramos a reponer líquidos en el siguiente arroyo que sería el ultimo que encontraríamos en nuestro camino.
Obedecimos la sugerencia y recargamos nuestra provisión de agua bajo los rayos del sol mientras otros participantes se dedicaban a chapotear despreocupadamente en las cantarinas aguas del arroyuelo.
Esta actitud responsable y diligente nos hacía avanzar puestos en la clasificación general, y la cercanía de la meta funcionaba como un eficaz acicate para no detener la marcha.
Dos horas y varios kilómetros más adelante otro solícito auxiliar nos informa que ya habíamos superado aproximadamente la mitad del recorrido y nos daba ánimos para emprender el resto de la travesía.
A los pocos metros llegamos a una casa en la que una señora ofrecía agua desde una manguera y varios baldes. Esta mujer comentaba que la distancia que nos separaba del campamento al que nos dirigíamos era de aproximadamente
cuatro horas a caballo y que ella misma nunca se había animado a ir.
Riéndonos de tamañas inexactitudes reemprendimos nuestra marcha alegre, yo continuaba al frente y mi mujer me seguía a pocos centímetros de distancia, como esperando su turno.
Tres horas después y luego de pasar por varios arroyos y varios auxiliares que nos informaban invariablemente que faltaban dos horas de marcha para llegar al campamento, divisamos a lo lejos, en un promontorio, a varios hombres de a caballo.
Al acercarnos descubrimos al mismísimo Sebastián Tagle, quien intentaba comunicarse por un radio transmisor con el diseñador del circuito, seguramente para felicitarlo por su innovador sistema de medición.
Luego nos enteraríamos que a los pocos minutos de pasar nosotros, comenzaron a parar gente allí pues difícilmente pudieran haber completado la etapa con suficiente luz para superar las exigencias que todavía nos esperaban.
En tanto, nosotros seguíamos recorriendo la extensa geografía de nuestro país hermano, mientras resonaba en mi mente aquella frase de la Cantata Santa María de Iquique: “es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar...”
Con casi nueve horas de marcha, nos tocó atravesar un bosque, luego del cual debíamos encontrar el último sendero que nos llevaría a un camino de tierra, que nos llevaría a su vez ante la ansiada meta.
Motivado por el recuerdo de los relatos de los Polenta, me sentía al menos hecho de sémola y tenía plena seguridad de que mi compañera estaba entera y dispuesta a hacerme sentir el rigor de su presencia en cuanto pisáramos un terreno que le fuera favorable, libre de malezas e irregularidades.
Cuando oscurecía salimos del sendero y aparecimos en un camino en el que un gentil guardaparque nos informó que nos restaban siete kilómetros para llegar a la base.
La base resultó ser la entrada del Parque, pero no nuestro ansiado campamento. La oscuridad reinante y mi astuta y firme decisión de ser el portador de la linterna, impidió que mi mujer pudiera imponer el ritmo en los últimos kilómetros.
Finalmente, a poco más de once horas y veinte minutos de la largada, divisamos las luces del campamento y el inconfundible arco inflable de llegada.
Luego había que armar la carpa, cenar y participar de la reunión de corredores.
Pero esa es otra historia...
Finalizada la primera etapa, decidimos comer rápidamente para luego armar la carpa y buscar el reparador e imprescindible descanso.
Rápidos cálculos mentales me permitieron conjeturar que la distancia que habíamos recorrido no podía ser de ninguna manera inferior a los cincuenta y ocho kilómetros y estaría más bien en torno de los sesenta.
Nos sentamos a comer con mi mujer, frente a frente, sin hablarnos.
El campamento parecía extraído de alguna escena de La Guerra Gaucha, gente exhausta tirada por doquier, algunos deambulando con paso trémulo, intentando asimilar lo vivido.
Pero mi mujer y yo estábamos ajenos a nuestro entorno. Nos mirábamos fijamente, intentando escrudiñar los pensamientos del otro sin emitir sonido alguno.
A mi me preocupaba su aspecto, luego de tamaña epopeya no presentaba rastro alguno de cansancio. Si ese trayecto no había logrado derrumbarla, pocas esperanzas me quedaban para los días siguientes.
En las once horas y veintitantos minutos que demoramos en completar el recorrido, de sus labios no habían salido otras quejas que las referidas a mi falta de preparación atlética o a mi falta de velocidad en el trote.
Todos estos pensamientos que se agolpaban en mi mente consiguieron quebrarme. Mi mujer ya me había derrotado en todas las distancias, inclusive en su debut en maratón. Ello me había obligado a refugiarme en la ultradistancia, en dónde me sentía a salvo de su acoso. Ahora, por imprudencia, error o impericia de los organizadores de esta competencia,
me veía derrotado en mi último baluarte.
Viviana Fernández, mi mujer, había completado sesenta kilómetros y allí estaba, sentada frente a mí, mirándome fijamente a los ojos, desafiándome.
Cuando comenzaban a brotarme las lágrimas fingí atragantarme con una corteza de pan y comencé a toser.
Un robusto colaborador de la organización comenzó a golpearme la espalda, primero con suaves palmadas y luego directamente con el puño, hasta que consiguió que expulsara de mi boca un bronquiolo.
Le di las gracias y me dirigí tambaleando a armar la carpa.
Habitualmente tengo dificultades hasta para atarme los cordones de los zapatos, así que la tarea de armar una carpa a oscuras me resultaba francamente aterradora.
Por suerte, las carpas modernas son de muy fácil armado y tras breves cuarenta y cinco minutos de brava porfía con estacas, parantes, vientos y cubre techo, estuvo listo nuestro nidito de amor para pasar el resto de la noche acurrucados esperando el amanecer.
A pesar de todos nuestros roces y contratiempos, nuestro terapeuta dice que nos amamos y, si lo dice un profesional, ha de ser cierto.
Estábamos por ingresar a la carpa cuando fuimos convocados a la reunión de corredores, ya que Tagle y su grupo de socorristas habían regresado de rescatar a las últimas parejas extraviadas por la cordillera.
El clima de la reunión no fue de lo mejor y Tagle parecía un gerente de sucursal bancaria explicándoles el corralito y la pesificación asimétrica a un grupo de ahorristas.
En definitiva, fuimos informados de que el segundo día consistiría en una etapa de baja exigencia para permitir la recuperación de los exhaustos participantes. Serían aproximadamente
diecisiete kilómetros tras lo que retornaríamos al mismo campamento.
Esta noticia, cuya consecuencia era que no tendría que armar la carpa por segunda vez, me llenó de alegría.
Finalmente, nos dirigimos a nuestra morada, y dormimos plácidamente hasta el día siguiente...
La largada de la segunda etapa se demoró hasta las dos de la tarde.
Sabiendo que mi mujer prefiere arrancar con un ritmo tranquilo para luego ir incrementando el paso con el correr de los minutos, resolví salir corriendo a más no poder.
Esto la obligaba a acelerar el paso, incomodándola visiblemente. Desgraciadamente, el desnivel del terreno y mi escasa reserva física conspiraron para que tuviera que variar de estrategia y reducir la velocidad ya que me estaba quedando rápidamente
sin oxígeno.
Todo esto sucedía en los primeros doscientos metros, luego de los cuales fuimos controlándonos mutuamente, como aquellos boxeadores que, después de un round muy duro se toman un respiro y no se atacan durante el round siguiente.
Cumplimos la etapa casi desganadamente, sabiendo que era una escaramuza previa a la gran batalla que se vislumbraba para el día siguiente.
La higiene personal se realizaba en las caudalosas aguas de un arroyo que discurría en las cercanías del campamento.
Los participantes, haciendo gala de un admirable estoicismo, se remojaban en sus heladas aguas para cumplir con el ritual del aseo.
Luego de mi experiencia en San Antonio de Areco, evito cualquier curso de agua que supere la altura de mis rodillas sin tener puesto un chaleco salvavidas.
Argumentando la falta de tan vital elemento de seguridad me negué terminantemente a bañarme.
Mi mujer, quizás para humillarme, se zambulló decididamente en las gélidas aguas, mientras yo permanecía a prudente distancia de la orilla.
Cenamos frugalmente y nos retiramos temprano a descansar.
Esa noche no pude pegar un ojo, la tensión tornaba el ambiente irrespirable en la carpa. La tensión o mi negativa a bañarme esa tarde en las heladas aguas del arroyo...
Como ha escrito brillantemente Joaquín Sabina: "y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido"
Allí estábamos, mi mujer y yo. El tercer día había amanecido. Habíamos sido transportados en distintos autobuses para realizar la última parte del recorrido original, luego del parche del segundo día.
El frío se hacía sentir y nosotros estábamos excesivamente abrigados.
La etapa se largó a las nueve de la mañana y rápidamente nos encontramos embotellados en un sendero serpenteante en medio de una vegetación profusa y con una fuerte pendiente hacia arriba.
La fila se movía lentamente y más que una carrera de aventura parecía la cola para abonar el convenio multilateral en el Banco de la Ciudad de Buenos Aires.
El paralelismo me produjo un repentino aumento de la temperatura y decidí quitarme el buzo.
Quizás toqué una colmena, quizás mi hedor le resultó atractivo o indignante, el asunto fue que una avispa decidió mostrar su descontento con mi presencia clavándome su aguijón en mi brazo izquierdo. Con la parsimonia y sangre fría que me caracteriza comencé a gritar a voz en cuello: ¡me picó!, ¡me picó!, mientras intentaba en vano vengarme
del himenóptero repartiendo manotazos sin ton ni son.
Mi mujer también gritó luego de recibir un aguijonazo en su mano y el desbande hubiera sido generalizado si hubiera habido posibilidad de desbandarse para algún lado.
Una competidora fue picada en un lugar del que no puedo criticar su elección por parte del insecto, y otros participantes se quejaban para no ser menos al grito de ¡corran! ¡corran! como si estuviéramos allí para otra cosa.
Tras breves instantes pareció que el ataque había finalizado y tanto las avispas como nosotros volvimos a nuestras respectivas ocupaciones.
Tras un largo rato conseguimos salir al camino que nos llevaría a territorio argentino y pudimos comenzar a trotar suavemente.
Estábamos merodeando los últimos lugares, pero lo único que nos importaba era dosificar las energías para comenzar a desplegarlas en el momento justo y lograr la capitulación del otro pidiendo que se baje el ritmo.
El paso por la Aduana Argentina fue rápido y ágil, demasiado para mi gusto, ya que había jugado todas mis fichas a un prolongado descanso durante la tramitación.
Mi mujer vislumbró mi debilidad y comenzó a acelerar y a acicatearme con la remanida frase "vamos que falta poco".
Un guardaparque nos prometió que faltaban dos kilómetros y medio de una continua bajada y, sin creerle del todo, tomé el comando del equipo seguido muy de cerca por mi indómita compañera.
Habríamos recorrido unos mil metros a un paso bastante firme, cuando nos tocó atravesar un arroyo.
Mojarme las zapatillas en el agua helada pareció ejercer en mi un efecto anestésico y no pude recuperar la velocidad que traía.
Consciente de mi derrota, tuve que ceder la primacía a mi mujer, quién seguía arengándome con la promesa de una pronta llegada.
Agoté mis últimas fuerzas frente al arco de llegada, justo en el momento en el que uno de los auxiliares nos informaba que debíamos rodear una bandera ubicada a unos trescientos metros de distancia sobre la blanda arena que lame el Lago Tromen, mi pequeña huella no vuelve más...
Tuve que recorrer esos interminables metros finales de la mano de mi mujer.
Vencido y maltrecho comprendí con espanto que debíamos caminar tres kilómetros en subida para recuperar nuestras pertenencias.
Creo que en la próxima carrera, en lugar de recurrir al asesoramiento de nuestro terapeuta, recurriremos al de nuestros abogados.
Ernesto Toubes.
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