Los cuentos de Ernesto - 2005
XIV CRUCE DE LOS ANDES - ETAPA DOS
- ¡Qué noche llena de hastío y de frío!
La voz del Polaco Goyeneche me advierte desde el auto.
Comparto su apreciación y decido ponerme una remera de mangas cortas debajo de la musculosa.
- El viento trae un extraño lamento.
Deben ser los punteros de la etapa anterior que se vienen acercando, faltan pocos minutos para el comienzo de mi etapa.
- Parece un pozo de sombras la noche.
Aún la luna no se ha elevado por sobre las montañas.
Las luces de los vehículos que pasan alargan las sombras de quienes nos amontonamos en las angostas banquinas de la ruta 41 de Chile, la que une a la localidad de La Serena con el
paso de Agua Negra, en el límite con la provincia argentina de San Juan, escenario de esta decimocuarta edición de la posta del
Cruce de los Andes.
- Y yo en las sombras camino muy lento...
No suelo entrar en calor. Reservo todas mis energías para la carrera. Camino lentamente, chequeando que todo esté en orden en la delicada maquinaria que compone mi organismo de
atleta. Maquinaria pesada, pero maquinaria al fin.
- Mientras tanto la garúa se acentúa con sus púas en mi corazón.
- No Polaco, no está garuando; son las lágrimas de la emoción.
Llegan los punteros de la primera etapa en un final reñido, digno del Hipódromo Argentino de Palermo, y nos habilitan para iniciar la marcha.
Apenas algunos segundos y diez metros después, se desprende de su frágil soporte el destellador del que me ha provisto la organización. Debo portar su luz roja permanentemente
encendida a mis espaldas para evitar ser arrollado inadvertidamente por algún vehículo desprevenido y solo ser arrollado por quien intencionadamente así lo creyera conveniente.
Manos anónimas me insertan firmemente el destellador en el punto medio de mi retaguardia.
Nos reconocemos al unísono, es el proctólogo de la carrera de Nordelta del año pasado.
- ¡Qué hace por acá doctor!
- Estaba de vacaciones y me acerqué para ver si alguien necesitaba una mano, o aunque sea un dedo.
- ¿Quedó firme la luz?
- Quédese tranquilo que le quedó como empotrada, parece una luciérnaga comunista. Y vaya de una vez que los demás ya se pierden de vista.
Reemprendo la marcha, ya la ventaja es indescontable.
De todas formas, se trata de una carrera por suma de tiempos y yo siempre he sido muy hábil en esto de sumar tiempo. Cada segundo cuenta y decido establecer un vigoroso ritmo.
La ruta discurre entre viñedos, aquí, allá y acullá se divisan luces de casas aisladas o pequeños caseríos.
Los perros me critican con sus lejanos ladridos. Poco es lo que se ve. Las rumorosas aguas se deslizan por las acequias y parecen susurrarme algo.
Más que un susurro es una voz, más que una, son varias las voces que me gritan algo indescifrable. Llegan hasta mi, fragmentos de palabras. Creo distinguir algunos fonemas, pero su
significado me resulta enigmático y desconocido.
Argén, tinocu, leao. Estas son las tres palabras finales de una larga frase arengatoria dirigida hacia mi por un grupo de muchachos que se encuentran en las profundidades de un
refugio o parada de buses, estudiando para rendir un test de alcoholemia.
Leao creo que era el arquero del equipo del Brasil que terminó tercero en el mundial de fútbol de la Argentina, pero a los otros jugadores, si es que son jugadores, no los ubico.
Lamento no poder detenerme para resolver el enigma preguntándole a los jóvenes sobre el significado de sus palabras, ya David Lebón ha dicho que el tiempo es veloz y los minutos
pasan sin que yo logre avances sustanciales.
Ya la luna me ilumina el camino e ilumina un espejo de agua y me siento como ese toro enamorado de la luna, que abandona por la noche la manada, es pintado de amapola y aceituna y le
puso Campanero el caporal.
Alegre y bufando embisto la noche.
La alegría es efímera, un generoso haz de luz se acerca hacia mi. Detrás de la luz hay una motocicleta y sobre la motocicleta hay un carabinero. Con su servicial compañía, en
pocos minutos la soledad parece un lejano recuerdo.
La luna sigue allí y yo sigo aquí. El ronroneo de los dos cilindros de la motocicleta se acurruca entre los intersticios de mi oído medio. Para sumarse a la fiesta de luces y
sonidos, se hace presente también una ambulancia.
La salvación se me presenta en la forma de un túnel.
No es extraño que cuando uno está pensando en escaparse se asocie la idea de un túnel al pensamiento y yo hace rato que estoy pensando en huir del asedio de mi escolta motorizada.
Infructuosos cambios de ritmo han sido hasta ahora inútiles.
Sin las herramientas adecuadas, excavar un túnel es una tarea compleja. Afortunadamente encuentro un túnel ya excavado por alguna cuadrilla de vialidad y aún más afortunadamente el
camino de la carrera debe discurrir por su interior.
Luego de una breve y amena conversación consigo convencer a mis escoltas para que se adelanten hasta el otro extremo del viaducto, distante a unos seiscientos metros, para que allí
me esperen hasta que yo emerja luego de haber saciado diversas necesidades físicas, psíquicas y fisiológicas.
Quedo solo dentro del túnel, la satisfacción de algunas necesidades primarias distrae mi atención. La oscuridad es absoluta. Comienzo a dudar de mi proverbial sentido de la
orientación. Me desplazo vacilante, prácticamente a tientas, es decir a mi paso habitual de maratón.
Sin embargo persiste en mi el temor de encontrarme repentinamente frente a un objeto, inanimado o no. Si bien el tacto es útil no es el sentido ideal para estas ocasiones. Deseo
desarrollar la agudeza visual del búho. Yo he salido de varios atolladeros de mi vida deportiva gracias a esta particularidad de transmutarme en diversas especies del reino animal,
vegetal y aún mineral. Pero no puedo engañarme, el desarrollo de una visión nocturna me llevaría, si Darwin estuviera en lo correcto, varias generaciones de selección evolutiva.
Esto, sin constituirse en mi peor marca en maratón, retrasaría de todas formas considerablemente mi llegada a la meta. Una solución de corto plazo consiste en imitar el
comportamiento del murciélago. Utilizando mis manos para prolongar mi pabellón auditivo, comienzo a proferir alaridos con el tono más agudo del que son capaces mis cuerdas vocales.
Intento capturar el eco que producen estos alaridos y luego de trabajosos cálculos trato de determinar mi ubicación dentro del túnel.
Mis gritos destemplados atraen la atención de la tripulación de la ambulancia. Raudamente bajan la camilla de la unidad y entran al túnel a la carrera detrás de la motocicleta que
se ofrece a oficiarles de guía. Pero no alcanzan a realizar muchos pasos cuando me les aparezco corriendo mientras ululo continuamente con las manos extendidas detrás de mis
orejas. Presas del terror los tres hombres se quedan petrificados. Pareciera que sufren el ataque del espectro de Riquelme gritándole un gol a Macri.
Recuperando el dominio de ellos mismos, se abalanzan sobre mi y consiguen sujetarme a la camilla mientras intentan aplicarme un calmante. Trato de explicarles mi particular imitación
del murciélago y los motivos de la misma. El médico vacila en su diagnóstico, no atina a identificar cual o cuales de los desequilibrios mentales usuales son aplicables a mi
persona. La derivación a un neuropsiquiátrico parece ser la mejor opción.
Tras largas negociaciones, ante mi juramento de que todo seguiría bien y ante una orden recibida desde su radio transmisor y receptor, el carabinero se aviene a devolverme a la
soledad. Desde la ambulancia me seguirán a pocos kilómetros de distancia y provistos de un rifle con dardos tranquilizantes.
Las horas pasan, volando, a baja altura pero lejos de mi alcance. Devoro los kilómetros, pero parece que los mastico bien, pues tardo en tragarlos.
Los puestos de abastecimiento me alcanzan gentilmente las porquerías que decidí ingerir durante la carrera.
Entre las bebidas por mi solicitadas se encuentra una denominada "néctar de piña". Su empalagoso sabor me provee de glucosa en abundancia en una ergonómica cajita de cartón.
Estoy llegando al kilómetro treinta y una nueva preocupación surge entre mis exhaustos pensamientos. Debido al tiempo transcurrido desde la largada comienzo a temer por la fecha de
vencimiento de los alimentos perecederos que se distribuyen entre mis vituallas.
Logro llegar a la meta antes del vencimiento de los mismos y antes del amanecer, ya que no antes de algún otro competidor.
Todo transcurre en cinco horas, veintitrés minutos e interminables trece segundos finales.
Ernesto Toubes
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