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Desventuras de un camalote.
Mi mujer es una eximia nadadora, como tal, se dispuso a anotarse en el reencuentro de los delfines, emblemática prueba de natación organizada por Alejandro Lecot, mítico nadador de aguas abiertas.
La jornada presentaba una prueba principal sobre tres mil metros y una complementaria sobre mil metros, ambas a desarrollarse en el río Areco, junto al pueblo de San Antonio de Areco, Provincia de Buenos Aires.
Uno no valora lo que tiene en casa, así que fue inevitable para mi razonar lo siguiente:
- Si ella puede, ¿por qué no voy a poder yo?
Sin embargo, un cierto instinto de supervivencia me invitó a sugerirle:
- Anotame en la de mil.
La empresa parecía muy sencilla, mil metros, río abajo:
- Si un camalote puede, yo también podré hacerlo.
Varios antecedentes jugaban a mi favor:
1.- Cierta memoria genética de cuando nuestros ancestros eran organismos unicelulares e integraban la sopa primordial que generó la vida en un medio acuático.
2.- Varias eras geológicas más acá, algunos rudimentos de natación adquiridos en la escuela secundaria y algunas piletas de clubes en las que me he aventurado hasta regiones en las cuales no hacía pie.
3.- Una característica que notaron unánimemente quienes me han visto practicar deportes y que he escuchado reiteradamente: “Éste es de madera”. Todos conocemos la flotabilidad de la madera. Siendo de madera tenía el tema resuelto.
4.- Como experimentado atleta de fondo, la idea de permanecer cuarenta minutos en actividad me parecía francamente a mi alcance.
Bastaron estas razones para convencerme de lo accesible de la empresa.
No sin entusiasmo me dejé pintar el número en el brazo y me dispuse a disfrutar de los tres mil metros que recorría mi mujer acompañando desde la orilla y aprendiendo visualmente los detalles técnicos de la natación que me serían de suma utilidad en cuanto se invirtieran los roles y debiera pasar de mi condición de observador a la de observado.
La hora llegó como todo lo inexorable.
Short de tela de algodón con estampado cuadrillé, panza blanca, gorro de natación y antiparras prestadas por mi mujer, parecía una mezcla de Tino y Gargamuza.
Para reducir mi contacto con el agua a lo mínimo indispensable me arrojé a segundos de dar la orden de partida. En la prueba había muchos chicos de categorías infantiles y me vino a la memoria un oculto recuerdo de la colonia de vacaciones en el Parque Chacabuco, en donde un gordito se resbaló subiendo la escalerita y me arrastró hasta el fondo de la pileta. En esa ocasión
sentí que terminaban mis días a la tierna edad de cinco añitos.
¡Ésa era la oculta razón de mi aversión al agua!
¡Venir a recordarlo ahora!
Procuré no entrar en pánico, busqué disimuladamente la margen izquierda del río esperando encontrar un lugar donde hiciera contacto con el lecho. Mis antiparras estaban empañadas y no podía darme el lujo de dejar de chapotear para quitármelas pues temía hundirme inexorablemente.
Afortunadamente encontré rápidamente un banco de lodo en donde pude encallar y detenerme a reflexionar unos instantes. El gorro y las antiparras me molestaban mucho y decidí eliminar lastre deshaciéndome de ellos. Quitándome el gorro pude pensar más libremente e hice un segundo descubrimiento inoportuno. Yo no era de madera, ya que a todas luces mi flotabilidad era nula. Gratificado en parte, pues las maliciosas aseveraciones sobre mis condiciones para el deporte resultaban falsas, decidí intentar alcanzar la margen derecha del río en dónde mi mujer, mi hijo y mis amigos no cesaban de alentarme.
Calculando los meandros que presentaba el cauce, tracé una diagonal que me permitiera alcanzar la margen derecha y de paso avanzar unos metros en dirección a la llegada.
En cuanto pude volver a hacer pie les arrojé el gorro y mis antiparras a mis fieles seguidores y decidí no arrojar más lastre ya que solo me quedaban los pantaloncitos.
Estudié desapasionadamente mi situación, podía fingir que estaba nadando cerca de la orilla mientras me impulsaba con mis pies precariamente aferrados al lodo del fondo y, en el colmo de la osadía, largarme a dar algunas brazadas en lugares en que la geometría aconsejaba abandonar la costa durante no mas de veinte o treinta interminables metros.
Delante de mí una madre acompañaba a su pequeño hijo motivándolo con pequeñas metas, “seguimos hasta ahí y salimos”, “ahora vamos hasta allá”, y así lo iba acercando a la llegada distraídamente.
Detrás de mí, un kayak rojo acompañaba al gran campeón de la competencia. Podía por lo tanto pasar desapercibido y desarrollar mi miserable táctica anfibia. Me convencía pensando que el estilo libre era lo suficientemente amplio para permitirme emplear la técnica que me proponía.
Cada tanto pasaba una embarcación de los bomberos, lo que me obligaba a disimular que estaba nadando de continuo, gracias a los valiosos consejos que iba recibiendo de mi mujer y amigos sobre aspectos técnicos de la brazada y patada.
Pensé en morderme una pierna para simular el ataque de un tiburón, soslayando el hecho de la imposibilidad de que alguien pudiera creer semejante disparate. El intento de contorsionar la pierna en el agua para poner la pantorrilla al alcance de mis mandíbulas provocó un principio de calambre que me hizo desistir. A todo esto solo faltaban sesenta metros y un bullicioso gentío observaba expectante mi desigual lucha con el medio líquido.
Detrás de mí, venía acortándome considerable distancia el gran campeón de la competencia, lo que me impulsó a nadar lo que faltaba. Desde la lancha de bomberos no me quitaban los ojos de encima y tuve que abandonar la seguridad de la orilla para encarar los metros finales. Desde la lancha se sorprendían de que supiera nadar y me lamenté de no haberme mordido pues empecé a sospechar que hubieran creído mi historia del escualo.
Arribé a la meta tras treinta y nueve minutos y cuarenta y cinco segundos y pude ponerme de pie para disfrutar la llegada del gran campeón de la competencia, que se la nadó todita por el medio del río: un atleta paraolímpico que se llevó la merecidísima ovación de la tarde.
A lo lejos, casi como burlándose, me pareció divisar la inconfundible aleta dorsal de un tiburón recortándose contra el poniente.
Ernesto Toubes
Como no disponia de fotos con semejantes imágenes coloque algunas que el relato me produjo la sensación de ser las adecuadas
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