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NOTA: Los raramuris son una raza de corredores de nacimiento, son de la región de Guachochi, Sierra Tarahumara en Chihuahua y en honor a esta población aún hoy se hace el Ultramaratón de los Cañones de 100 km. "Solo para salvajes" dice la leyenda de la carrera
por la dureza de su recorrido.
Conozcamos un poco más de su naturaleza en este bellisimo relato.
¡Repabé, rarámuri!
Sonó el disparo en la línea de salida, y cual presas seguidas por el cazador, salieron los corredores. El público se quedó boquiabierto pues no esperaba un arranque tal, porque era el ¡ultramaratón!
De cualquier manera los posibles ganadores intentaron ponerse a la cabeza del contingente y llevar un adecuado ritmo acorde a su capacidad, pues sabían que deberían de administrarse en el transcurso de los noventa kilómetros que comprendía la competencia.
Eran las seis de la mañana en punto, hora en que inician las festividades de La Asunción de la Virgen, celebración anual cada quince de agosto en la bella isla, los contendientes partieron del kilómetro ciento diecinueve junto a la playa, recorrerían ese tramo de la carretera costera de la capital campechana hasta ciudad del Carmen.
En los primeros quince kilómetros de la justa, el grupo se alargó como procesión simbólica a Olimpia, para recibir al final coronas de laurel. En primer lugar iba el norteamericano Custer, hombre de gran estatura con piernas de una definición muscular impresionante; lo seguía un poco a su izquierda el etiope Mobo, delgado y con músculos tan
definidos que semejaban las fibras utilizadas en su país para tejer cestas; junto a él un cubano de apellido Cortez, con características corporales de los habitantes de algún pueblo africano, por la herencia sanguínea de los esclavos negros de la época colonial. Tras ellos Juan Tepóraca, representante típico de la etnia a la que pertenecía, de
buena estatura, piernas gruesas y fuertes como los troncos de los rojos encinos cuya madera sirve para fabricar las bolas usadas en la milenaria carrera tarahumara, era el competidor de más edad entre los participantes.
Con sus cincuenta y ocho años, un corredor místico, ya que parte de la cultura tarahumara es el correr; correr por la sensación misma que brinda el placer de gozar la libertad cuando el indígena la ejerce, al percibir con todos sus sentidos las montañas de La Sierra Madre Occideíital, su territorio.
Hacia años que había perdida a su mujer y una hija en la hambruna más dura sufrida por su pueblo, aunque podría decirse que la falta de alimentos ha sido permanente desde que la etnia fue sometida, de tal forma que el temor al hambre fue su motivación principal para participar en la contienda atlética, pensaba que con el premio de doscientos mil
pesos, ya no sufrirían ni él ni su towi.
Entre zancada y zancada recordó cómo su pequeño hijo se entristeció cuando sus compañeros de escuela le comunicaron que su padre había fallado en las pruebas de selección de corredores para competir en una olimpiada, lo que ignoraba el niño es que a su padre le habían cambiado la alimentación y lo habían sometido a entrenamientos deportivos
tan avanzados como inadecuados para un raramuri. Ahora quería ganar y que su towi se sintiera orgulloso de él.
Siguió la lucha, recorrieron treinta kilómetros y el calor intenso comenzó a sentirse, no había brisa para desgracia de los deportistas y la transpiración copiosa cubría sus cuerpos. Los competidores no obstante que los abastecían de líquidos energéticos en los puestos requerían de ayuda constante. para permanecer hidratados. A Tepóraca lo
proveía su amigo Pablo, a quien le decían el Chichimoco por su baja estatura y sus movimientos nerviosos similares a los de la ardillita endémica de la sierra de Chihuahua.
Cuando los punteros llegaron al kilómetro treinta y ocho algunos competidores empezaron a sentir dolores en los muslos, rodillas y tobillos debido a la acumulación del ácido láctico, los cuatro que iban a la cabeza se habían despegado de los demás y a los cuarenta y siete kilómetros de recorrido en la mente de Tepóraca cruzó un vívido
recuerdo con su padre, cuando éste le dijo que era descendiente de Tepóraca, aquel guerrero tarahumara que en el siglo XVII luchara contra los invasores y que le pusieron como segundo nombre el del líder, porque el padrecito del pueblo dijo que debía tener primero uno cristiano.
Faltaban treinta y seis kilómetros para llegar a la meta, cuando cruzaron el puente De la Unidad para llegar a la isla. La fatiga de los hombres de ébano, le permitió a Tepóraca avanzar y ponerse en segundo lugar después de los ochenta kilómetros recorridos y de ahí en adelante sólo los fuertes de espíritu y corazón a la vez que bien
entrenados podrían seguir. Los terribles dolores se le clavaban en el cuerpo como mil espinas de nopal atormentándoles hasta el infinito.
El calor y la humedad asfixiantes lo habían dañado de manera profunda, no acostumbrado a ese clima y por la gran temeridad de combatir al tú por tú con la juventud de sus adversarios. En los últimos cinco kilómetros con un ritmo menos duro pero sostenido, se mantenía en la punta Custer. Muy cerca, Tepóraca y a escasos once metros el cubano y el
etiope emparejaban al mismo ritmo como si el parentesco de sus lazos genéticos se hubieran fortalecido con esa carrera brutal.
De súbito Custer en un intento por separarse, hizo un esfuerzo más allá del umbral del dolor y trató de adelantarse, pues sabía que no había ganado aún. Tepóraca lo siguió con furia desesperada, Custer tropezó precipitándose al suelo, sus piernas no respondieron debido al grave desgaste sufrido en su organismo, Tepóraca no pudo detenerse y
cayó sobre él, de inmediato se incorporaron terminando con sus últimas energías. Tepóraca desorientado, indeciso perdió la noción de todo en ese instante. El Chichimoco, quien lo acompañaba corriendo por fuera del camino los últimos metros, percibió que su amigo podía perder la carrera y gritó con toda su alma: ¡Repabé, raramuri! ¡Repabé!
La frase surtió un efecto nunca imaginado en la mente de Tepóraca y en un último impulso corrió, su corazón latió al máximo, sintió que sus sienes estallarían, le dolieron horriblemente las piernas y jadeó buscando con ansia el aire vital, el cual no alcanzó a llenar sus pulmones.
De repente sintió una euforia indescriptible que lo hizo olvidar dolores y angustias, corrió, corrió, sintió que no tocaba la tierra, que sus pies volaban y cruzó la meta...
El cadáver fue trasladado a su lugar de origen, los gastos fueron cubiertos por las autoridades carmelitas en un acto de justicia tardía. Fue llevado en jet hasta la ciudad de Chihuahua y de ahí en avioneta. hasta San Francisco de Borja, siempre acompañado por el fiel Chichimoco. En la pista lo esperaron su towi,
autoridades municipales, niños y jóvenes estudiantes con sus maestros y parte del pueblo.
Cuatro rarámuri se apresuraron a echarse el féretro a los hombros, como honra a los restos del héroe-atleta, lo llevaron turnándose con otros indígenas hasta la capilla abierta y natural de Namurachi, se ofreció una misa de réquiem para después darle sepultura en Carichi.
El Chichimoco y sus hermanos de sangre sabían que su empobrecido pueblo a causa de la explotación por los Chabochis, es sin embargo él más rico espiritualmente ya que tienen dos opciones al morir, la que trajeron los españoles: el paraíso celestial de los católicos donde permanecerán los virtuosos en paz; y la otra, la de sus antepasados: fruto
del poema cosmagónico tarahumara, que va más allá de la imaginación de cualquier pueblo sobre el planeta y que transmitida a través de las generaciones narra que el rarámuri al morir se convierte en estrella.
Y así seguirá en armonía con el universo eternamente, donde parte de las moléculas de su ser, transformadas en energía, viajarán a través del espacio a una velocidad que jamás alcanzará corredor alguno, para hacer crecer las plantas que darán el nuevo pan a su pueblo.
Por OSCAR RUBEN LEAL DOMINGUEZ de México
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