23 de noviembre de 2002         

40va. Edición de la JFK 50 Miler
La visión de una argentina
                               Mercedes Acuña

Hay carreras y carreras. Y aunque lo dicho suene a perogrullada, los corredores sabemos que eso es así.
En algunos casos, buscamos un puesto determinado y el no conseguirlo implica una frustración que no nos deja disfrutar el logro de haberla terminado, de habernos desafiado, de haberlo intentado. En otros, la satisfacción de saber que dimos todo supera ampliamente la posición lograda; tal vez no estemos entre los primeros, no recibamos la atención de los ganadores, entramos “en el montón” pero nos sentimos únicos, felices, privilegiados.

El año 2002 fue un año difícil para mí desde muchos aspectos, pero a pesar de ello decidí mantener los dos objetivos deportivos más importantes que me había programado a principio de año: correr una maratón en el país y una ultramaratón internacional. Justamente por las dificultades mencionadas, las dos se acumularon casi a fin de año, con una diferencia de un mes y medio una de la otra. La Maratón de las Tres Ciudades Patagónicas a mediados de octubre y la ultramaratón JFK 50 Miles (80km) el 23 de noviembre. Esto, de por sí, planteaba un problema a mi entrenador ya que yo no quería usar la maratón “como entrenamiento” para la ultra, si no correrla en serio, lo que significaba una buena recuperación posterior.

Para cualquier ultramaratón resulta esencial hacer fondos largos, larguísimos, el kilometraje depende de la longitud de la carrera. Pero ésta tenía el ingrediente de tener una parte de montaña para la que era necesario prepararse aunque sea mínimamente. Mi plan de entrenamiento, entonces, incluyó un fin de semana muy intenso (más de 70 kms) entrenando en Córdoba (zona Capilla del Monte: cerro Uritorco) y otro en Tandil con un fondo de cuatro horas y media sin parar por ruta y caminos de tierra con ondulaciones.

Llegó finalmente el día de viajar, y llegar a ese pueblito perdido en el estado de Maryland, Boonsboro, no fue un tema menor. La zona es muy rural, esas casas con galerías de madera adelante, la bandera de los EEUU flameando en casi todas de ellas, muy pocos habitantes. Me pregunté si mi elección no había sido un poco “extravagante”, ¿cómo había terminado en este lugar medio perdido en el mapa? ¡Y el frío que hacía! Obviamente lo esperaba, noviembre es casi invierno en el hemisferio norte, pero una cosa es esperarlo y otra … sufrirlo.
Llegué allí un día antes, esa tarde me dirigí al hotel en donde los organizadores, del Cumberland Valley Athletic Club, habían establecido su “cuartel general” para retirar mi número de la carrera. Pensaba preguntar en la recepción a dónde ir, pero resultó más fácil de lo que pensaba: simplemente tuve que seguir a la decena de hombres/mujeres enfundados en buzos y camperas que proclamaban que sus dueños habían corrido las “100 Millas de no sé qué”, “las 24 hs de no sé dónde” o ediciones anteriores de la JFK. Resultaba evidente, además, por las exclamaciones y saludos que la mayoría se conocía de alguna otra carrera. Superado mi primer impulso de salir corriendo de ahí, decidí no dejarme impresionar por la supuesta experiencia del resto de los corredores, y si bien me sentía muy “extranjera” ... bueno, eso sólo me dio una razón más para tratar de hacer la mejor carrera posible. De todas maneras en ese momento también decidí no ir a la pasta party, no tenía muchas ganas de encontrarme sumergida en esa masa de gente sonriente y tan, tan confiada. Pasé por un supermercado y esa noche descongelé en el microondas de mi habitación una bandeja de “macarrones con queso” y me fui a dormir con la sensación de que, con esa cena, acababa de arruinar mis chances de terminar la carrera del día siguiente.

La largada fue puntualmente a las 7 de la mañana, aun no había amanecido, nos habían juntado en el gimnasio de una escuela y por altavoces nos explicaron una serie de cosas que no me tomé el trabajo ni de intentar entender. Mucha gente, todos hablaban, se sacaban fotos. Se los veía tranquilos, tan confiados como el día anterior. Mucha gente local, casi 1000 personas pero muy  poquitos extranjeros. Cuando salimos de ahí y empezamos a caminar los 700 mts que nos separaban de la largada en la calle principal del pueblo no podía creer el frío que hacía. ¡Por suerte había decidido a último momento correr con calzas largas! Empecé a trotar tratando de entrar en calor, los demás me miraban extrañados, obviamente nadie pensaba correr un metro más de lo “obligatorio”. En ningún momento durante la carrera sentí algo parecido siquiera a “calorcito”. El sol, cuando aparecía, no calentaba. El viento (claramente en contra en los 42 km de la sección del canal) era frío y soplaba con fuerza.

Las 50 millas de la JFK se dividen “naturalmente” en tres partes: una primera sección de montaña por los Apalaches (15 millas), una maratón a través de un camino de tierra bastante llano que corre al lado de un canal, y las últimas 8 millas (aproximadamente 12 kms) de ruta de asfalto con constantes ondulaciones.
En mi cabeza, yo la dividí solo en dos: la parte de montaña, en la que simplemente iba a tratar de correr lo mejor posible, intentando no caerme demasiado, no aflojar mucho. Era una parte que no me preocupaba demasiado, casi una “entrada en calor” de lo que iba a ser la carrera de verdad, la segunda parte: la parte llana .
¡Cuán equivocada estaba! Fueron 3hs 14´ (45 minutos más de lo planeado) de lucha personal (y desigual, tengo que decir) contra los Apalaches que me abatieron (literalmente) en dos ocasiones. Me desesperancé al terminar esa etapa, con las piernas cansadas y varios golpes en el cuerpo, y mirar el reloj. ¡No podía ser! Necesité toda la calma y la experiencia acumulada en este tipo de carreras para no lanzarme a la segunda etapa sin tomar ni agua en el puesto que estaba al comienzo del canal.

Pocos minutos después empecé lo que supuestamente era una maratón “llana” por un especie de camino de ripio que corría junto a un canal (en donde, créase o no, también me caí ... ¡esas raíces traicioneras!). Increíblemente mis piernas se iban recuperando con el pasar de las horas. Empecé a disfrutar la carrera, a observar un poco a los que corrían alrededor mío, a tomar nota del paisaje, de la gente que alentaba,. Mi idea era no parar, no caminar, encontrar un ritmo  que pudiera “aguantar” por todo lo que quedaba de recorrido.
Alrededor mío mucha gente caminaba, otros pasaban muy rápido sólo para parar unos metros más adelante (¿estrategias?) empecé a pasar personas que habían salido a las 5 de la mañana (había una largada anticipada para aquéllos que pensaban que no podían terminar la carrera en el plazo límite: 12 horas). Se los distinguía claramente porque llevaban el número en la espalda.  Verlos me producía dos tipos de sensaciones: por un lado, algo como “compasión”, llevaban dos horas más que yo de carrera y seguramente algunos no podrían llegar a tiempo para obtener su medalla; por otro lado, una inmensa admiración, ahí estaban, habían salido en plena noche y probablemente llegaran de noche.  No les importaba cuánto tiempo les tomara;  su desafío era simplemente terminar el recorrido.

Las mesas de agua merecen un párrafo aparte, la oferta de comida aumentaba a medida que pasaban las millas. Pasando la mitad de la carrera, iban apareciendo carteles en la ruta que  “anunciaban” la próxima llegada a la mesa de agua y anticipaban algún “plato” especial. ¡Increíble! En una de las mesas ofrecían sopa, café, sandwiches. Yo me limité a las barras, gel, y algún puñado de pretzels como para agregar algo salado. Sí o sí tenía que parar a comer y tomar agua porque no llevaba casi nada conmigo, el tema para mí era pasar por ahí lo más rápido posible.
A medida que las horas pasaban mi confianza aumentaba. No aparecía ningún dolor puntual ni el agotamiento físico tan temido por los ultramaratonistas. Eso me ponía fuerte mentalmente. Dediqué parte de estas últimas seis horas  a traducir millas a kilómetros y kilómetros a tiempo (horas y minutos).  Y los corredores estarán de acuerdo conmigo con que no se puede correr y hacer cuentas complicadas al mismo tiempo.  Recuerdo que el hecho de que sí pudiera hacer todas esas conversiones fue algo que me sorprendió. Si hay algo que tengo que reconocerme a mi misma es que, si bien no soy una corredora veloz, o tal vez no tengo la mejor estructura física para el atletismo u otro deporte, sí tengo una gran condición a mi favor: una mente y una actitud increíblemente positiva en las competencias. Nunca, jamás se me cruzan pensamientos tales como “¿qué estoy haciendo acá?”, “¿cómo se me ocurrió someterme a semejante tortura?”, etc. Por el contrario, a medida que me voy metiendo en la carrera, mi cabeza toma control de la situación y va superando una a una las pequeñas molestias físicas que casi obligatoriamente van apareciendo con el correr de las horas.
Volviendo a la carrera, creo que la palabra “Argentina” que llevaba en mi remera desconcertaba a muchos, que se me quedaban mirando perplejos, como si no estuvieran seguros si se refería realmente al país. Otros no dudaban y gritaban “Argentina, Argentina”.  Allá, por la milla 37, escuché gritar claramente: “Viva Boca!!!”: un argentino que corría a buscar a su hijo para contarle que estaba pasando una “paisana”. Me di vuelta, lo saludé con la mano en alto y me emocioné muchísimo.

Más o menos a las 8 hs de carrera dejamos el canal. En el último puesto de abastecimiento nos hicieron poner un chaleco reflectivo (entrábamos a la ruta, que no estaba cortada) y nos pusieron una calcomanía para marcar, supongo, que habíamos pasado por ahí.
Mis pies pisaron el asfalto y fue como si borráramos las ocho horas pasadas. Luego de la primera cuesta (muy empinada), empezó una hora y media de disfrute total. La ruta era ondulada, parecida en parte a la zona de Tandil. Mi ritmo iba “in crecendo”. Más que nunca me propuse no parar, no caminar ninguna subida, darle hasta el final aunque ya sabía que mi tiempo no iba a ser el que, de alguna manera, me había puesto como meta posible.
En esos últimos 12 km pasé muchísima gente (muchísimas mujeres, que eran lo único que en ese momento “registraba”) y me gané los aplausos de los que estaban alentando al costado del camino.

Las últimas millas estaban marcadas una a una, faltando dos decidí gastar todo lo que me quedaba (¡créase o no, sí quedaba algo!). La llegada fue emocionante, por el altavoz escuché mi número ... mi nombre ... mi país ... Argentina ... estaba ahí!!! Había terminado mi tercera ultramaratón.  ¡Qué increíble!

Me colgaron una medalla enorme al cuello. Pesada. La misma medalla que causó un tremendo revuelo al pasar por las máquinas de rayos X del aeropuerto de Dulles en Washington. Yo no podía entender por qué me llevaban aparte (a mí y a mi mochila), la abrían con sumo cuidado, me hacían preguntas, de pronto la persona que estaba registrando saca la medalla y exclama “¡esto es! … ¿qué &%$# es esto?” Cuando les expliqué que era una medalla que me habían dado por finalizar una carrera de 50 millas no lo podían creer … me preguntaron si había muchos locos más que corrían esa cantidad de millas y cuando finalmente me dejaron ir se quedaron sacudiendo la cabeza como diciendo “hay gente para todo”.

Las estadísticas dicen que llegué quinta en mi categoría, puesto 21 de casi 200 mujeres y que, después de salir de la montaña me pasaron sólo tres personas y yo pasé a 180 (21 de las cuales abandonaron). Más allá de los números, aunque no haya estado entre las primeras diez, aunque no haya hecho el tiempo que pensaba (en toda mi inocencia) que podía hacer, esas 9 hs 22´ que tardé en completar el circuito quedan grabadas en mi memoria como un momento muy feliz en mi vida. Y me refiero a cada minuto  de la carrera... no solamente a la llegada.


Aclaración: Esta carrera es la ultramaratón más tradicional de los EE.UU. (ésta fue su 40° edición) creada por el entonces Presidente, John F. Kennedy como incentivo para que sus compatriotas mejoraran su cada vez peor, según las estadísticas del momento, estado físico.

Agradecimiento : a Alberto Cabaleiro, AC Training,  mi entrenador desde hace 4 años.

 

 

 
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