Sangre, sudor y arena
Alex Foresti y Claudio Destéfano son un empresario y un periodista porteños que no se andan con vueltas al proponerse un desafío: la Marathon Des Sables lo demuestra, sin concesiones. Los dos argentinos se entrenaron, organizaron, y viajaron al corazón del Sahara marroquí, donde corrieron los 230 kilómetros de desierto impiadoso, necesarios para completar la competencia pedestre más exigente del mundo. Una semana de dura lucha contra el calor, el frío, el viento, la fatiga, las ampollas, el dolor y el deseo de abandonar. Este es su relato.

El Sahara. El mítico, proverbial y enigmático Sahara. El desierto más grande del mundo. La inmensa e inhóspita mancha que le da otro color al continente negro. Diez millones de kilómetros cuadrados de dunas, pedreros, algún que otro oasis y más dunas. Entre 40º C y 45º C de temperatura durante el día; no más de tres o cuatro por las noches. Vientos constantes y terribles, que llegan a los 80 kilómetros por hora y ponen en suspensión casi permanente la fina arena que lo cubre todo, un molesto polvillo que golpea con fuerza la cara y de a ratos no deja ver a más que 10 o 15 metros. Tormentas de arena que duran días enteros, y hasta alguna que otra sorpresiva tormenta de lluvia. Esto es el Sahara.
"¿Correr un maratón que lo atraviese? ¡Qué disparate!", pensará la mayoría.
Pero en 1985, un francés llamado Patrick Bauver pensó lo contrario. Enseguida, puso manos a la obra, y en abril pasado, las 615 personas que participaron de la 17º edición de la Maratón des Sables (Maratón de las Arenas) le dieron la razón. Entre ellas hubo dos argentinos: Claudio Destéfano y Alex Foresti, que recorrieron los 230 kilómetros del desierto marroquí, sufrieron sus inclemencias, disfrutaron sus silencios y volvieron felices para contar su experiencia.

Un regalo especial.

"La idea de ir a la carrera - ­relata Destéfano, periodista especializado en economía­ - surgió de Alberto Beuinza, el primer argentino que la corrió, quien escucha mi programa de radio, y me llamó para
decirme que sería importante que el Operativo 42K tomara la representación de la carrera" (N. de la R.: el Operativo 42K es una empresa que brinda asesoramiento integral a los interesados en participar en carreras de resistencia).
"Cuando empecé a ver cómo era, me tenté, sobre todo, por la insistencia de Raúl Amil, mi entrenador, que me dijo: ' Vos llegás'. Al mismo tiempo, pensé que no podía representar algo sin conocerlo, y recordé una frase de Einstein que siempre me gustó mucho: ' Si lo podés imaginar, lo podés lograr'. Así me animé. Raúl iría conmigo".
Corría el mes de octubre del año pasado, y entonces comenzaron los preparativos: planificar una fuerte rutina de entrenamiento, alistar el organismo para llegar aclimatado al desierto y, lo más engorroso, conseguir sponsors. "La carrera sale bastante saladita: 2900 euros. Cuando decidí
participar no era tanto, y por eso resolví pagar yo la inscripción y buscar auspiciantes que nos brindaran todo el equipamiento necesario. Para eso armé una estrategia para captar a los mejores en cada rubro, a los que tenían que estar en una competencia de estas características; si no lo lograba,
prefería no llevar sponsors. Hicimos una presentación y el proyecto tuvo muy buena recepción en las empresas, porque notaron que se estaba cuidando el tema de la especialización, que es lo que a ellos les servía".
Pero llegó fin de año, Rodríguez Saa, Duhalde y la devaluación. Y todo se multiplicó por tres. Para peor, Amil tuvo que renunciar por problemas personales. "Ya tenía los auspiciantes, había anunciado públicamente mi participación y, sobre todo, tenía una tremenda ilusión. Entonces, a pesar de todas las contras, opté por ir igual. El 19 de noviembre cumplo 40 años, y correr en el Sahara sería mi regalo, el regalo más preciado que me hubiera podido imaginar. Además, sentía que este era el año, que ahora estaba preparado mental y físicamente para hacer el maratón del Sahara".
Destéfano está lejos de ser un atleta profesional. Es más: nunca en su vida había pisado un gimnasio. Tan sólo es un hombre común que descubrió el placer de correr, y ya completó cuatro maratones convencionales de 42 kilómetros. Pero para esta prueba, el entrenamiento habitual no era
suficiente: "Cuanto tomé la decisión de participar, me quedaban cinco meses para alcanzar un estado óptimo. Un lapso que de por sí era bastante escaso, y aún más para mí, por mis ocupaciones personales. Entonces, al diagramar la rutina, incluimos el trote diario desde la radio (en Honduras y Bonpland) hasta el diario BAE (en San Martín al 600), por la vereda del sol y con una
mochila cargada con un peso similar al que llevaría en la carrera. Era pleno verano en Buenos Aires, así que no es difícil imaginarse la pinta con la que llegaba a la redacción..." .
Viajes a Colonia y a Mar del Plata para correr en la playa rompieron la monotonía porteña, pero tampoco alcanzaban. Entonces, sobre dos patas y sin jockey, un extraño corredor comenzó a transitar por la arena de Palermo. "Federico de Achával, presidente del hipódromo, me permitió correr en la pista, lo que fue de gran ayuda para mejorar mi rendimiento. Al mismo tiempo, tuve que empezar a tomar nueve litros de agua por día, para llegar acostumbrado a lo que en el Sahara es una cuestión de vida o muerte".
Finalmente, cuando apenas quedaba un mes para el comienzo de la competencia y Destéfano ya se había resignado a ser el único argentino sobre el desierto de Marruecos, el experimentado corredor Alex Foresti, veterano de decenas de triatlones y raides en su haber, se sumó a la delegación nacional, que tomó el simbólico nombre de Argentina Wake Up.

Sangre y arena.

Una semana corriendo en el Sahara. Ese era el desafío. Seis etapas en siete días. No porque haya un día de descanso en el medio, sino porque la cuarta etapa abarca la inquietante suma de 71 kilómetros (incluyendo 22 de dunas ininterrumpidas), y hay un máximo de 36 horas para
completarla. Las otras jornadas son de 26, 36, 31, 42 y 21 kilómetros, para formar un total de 227. Más de cinco maratones olímpicos en una semana, en el desierto más grande del mundo. Dos datos que la convierten, al parecer de muchos, en la carrera pedestre más dura realizada hasta el momento. Sin embargo, entre los participantes hubo una gran cantidad de hombres y mujeres
que superaba holgadamente los 60 años. ¿Cómo fue esto posible? "La razón está en que muchos van a correr contra ellos mismos, van a hacer su carrera, a su ritmo y sin importarles qué tan rápido vaya el de al lado", explica Destéfano, y enseguida agrega: "Mi estrategia preliminar era correr,
pero durante los preparativos finales, el día antes de la largada, me puse a hablar con Fidel, un catalán de 62 años que me dijo que su intención era hacerla caminando, ' andando' como le dicen ellos, porque le había dado buen resultado en las últimas dos ediciones que había corrido. Entonces, evalué mis riesgos de correr y caminar y, finalmente, ante la posibilidad concreta de correr y no llegar, tomé la determinación de hacerla caminando. Después de todo, era mi regalo de 40 años, y los regalos hay que abrirlos. Además, si no iba a estar entre los 10 de punta, daba exactamente lo mismo ser 121, 312 o 534".
En la mañana del siete de abril, sonó la campana de largada. A partir de allí, no había otra posibilidad que soportar la impiadosa dureza del Sahara, sin más ayuda que la que cabía en la propia mochila, como detalla Foresti: "Allí, se acaba la sensación de tour, y te sentís como cuando dejás la casa
de tus padres..., digamos que te hacen madurar de golpe. Cada corredor debe llevar su bolsa de dormir, su ropa y su comida; al comenzar cada día, los organizadores proveen el agua, y, en total, la mochila no puede superar los 15 kilos. Con eso tenés que arreglarte los siete días". Pese a esta impresión de abandono, la seguridad es uno de los puntos más cuidados del Maratón des Sables: dos helicópteros y 40 vehículos 4x4 están monitoreando permanentemente todo, hay puestos de control (PC) equipados para dar primeros auxilios cada 10 o 15 kilómetros, un hospital de campaña espera al final del día, diferentes señales marcan la senda cada 500 metros y, finalmente, un poderoso láser indica la llegada a los que deciden marchar de noche en la agotadora cuarta etapa.
Los primeros 26 kilómetros sirvieron para aclimatarse, para entrar en ritmo. Y también para sufrir en carne viva las primeras ampollas: "Por más bien calzado que estés ­afirma Foresti­, son inevitables, seguramente, por la diferencia de suelos que se transitan. Los pedreros te provocaban las ampollas, y después la arena te las iba lijando".
Esa noche, los argentinos se conocieron con sus seis compañeros de carpa: dos colombianos, un brasileño y tres catalanes, tan catalanes que el que los llamara españoles ponía en riesgo su vida... Ocho historias únicas, con orígenes diversos y lejanos, que se juntaron cinco noches bajo el precario
techo de una carpa hecha con bolsas de café de Costa de Marfil. "De todos nos llevamos algo, cada uno de nuestros nuevos amigos tenía algo particular, cosas divertidas que contar, mucho para compartir, especialmente Fidel, que se había llevado unos buenos pedazos de jamón crudo y era la envidia de todos", recuerda Destéfano. En la tienda, cada uno comía lo suyo, se acomodaba en un rincón y trataba de sobrellevar, de la mejor manera, la amplitud térmica, tanta que apenas caía el sol había que dejar la musculosa y echarse todo el abrigo encima.
Al terminar la tercera etapa, con un considerable cansancio acumulado, los pies de Alex eran poco menos que un queso gruyere, lo que lo obligó a cambiar su plan de marcha: de a ratos corría, de a ratos caminaba, y aprovechaba los PC para curar sus heridas, en las que solían colarse varios
infaltables granitos de arena. Claudio, en tanto, respetó su caminata, aunque no sin esfuerzo: "Yo iba preparado para correr y no para caminar, por lo que tenía que contener los impulsos de correr y pasar a alguien. Entonces, trabajé mucho mentalmente, y en una pregunta encontré un dique de contención que resolvió ese problema. Cada vez que alguien me pasaba, especialmente una mujer, o un hombre más viejo, o más gordo que yo, en lugar de decir: ' Este no me puede ganar ', decía: ' ¿Y qué? '. La utilicé cientos de veces, y me ayudó mucho a mantenerme tranquilo. También me acordaba de algo
que me había dicho Raúl Amil: ' Hacé tu carrera '. Lo cumplí al pie de la letra".
La víspera de la cuarta etapa, en medio del lógico nerviosismo y con un fortísimo viento que no había amainado en todo el día, las quejas por las molestias ocasionadas por la arena estaban a la orden del día en la carpa iberoamericana. "Que tengo arena hasta en la oreja, que mi comida está llena
de arena, que el cierre de la bolsa de dormir se traba por la arena...". "¿Y qué esperaban, tíos? ¡Esto es el Sahara!", dijo con autoridad el catalán Jordi Farriol. Y entonces sí, finalmente, todos comprendieron dónde estaban.
"Muchos pensábamos que el Sahara se iba a adaptar a nosotros ­reflexiona Destéfano­, cuando, en realidad, nosotros nos teníamos que adaptar a él. Habíamos venido a invadir al desierto, entonces, nos teníamos que bancar lo que viniera".

Ciento ochenta metros, sin residencia fija. Nada más contradictorio que el desierto. Parece eterno, inmutable y monótono. Siempre ahí, siempre igual.Sin embargo, no pasa un solo día sin que cambie. Las dunas, gigantescas y traicioneras, se mueven constantemente, no tienen rumbo ni patria. En esta región del Sahara, las más altas alcanzan los 180 metros de altura, como un edificio de 60 pisos. Y de esto tuvo mucho la asfixiante cuarta etapa, especialmente vigilada por los helicópteros para evitar que los corredores se perdieran y se desviaran hacia la frontera con Argelia, donde existen
territorios minados. "Pasé los primeros 40 kilómetros bastante bien ­relata Foresti­, aunque cuando paré a comer, el dolor y el cansancio no se ponían de acuerdo para ver quién molestaba más. Había allí varios competidores, y en las caras de todos se notaba el respeto por lo que venía: 22 kilómetros
entre las dunas más famosas del planeta. Cuando retomé la marcha, luego de cargar el camel-bag y las caramañolas con electrolitos y sales, me uní a un grupo de franceses que caminaba a mi ritmo y con idea de no parar. Pero a medida que empezaba a oscurecer, el viento aumentaba y, en un momento, casi no se veía nada. Mucho nos costó encontrar el PC, tanta arena volaba que
tuvimos que utilizar por primera vez la brújula. Cuando el viento amainó un poco, pudimos ver el majestuoso panorama que teníamos enfrente: las dunas se sucedían una tras otra, y cada tanto aparecían esas monstruosas que metían escalofrío. Pero refrescó muchísimo, y finalmente todos decidimos hacer noche allí. A la mañana siguiente, al abrir los ojos, para gran sorpresa mía
descubrí que al lado roncaba plácidamente mi compatriota Claudio".
Pero la sorpresa fue mayor aún algunas horas más tarde, cuando un chubasco cruzó el desierto y fue el responsable de que los competidores terminaran empapados la etapa más larga del maratón. A esa altura, ya habían pasado muchas horas en silencio absoluto, larguísimas horas sin más compañía que el viento, el sol, la arena..., y la propia alma; en realidad, lo que muchos
iban a buscar: "Yo fui a escribir mentalmente un libro de los casi 40 años de mi vida, un repaso que nunca hubiera hecho en Buenos Aires. Ahí, no tenía otra cosa que hacer más que pensar y pensar, emocionarme y llorar a cada rato. Creo que si me hubiera deshidratado, habría sido por las lágrimas que desparramé en el desierto al recordar a mis viejos, a mis hermanos, a los amigos, a mis hijos, a mi mujer... Fue lo más fuerte que viví en la vida. Estaba yo solo, con un espejo de arena, sol y viento que me permitía verme completo, sin excusas y con todo el tiempo del mundo para desnudarme interiormente", rememora con emoción Destéfano.
La etapa de la maratón exacta (42 kilómetros) llegó después, y al día siguiente, la última, corta y supuestamente relajada, de apenas 21, fue corrida por todos con una mezcla de imbatible cansancio e inocultables ganas de llegar.
El local Lahcen Ahansal fue el ganador de la clasificación general, seguido de cerca por su hermano Mohamed, mientras que Simone Kayser, de Luxemburgo, fue la vencedora entre las mujeres; segunda quedó la colombiana María Isabel Trujillo, compañera de tienda de los argentinos. Foresti terminó 467º; Destéfano, 553º. "Esta carrera requiere de orientación, resistencia física y psicológica, velocidad y administración estratégica de fuerzas, pero lo más importante es la autosuficiencia. Se trata de una experiencia fantástica, inolvidable y recomendable para todos los que tengan un mínimo
entrenamiento, nervios de acero y mucho amor por este deporte", concluye Alex.
Claudio, por su parte, afirma que ya nada será igual para él después del Sahara: "En esos días en el desierto, aprendí a luchar contra dos grandes defectos que tengo: la falta de paciencia y la poca capacidad de escucha. Si me hubiera apurado más de la cuenta, y si no hubiera escuchado los consejos de Fidel, seguramente no habría terminado la carrera. Creo que el Sahara me puso en otro escalón interior".

_______________________Por Juan Martín Roldán, Claudio Destéfano y Alex Foresti.


Nota extraida de la "Revista Aventura" y "www.operativo42.com.ar"
Agradecemos la autorizacion de Claudio D´stefano y felicitamos a los corredores por animarse y demostrar una vez mas que querer es poder.
                                                                                                                 Gerardo Re

 

 
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