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La primer carrera
Hacia
ya tres meses que dedicaba mi tiempo libre para salir a correr. Había
comprado ropa adecuada, zapatillas de las denominadas running y un par de
remeras musculosas.
Con una estatura de 1 metro sesenta y cuatro centímetros, un peso
aproximado a los 72 kilos, me sentía bien y feliz con mis logros.
Por ese entonces realizaba rutinas de más de 15 kilómetros diarios, no
recuerdo a que promedio hacia el kilómetro, aún no tenia nociones de
velocidad. Equivocado, creía que el valor de la cuestión estaba en la
distancia.
Me proponía llegar hasta un lugar y allí me dirigía, con un trote
parejo, intentando no sobrepasar mi limite de resistencia. Así llegaba,
en algunas tardes primaverales, a distancias de 20 o más kilómetros, lo
que más que cansado, me dejaba las piernas duras y doloridas. Esto lo veía
como algo normal y solo me preocupaba mantener la constancia y aumentar
las distancias.
Una
tarde mientras trabajaba, escuché como el locutor de la emisora local de
F.M. anunciaba un Gran Maratón en la localidad de Huerta Grande (Córdoba),
donde yo vivía. Por la noche, durante la cena, anuncié ante el
entusiasmo de mis cuatro hijos, la decisión de participar de la carrera.
Además, en forma ignorante e imprudente, acoté mis grandes posibilidades
de éxito, puesto que la prueba era de solo 9 kilómetros y yo corría
hasta 25.
Conocía el recorrido y eso era una ventaja...
- ¡Quizás
la ganes vos! Dijo José, mi hijo mayor, que entonces tenia 8 años.
-
Quizás... vaya a saber... ¿ganar?... No creo, pero ¡Ojo! que estoy muy
bien entrenado.
Los niños habrán pensado en prepararse para recibir un campeón en la
familia.
La semana anterior a la carrera, estaba lleno de ansiedades, intentaba no
descuidar detalle, recorría el circuito y observaba sus subidas y
bajadas, típicas en las sierras de Córdoba. Trataba de correr lo más rápido
posible, imaginaba un gran debut ante mi familia y los vecinos, no veía
la hora que llegue el sábado a las 15 horas. Las dudas, los nervios y una
sensación diferente invadían mis pensamientos.
La largada era
el Club Unión Huerta Grande. El circuito trazado en calles de tierra y
pavimento, medía 3000 metros y debía ser recorrido tres veces, así se
cumplimentaban los 9000 metros anunciados.
El
primero en llegar a la cita fui yo. En la esquina del club estaba el flaco
Sánchez, organizador del evento, a pocos metros de él, un muchacho se
empeñaba en conectar cables a un improvisado equipo de sonido. Sobre una
mesa, dentro de una gran caja de cartón, estaban los trofeos. En un
segundo me vi sosteniendo uno de ellos ante la mirada de mis hijos y el
orgullo de mi esposa.
De a
poco fueron llegando los integrantes de la comisión del club que ayudaban
a inscribir y atendían un kiosco en el cual ya comenzaban a colocar una
larga tira de chorizos en la parrilla.
Yo
miraba atentamente a cada uno de los que se inscribían, calculaba su
edad, sacaba cuentas e imaginaba la capacidad de cada corredor que se
anotaba en mi categoría.
Como de
costumbre, la largada se demoró todo lo posible.
A
esta altura ya había precalentado de todas las maneras que sabía y además,
copiaba de los otros sus ejercicios de estiramiento, miraba su
indumentaria de atletismo, muy diferente a mi improvisado equipo de
competición. El miedo al papelón era mi sensación más fuerte cuando
nos llamaron para la largada.
Desde
allí, miré por última vez a mi familia. Seriamos aproximadamente 40, y
todos se daban la mano deseándose suerte.
Mezcla
de cagazo, orgullo y alegría, al escuchar la señal de largada, salí
disparado, intentando quedar codo a codo con los tres esbeltos atletas que
desde el inicio formaron la punta.
El
corazón quería salir por mi boca, a sólo 500 metros de la largada sentí
que no podía mantener el ritmo alocado que traía. Acto seguido,
comenzaron a superarme los corredores del segundo pelotón, luego los que
venían detrás y así llegué a pasar por los 1000 metros compartiendo el
último puesto con un señor que tendría más de cincuenta años que, al
llegar a la primera bajada, hizo un sorprendente cambio de ritmo y se
perdió de vista luego de una serie de curvas.
Manteniendo
bochornosamente mi último puesto, me acercaba a dar el primer giro de
tres mil metros. Seguido muy de cerca por la ambulancia que hacia más patética
aún mi estampa de hombre al borde del colapso, producido por falta de
oxigeno, saturación de ácido láctico y desborde de vergüenza.
Una
larga cuesta finalizaba en la esquina de la largada, cada pierna me pesaba
como una vaca y aún restaban dos vueltas más.
Al
cruzar por la meta, donde estaba el público, agaché la vista, me escondí
tras la visera de la gorra... quería pasar desapercibido. Escuché muy
claro los gritos de aliento de mis hijos y vecinos, también algunos
aplausos e imaginé los rostros burlones y comentarios
chistosos sobre mi frustrada actuación. Sin embargo faltaba, sino lo más
importante, lo peor.
Como
chiste o señal para que me apurara, la ambulancia tocaba su sirena cada
dos o tres cuadras, mi espíritu estaba ya mellado por la desesperación
de terminar mi sufrimiento, pero aún faltaba una vuelta y media.
Estaba
pagando muy caro el haber salido corriendo como un desaforado y a cada
metro el andar se hacía más dificultoso, la respiración casi
imposible... la idea del abandono solo necesitaba de una buena excusa.
Llegué
a la segunda vuelta. Un vaso de agua, algunos aplausos, palabras de
aliento y un fatal sirenazo de la ambulancia como para que todos se fijen
en la triste y derrotada estampa atlética del debutante que, casi al
borde del desmayo, se afanaba en seguir con un cometido lastimoso.
De
pronto uno de mis hijos comienza a trotar a mi lado... es Joaquín, sus
largos y espesos rulos se mueven como
resortes en su cabecita:
¡Dale papi,
dale que vas bien, apurate que los alcanzás!
Tenia que lograr
terminar como sea, pero llegar.
La sensación
de enojo que me invadía hasta hace minutos, comenzó a dispersarse. El
humor que siempre acompañó mis situaciones llegó a mi encuentro y los
últimos 2000 metros los hice, no sin el máximo esfuerzo, pero con una
sonrisa en el rostro.
-¿Por
qué sentir que era un fracaso? Debía estar feliz de hacerlo, bien o mal
estaba lográndolo. Mis falsas expectativas casi habían arruinado el
logro de arribar a la meta.
Ese día no supe diferenciar el aplauso al ganador con el del último
en llegar. Me alegró y alivió el cruzar la línea de sentencia. La
ambulancia dejó sonar por última vez su sirena y vi como el chofer me
sonreía y saludaba.
"Está
bien" me dije y comencé a tomar agua como si acabara de cruzar el
desierto.
Los inicios son duros, era más difícil de lo pensado. Inmediatamente se
me vino a la memoria el nombre de una canción americana muy escuchada años
atrás: "Cuando la marcha se pone dura, los duros se ponen
marcha".
Ahora,
mientras elongo las piernas, apoyándome en un poste del alumbrado público,
mis cuatro hijos me rodean y comentan entusiasmados la carrera.
El
sol entibia aún mi cuerpo mojado por la transpiración, una sensación de
placer y satisfacción comienza a cosquillear mi alma.
Uno de los atletas pasa trotando frente a mi, me mira, sonríe
amistosamente y dice:
- ¡Bravo,
te felicito, estuviste muy bien!
Esa frase, fue mi primer trofeo.
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Daniel
Buonamico
Este
es uno de los relatos publicados en el libro “A correr que se acaba el
mundo”.
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