Relato del Spartathlon - Un poco de historia

A principios de este año se me ocurrió intentar el Spartathlon, un ultramaratón que se corre en Grecia desde el año 1983. Son 246 km non-stop con un tiempo límite de 36hs, desde Atenas hasta Esparta, reproduciendo el camino que según el historiador griego Herodotus, hizo Philípides.

Este soldado-mensajero fue enviado por los generales atenienses para pedir asistencia militar a Esparta, con objeto de repeler la invasión Persa. Según el historiador, Philípides partió al amanecer del último viernes de septiembre del año 490 AC, y llegó al atardecer del sábado a Esparta.
Esta historia inspiró a John Foden, un ultramaratonista y aviador de la Real Air Force británica, quien luego de profundizar en la investigación sobre la historia de Philípides, decidió comprobar si un hombre moderno podría reproducir la hazaña. El 8 de octubre de 1982, Foden partió desde Atenas y arribó a la estatua del Rey Leónidas en Esparta en 36 hs. Así nacía el Spartathlon.

   La preparación

En un desafío de esta naturaleza, uno siempre sabe que lo difícil es tomar la decisión, atreverse a intentarlo. Empezás a imaginar lo que te espera: un compromiso feroz con el entrenamiento, cansancio permanente, la probabilidad de lesionarse, una importante inversión económica, y dejar de lado muchas cosas, todo en función del gran objetivo.

Pese a que no poseía grandes antecedentes como ultramaratonista, apenas un par de carreras de 60 y 75 Km, tenía la convicción interna de poder hacerlo, y sobre todo de que valía la pena intentarlo. Buscaba una carrera de 100 Km, que es el antecedente que piden los organizadores, pero lamentablemente no conseguí nada. Por consejo de mi amigo y Espartatleta, Gerardo Ré, mandé el mail con esos antedcedentes y los de los Ironman y me aceptaron.

Una vez enterado de mi aceptación, a fines de mayo, comenzé oficialmente el entrenamiento el cual se basó en un fondo largo el fin de semana, dos días de barrancas, un día de velocidad, y el resto de carrera continua, completando en el pico del período 235 Km semanales.

  La previa

Llegué a Atenas el martes 23 de septiembre por la tarde. En el hotel que nos asignó la organización se alojaban el 70% de los 250 inscriptos. Casi todos lucían remeras de carreras de ultradistancia y algunos la remera de finisher de ediciones anteriores del Spartathlon. Yo trataba de “chapear” un poco con mi remera del Ironman de Brasil, pero me parece que no intimidaba a nadie. Me alojaron en un cuarto junto con un corredor alemán, y otro húngaro. Los dos habían corrido anteriormente y habían llegado. En la cena conocí a dos corredores españoles: Ramón Alvarez, ex-campeón español de 100 Km con una marca de 6h 46min, y José Alves, quien posee un impresionante antecedente de 242 Km en 24hs en pista. Ambos estaban acompañados por su masajista, Adolfo Hernández. Cuando les comenté acerca de mis escasos antecedentes en ultradistancia, Ramón se rió y me dijo: “Tío, lo tuyo si que es osado”.En ese momento comenzaron a aparecer algunas dudas: “¿habré entrenado lo suficiente? Si nunca corrí más de 100 Km seguidos, y encima en entrenamiento, ¿cómo responderá mi cuerpo más allá de esa distancia?”. Ese tormento mental se extinguió el jueves, el día anterior a la carrera. Ese día me levanté tranquilo, con la convicción de que iba a llegar, que iba a correr con inteligencia, pero con furia, poniendo todo lo mejor para hacer una buena marca. Compartí el almuerzo con los españoles y con Valmir Nunez, quien hasta ese momento era el Campeón Mundial de 100 Km, y había ganado el Spartathlon en el año 2001.

Pasé la tarde tirado en la cama tratando de descansar lo máximo posible. Cené nuevamente con mis amigos españoles y me fui a dormir.

   La carrera

El viernes 26 de septiembre 7 AM, desde la Acrópolis y con el Partenón de fondo, se largó la carrera. Segundos antes, un inglés de unos setenta años se había acercado y me había dicho “go steady my friend”.
Salimos por las calles céntricas de Atenas y, al igual que en Buenos Aires, los automovilistas se mostraban bastante hostiles.

Los primeros 80 Km fueron con leves subidas y bajadas. El circuito era espectacular, con el mar Egeo a la izquierda y montañas a la derecha. El calor comenzó a apretar a partir de las 10 de la mañana; pese a eso, yo llevaba puestas dos remeras: una de mangas cortas para proteger mis hombros del sol y sobre ésta llevaba la camiseta de mi club, La Tribu. En un momento ví un termómetro en un cartel en la calle que indicaba 33ºC. Los puestos de abastecimiento y control, espaciados aproximadamente cada 4 Km estaban bien surtidos, aunque la bebida estaba caliente. Afortunadamente, había esponjas para mojarse la cabeza y sentir un poco de alivio. En cada puesto tomaba un poco de Coca y una especie de Gatorade, comía un pedacito de fruta, me esponjaba y seguía. Llegué al primer puesto de control importante, apenas pasando el Canal del Corinto, en el km 81. Miré el reloj y ví 7h 34min de carrera. “Bien -me digo- ritmo de 5:30 el Km, llevo casi 2h y media de ventaja sobre el cierre del puesto”, pero sabía perfectamente que esto recién empezaba. Un contingente de japoneses desde un micro me saludó muy efusivamente y seguí.

Así fue que entré en el segundo tercio de la carrera, la parte clave: comenzaba la trepada fuerte. Eran ya más de las 3 de la tarde y el calor seguía apretando. Por el Km 115 alcancé a Ramón Alvarez. Estaba detenido en un puesto recuperandose de una molestia estomacal. Comenzamos a correr juntos, y acordamos seguir así hasta el Km 160, la base de la temible montaña Parthenio de 1200mts. de altura. Por el Km 130, y ya de noche, se nos sumó José Alves. La alimentación a partir de ahí cambió y comenzamos a tomar caldos y café, ya que la temperatura había empezado a descender. Seguimos los tres juntos; José a veces apuraba un poco el paso por lo que Ramón le decía “suaviza hombre, suaviza”. Luego de unas impresionates e interminables subidas en zig-zag, llegamos a la base del Parthenio. El ascenso fue una pesadilla, ya que no había camino, sino unas luces que guiaban la franja por la que se podía escalar. Eran los 3 Km que faltaban para llegar a la cima; la superficie estaba llena de piedras que se desmoronaban y la pendiente hacía que por momentos fuera necesario ayudarse con las manos. El descenso no fue más fácil, ya que si bien había una especie de camino, la pendiente y las piedras sueltas complicaban mucho la bajada... me caí varias veces.

A partir de allí, comenzó el tercio final. Ramón se adelantó y seguí con José hasta el Km 190. Luego José también se adelantó y seguí solo en el medio de la noche. 
Llegué al Km 200 bastante cansado y con sueño. Comenzaba una trepada feroz de 20 Km. Creo que a partir de ahí y hasta el Km 215 corrí un poco y caminé otro poco, con una sensación de agobio y mal humor indescriptible. Sin embargo, de repente, mi cuerpo hizo un click y empecé a recuperarme, pasé a un par de franceses y a José.
Los últimos 25 Km fueron increíbles. No sé de donde sacaba fuerzas pero cada vez corría más rápido. Controlaba el tiempo y veía que corría a 6:15, a 6:10, a 6:00 el Km.; la bajada ayudaba. A diferencia que en la largada en Atenas, los automovilistas que pasaban se mostraban muy cordiales y saludaban con gritos y bocinazos: me sentía en un estado de éxtasis. Me emocioné hasta las lágrimas cuando me acordé de mi viejo, fallecido hace 12 años... cómo le hubiese gustado verme... cómo me hubiese gustado verlo ahí.
Faltando 5 Km, un policía en un patrullero me pidió que corriera en el sentido del tránsito, quedándose detrás mio. Ya en la entrada a Esparta y faltando 2 Km para el final dos chicos en bicicleta con remeras de la organización empezaron a acompañarme.

La llegada
Entré a Esparta por la avenida principal, aplaudido y vitoreado por multitudes de personas que estaban esperando a los Espartatletas. Empezé a ver la estatua del Rey Leónidas a lo lejos y la emoción me hizo aumentar el paso. Llegué a las escalinatas del monumento, las subí casi sin tocar los escalones y le toqué el pié a la estatua, requisito oficial para finalizar la prueba.

  Premiación y final
Luego de tocar el pié de Leónidas, la alcaldesa de Esparta me puso una corona de olivos en la cabeza, me entregó un medallón y me dio de beber agua del río Evrotas, en una vasija de la que sólo toman los espartatletas, todo según se hacía en la antigua Grecia con los Campeones Olímpicos.

Luego me llevaron a una carpa médica para hacerme masajes y darme unos alimentos. Me subieron a un taxi y me llevaron al Hotel, que si bien quedaba a dos cuadras, en ese momento no me hubiese imaginado caminarlas. Me recibió en el cuarto un australiano que había abandonado y me felicitó y abrazó emocionado. Me bañé, y al salir de la ducha me miré al espejo y me asusté. Calculo que pesaba unos 9 Kg menos. Tenía la cara demacrada, arrugada, como si tuviera diez años más. Se me veían las costillas como nunca antes. Parecía un plumero: un palo con todos los pelos parados. Cuando me vió Adolfo recuerdo que me dijo: “hombre, que sólo se te ve el pelo”. Dormí unas 3 hs y me fui a llamar por teléfono a mis hijos y a mi novia. Recuerdo que entre llamado y llamado me tuve que sentar a descansar porque no podía ni sostener el tubo. Después volví al hotel. Tardé como 10 minutos en hacer dos cuadras. Apenas podía mover un pié adelante del otro. Increíblemente no tenía ampollas, pero caminaba con la gracia de Robocop.

Jamás olvidaré la satisfacción y alegría que me produjo haberlo logrado, el haber llegado en el puesto 14 de la clasificación general, sobre 84 atletas que arribaron a la meta; el cariño que sentí de todos los que me ayudaron, muchos de ellos que aún sin conocerme se fueron entusiasmando; el honor de ser felicitado por el ganador, Marcus Thalman, por cómo yo había finalizado la prueba, y el afecto de la gente de Esparta.

Esta experiencia será, parafraseando a Castaneda, un recuerdo que ya forma parte de “la colección de sucesos memorables” de mi vida.

Llegando a Esparta, volví a confirmar que uno puede lograr cualquier cosa que se proponga, si es capaz de esforzarse el tiempo suficiente, si es capaz de atreverse, de tomar el riesgo, y sobre todo, si es capaz de poner cabeza y corazón. Sobre todo esto último.

 

Raúl Amil
therunner@arnet.com.ar


 

 
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